El chirrido de los frenos fríos
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La lona que cubría el rincón del cobertizo estaba tan rígida por la helada que parecía una plancha de cinc olvidada a la intemperie. Jimena tiró de una esquina con ambas manos, bufando contra el cuello de lana verde que le picaba en la garganta desde primera hora de la mañana. La escarcha saltó en virutas menudas sobre las tablas del suelo, crujiendo como sal gorda bajo las suelas de sus zuecos. Debajo, medio enterrada entre tres cajones de membrillos pasados y dos sacos apelmazados de grano, dormía la bicicleta de su abuelo.
El frío de la montaña no rompe las cosas de golpe; primero les quita el brillo y luego espera a que alguien intente doblarlas.
Jimena lo sabía bien. Apoyó la palma sin guante sobre el sillín de cuero endurecido y comprobó que el resorte central aún cedía un par de milímetros con un quejido áspero. Era una máquina pesada, con el cuadro de hierro negro picado de motas pardas, piñón fijo y el manillar envuelto en tiras de lino que habían perdido cualquier rastro de tinte hacía veinte inviernos. Sujetada al cuadro por dos correas quebradizas colgaba la vieja saca de cartero, cerrada con una hebilla comida por el cardenillo.
—Si le partes el eje a esa chatarra, me niego en redondo a bajarte en carretilla hasta el dispensario —dijo Teo Vidal desde el quicio, recostando el hombro contra la jamba astillada mientras soplaba una taza de barro humeante. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas sobre los antebrazos a pesar del aire agrio de la tarde, y una costra blanca de masa seca le manchaba la pechera del chaleco.
—La chatarra tiene mejor fuelle que tus brazos —respondió ella, sin mirarlo, forcejeando con la hebilla verde—. Tráeme las tenazas del banco. Las de punta redonda, no las que usas para arrancar tachuelas de las cajas.
—Las de punta redonda se cayeron detrás del tonel de centeno en Todos los Santos.
—Pues mete la mano y sácalas.
—Hay arañas del tamaño de nueces ahí abajo, Albiol. No pienso arriesgar los dedos antes de hornear las hogazas de la noche.
Teo dio un sorbo ruidoso a la infusión, arrugó la nariz y se rascó la barba incipiente del mentón con el pulgar enharinado.
—Sabe a ortiga achicharrada. Tu tía insiste en que limpia la sangre, pero a mí me parece que solo limpia las ganas de seguir despierto.
—Mi tía tiene ochenta años y sube a las eras a paso de cabra. Tú te ahogas subiendo los cuatro peldaños del pósito.
—Me ahogo porque hace tres grados bajo cero y el aire corta como hojalata, no por falta de pulmón.
Jimena tiró con un bufido seco y la correa podrida cedió con un chasquido sordo. La hebilla rodó entre la paja seca y fue a chocar contra una lata vieja de manteca de cerdo. Dentro de la saca no había trapos grasientos ni mechas de repuesto. Tampoco estaba el Roncador, aquel candado de latón encantado que su abuelo dejaba siempre trabado en los radios y que solía despedir un tufillo tibio a alcanfor cada vez que un extraño ponía las manos en el manillar.
Había un sobre.
Era grueso, de papel de estraza artesanal, con los bordes rígidos y quebradizos por la humedad helada del cobertizo. En el centro, sellando la solapa doblada en tres picos asimétricos, descansaba una gota generosa de lacre oscuro, casi negro, marcado con el cuño de una piña silvestre. Al acercar los dedos, el papel soltó un aroma inconfundible a resina de pino tostada y parafina tibia, el rastro exacto que dejaba el fuelle de una fragua de montaña al avivar los carbones de encina.
En el frente, trazado con tinta ferrogálica que el tiempo había mudado a un pardo desvaído, solo se leía un nombre: Para Adela.
La viuda del herrero. La mujer que llevaba dos años enteros con los postigos clavados, sin arrimar una sola brasa al yunque mayor ni permitir que el humo saliera por su chimenea de piedra.
Teo dejó la taza sobre el arcón de las herramientas y se acercó dos pasos, arrastrando las botas sucias de barro. La curiosidad le afinó la mirada; se inclinó sobre el hombro de Jimena, despidiendo ese olor cotidiano a masa madre que parecía adherido a su piel.
—Esa cera no es del taller de tu abuelo —dijo en voz baja, perdiendo de golpe la guasa—. Es de los panales de las solanas altas. Los que quedaron abandonados tras las fiebres.
—Estaba en el fondo de la bolsa. La dejó él antes de meter la bicicleta aquí.
—Tu abuelo guardaba clavos torcidos creyendo que si los dejaba en la gaveta correcta volverían a enderezarse solos por las noches.
