El cielo inmóvil
~1 min · 194 palabras
La última gota llevaba siete años suspendida sobre la ciudad. Nadie recordaba ya el sonido de la lluvia, salvo Vera, que algunas noches despertaba con las manos mojadas y una palabra ajena latiéndole bajo la lengua.
Aquella madrugada subió los ciento cuarenta y dos peldaños del observatorio. Arriba, el aire tenía el sabor metálico de las promesas que no llegan a cumplirse. La gota esperaba sobre los tejados, enorme y transparente, guardando una ciudad reflejada que no era exactamente la suya.
En el centro de la gota, su madre cerraba una ventana. El gesto se repetía una y otra vez: mano, pestillo, sombra. Vera levantó los dedos y el cielo descendió un centímetro.
—Si te toco, ¿lloverá lo que perdimos… o lo que todavía no ha ocurrido?
La voz de su madre llegó desde el interior del agua, deformada pero intacta: «Toda ciudad elige qué olvidar para poder seguir llamándose hogar».
Vera guardó silencio mientras las tejas de abajo comenzaban a vibrar como las cuerdas de un laúd dormido.
La brisa matinal trajo un olor olvidado: tierra húmeda, raíces despertando y el rumor distante de un trueno que había esperado siete años para nacer.
Tú decides
¿Qué debe recordar la ciudad?
Hay dos finales. En esta lectura solo leerás uno.
Fin del Episodio 3 · de 3
El cielo inmóvil
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