Capítulo XIII · II
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Y permanecisteis allí ocho años: ¿tenéis ahora, pues, dieciocho?
Asentí.
—La aritmética, ya veis, resulta útil; sin su auxilio, difícilmente habría podido adivinar vuestra edad. Es un punto difícil de fijar cuando las facciones y el semblante discrepan tanto como en vuestro caso. Y ahora, ¿qué aprendisteis en Lowood? ¿Sabéis tocar el piano?
—Un poco.
—Por supuesto: esa es la respuesta establecida. Id a la biblioteca... es decir, si os place... (Disculpad mi tono de mando; estoy habituado a decir: «Haced esto», y se hace: no puedo mudar mis costumbres arraigadas por una nueva huésped). Id, pues, a la biblioteca; llevad una vela con vos; dejad la puerta abierta; sentaos al piano y tocad una melodía.
Me retiré, obedeciendo sus instrucciones.
—¡Basta! —gritó al cabo de unos minutos—. Tocáis un poco, ya veo; como cualquier otra colegiala inglesa; tal vez algo mejor que algunas, pero no bien.
Cerré el piano y regresé. El señor Rochester continuó:
—Adela me mostró algunos bocetos esta mañana, los cuales dijo que eran vuestros. No sé si fueron enteramente obra vuestra; ¿probablemente os ayudó un maestro?
—¡No, en verdad! —intervine.
—¡Ah, eso hiere el orgullo! Bien, traedme vuestra carpeta de dibujos, si podéis responder de que su contenido es original; pero no empeñéis vuestra palabra a menos que estéis segura: sé reconocer un remiendo.
—Entonces nada diré, y vos mismo juzgaréis, señor.
Fui a buscar la carpeta a la biblioteca.
—Acercaos a la mesa —dijo; y la rodé hasta su diván. Adela y la señora Fairfax se aproximaron a ver las láminas.
—Sin apretujarse —dijo el señor Rochester—: tomad los dibujos de mi mano a medida que termine con ellos; pero no arriméis vuestras caras a la mía.
Escrutó deliberadamente cada boceto y acuarela. Apartó tres; los restantes, una vez examinados, los apartó de sí de un ademán.
—Lléveselos a la otra mesa, señora Fairfax —dijo—, y contémplelos con Adela. Vos —mirándome a mí— recuperad vuestro asiento y responded a mis preguntas. Advierto que esos cuadros fueron trazados por una sola mano: ¿fue esa mano la vuestra?
—Sí.
—¿Y cuándo hallasteis tiempo para pintarlos? Han requerido mucho tiempo y alguna reflexión.
—Los hice durante las dos últimas vacaciones que pasé en Lowood, cuando no tenía otra ocupación.
—¿De dónde sacasteis los modelos?
—De mi cabeza.
—¿De esa cabeza que veo ahora sobre vuestros hombros?
—Sí, señor.
—¿Guarda en su interior otros muebles de la misma especie?
—Diría que tal vez sí: espero que mejores.
Extendió las láminas ante sí y volvió a contemplarlas alternativamente.
Mientras él se halla así ocupado, os diré, lector, cuáles eran: y primero he de advertir que no tenían nada de maravilloso. Los temas, ciertamente, habían surgido con viveza en mi mente. Al contemplarlos con los ojos del espíritu, antes de intentar plasmarlos, resultaban llamativos; pero mi mano no secundó mi fantasía, y en cada caso no había elaborado sino un pálido trasunto de lo que yo había concebido.
Eran cuadros a la acuarela. El primero representaba nubes bajas y lívidas rodando sobre un mar embravecido: toda la lejanía se hallaba en penumbra; igualmente el primer término, o más bien las olas más cercanas, pues no se divisaba tierra. Un rayo de luz destacaba en relieve un mástil medio sumergido, sobre el cual posaba un cormorán, negro y corpulento, con las alas salpicadas de espuma; en el pico sostenía un brazalete de oro engastado de gemas, al que yo había aplicado los tintes más brillantes que mi paleta permitía y tanta centelleante nitidez como mi pincel lograba impartir. Hundiéndose por debajo del ave y del mástil, un cadáver ahogado se vislumbraba a través del agua verdosa; un brazo blanco era el único miembro claramente perceptible, de donde el brazalete había sido lavado o arrancado.