—Teo.
—Digo que la dejes donde está. Si Adela no le ha descorrido el cerrojo ni a los procuradores del valle en dos inviernos, menos le va a gustar que una chiquilla le traiga recados con olor a brea vieja.
—No soy una chiquilla —repuso Jimena, deslizando el sobre dentro del bolsillo interior de su tabardo de paño, justo contra el pecho, donde el lacre duro le presionó las costillas—. Y el abuelo no guardaba cosas por capricho.
Se ajustó los mitones de lana mordiendo la punta del pulgar para calzárselos bien.
—Beltrán Maza ha bajado esta mañana de la casa capitular —añadió Teo, apoyando una mano en el manillar de lino—. Venía preguntando por los censos de la fragua. Si te ve rondando esa puerta, te va a empapelar a ti y a tu tía.
—Beltrán Maza no se entera de nada si no viene escrito en papel sellado.
—Ese hombre huele la leña seca a dos leguas, Jimena. No juegues con fuego.
—Solo voy a bajar la cuesta.
La bajada hacia la parte baja de la aldea olía a grasa de cadena quemada, a nieve prensada y a la lana mojada de las mantas que los vecinos tendían sobre las estufas de hierro fundido para secar las humedades del tejado. La luz lechosa de media tarde aplastaba las chimeneas contra las laderas, tiñendo el gris pizarra de las casas de un tono plomizo y espeso.
Mantener la bicicleta de piñón fijo en la pendiente exigía una mezcla de resignación y pulso firme. No había mecanismo de rueda libre; las piernas de Jimena estaban obligadas a girar al compás despiadado de los radios, y cada vez que apretaba las manetas de alambre, los tacos de goma desgastada chillaban contra la llanta oxidada con un lamento metálico y rítmico que rebotaba contra los muros de mampostería. Iii-clac, iii-clac.
El aire gélido le entraba en los pulmones con un sabor férreo, tan puro y cortante que le agriaba la garganta y amenazaba con abrirle grietas sangrantes en las comisuras de los labios a cada bocanada honda.
Frenó en la revuelta del callejón del Martillo arrastrando la suela del zueco sobre el empedrado para vencer la inercia.
Silencio.
La herrería de Adela se alzaba como un bloque de sombra al final de la travesía. De los aleros colgaban carámbanos largos y turbios, como estalagmitas que quisieran soldar el tejado con los escombros del suelo. Las hojas del portalón de roble, cuajadas de clavos de cabeza cuadrada, lucían una costra grisácea de líquenes secos; nadie se había molestado en retirar las ramas podridas que el viento de otoño había empujado contra el umbral.
Jimena apoyó la bicicleta contra el tronco escarchado de un saúco y se pasó la manga por la nariz para limpiarse el goteo del frío.
Se sacó el sobre del pecho. Con el calor de su propio cuerpo, el lacre oscuro había desprendido una fragancia más densa a resina de pino, tibia y viva, que desentonaba de forma casi insolente con el olor a ceniza estancada del callejón. Se arrodilló sobre una losa resbaladiza, ignorando el dolor punzante del hielo que le calaba el pantalón a la altura de la rótula izquierda. Había un hueco de apenas dos dedos entre la madera combada del portón y la piedra desgastada del suelo.
Iba a deslizar el papel con lentitud, cuidando de no romper las esquinas quebradizas contra los cantos vivos de la solera, cuando pensó en lo que Teo le había dicho en el cobertizo sobre los clavos que—
Empujó el sobre.
Apenas había cruzado la mitad del pliego bajo la madera oscura cuando algo tiró de él desde el otro lado con un tirón seco y enérgico.
Antes de que Jimena pudiera apartar los dedos entumecidos, un chasquido metálico y rotundo resonó en el interior: el pestillo interior de la herrería, pesado y largo como un brazo de hierro, cayó sobre su retenida con un golpe sordo, dejando la hoja entornada apenas un milímetro que exhaló una bocanada tibia de aire viejo.
Jimena dio un respingo hacia atrás, sentándose de golpe sobre los talones.
—Vaya, señorita Albiol. No sabía que el taller de Adela figurase entre las paradas autorizadas del reparto.
La voz era tan seca como un sarmiento roto.
Al otro lado de la callejuela, resguardado bajo el voladizo del almacén de salazón, Beltrán Maza no se movía. Llevaba el abrigo de paño negro abrochado hasta la nuez, sin una mota de nieve sobre los hombros estrechos, y sostenía el libro de actas municipal firmemente encajado bajo el brazo izquierdo, con el lomo de cuero mirando hacia ella como una advertencia.
Fin del Episodio 1 · de 4
El chirrido de los frenos fríos
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