El segundo cuadro contenía como primer término únicamente la cumbre brumosa de una colina, con hierba y algunas hojas inclinadas como mecidas por la brisa. Más allá y por encima se extendía una inmensidad de cielo, azul oscuro como en el crepúsculo: elevándose hacia el firmamento surgía el busto de una mujer, retratado en matices tan sombríos y suaves como pude combinar. La frente pálida estaba coronada por una estrella; los rasgos inferiores se divisaban como a través de una condensación de vapor; los ojos brillaban oscuros y fieros; la cabellera ondeaba sombría, como una nube sin luz desgarrada por la tormenta o por la furia eléctrica. Sobre el cuello reposaba un pálido reflejo semejante al claro de luna; el mismo tenue lustre rozaba la estela de tenues nubes de entre las cuales se alzaba e inclinaba aquella visión de la Estrella de la Tarde.
El tercero mostraba la cúspide de un iceberg perforando un cielo polar de invierno: un despliegue de auroras boreales erguía sus tenues lanzas, apiñadas en el horizonte. Relegando esto a la lejanía, se alzaba en primer término una cabeza... una cabeza colosal, inclinada hacia el iceberg y apoyada contra él. Dos manos delgadas, unidas bajo la frente para sostenerla, levantaban ante los rasgos inferiores un velo de luto; una frente por completo desprovista de sangre, blanca como el hueso, y un ojo hundido y fijo, desprovisto de expresión salvo por el vidriado brillo de la desesperación, eran lo único visible. Por encima de las sienes, entre los sinuosos pliegues de un turbante de paño negro, vago en carácter y consistencia como una nube, fulguraba un anillo de llama blanca, salpicado de destellos de un matiz más siniestro. Esta pálida media luna era «la semblanza de una regia corona»; lo que coronaba era «aquella forma que carecía de forma».
—¿Erais feliz cuando pintabais estos cuadros? —preguntó poco después el señor Rochester.
—Estaba absorta, señor: sí, y era feliz. Pintarlos, en suma, suponía disfrutar de uno de los placeres más intensos que he conocido.
—Eso no es decir gran cosa. Vuestros placeres, según vuestra propia confesión, han sido escasos; pero imagino que vivíais en una suerte de ensueño de artista mientras mezclabais y ordenabais estos extraños matices. ¿Pasabais muchas horas al día ante ellos?
—No tenía otra cosa que hacer, pues eran vacaciones, y me sentaba ante ellos desde la mañana hasta el mediodía, y del mediodía a la noche: la longitud de los días de pleno verano favorecía mi inclinación a la tarea.
—¿Y os sentíais satisfecha de vos misma con el resultado de vuestros ardientes afanes?
—Lejos de ello. Me atormentaba el contraste entre mi idea y el trabajo de mis manos: en cada caso había imaginado algo que era del todo incapaz de realizar.
—No del todo: habéis plasmado la sombra de vuestro pensamiento; pero nada más, probablemente. Carecíais de la destreza y de la ciencia del artista para insuflarle pleno ser: sin embargo, los dibujos son, para una colegiala, singulares. En cuanto a las ideas, son feéricas. Esos ojos en la Estrella de la Tarde debisteis de haberlos visto en sueños. ¿Cómo pudisteis hacerlos parecer tan diáfanos y sin embargo en absoluto brillantes?, pues el lucero superior apaga sus rayos. ¿Y qué significado encierran en su solemne profundidad? ¿Y quién os enseñó a pintar el viento? Hay un vendaval furioso en ese cielo y en esa cima. ¿Dónde visteis Latmos? Porque eso es Latmos. ¡Ea! ¡Guardad los dibujos!
Apenas había atado las cintas de la carpeta cuando, mirando su reloj, dijo con aspereza:
—Son las nueve: ¿en qué pensáis, señorita Eyre, al permitir que Adela permanezca levantada hasta tan tarde? Llevadla a la cama.
Adela se acercó a darle un beso antes de abandonar la estancia: él soportó la caricia, pero apenas pareció saborearla más de lo que lo habría hecho Pilot, ni tanto.
—Os deseo buenas noches a todos ahora —dijo, haciendo un movimiento con la mano hacia la puerta, en señal de que estaba cansado de nuestra compañía y deseaba despedirnos. La señora Fairfax recogió su labor; yo tomé mi carpeta; le hicimos una reverencia, recibimos a cambio una gélida inclinación de cabeza, y así nos retiramos.
—Dijisteis que el señor Rochester no era notablemente peculiar, señora Fairfax —observé, cuando me reuní con ella en su aposento, tras acostar a Adela.
—Bueno, ¿acaso lo es?
—Así me lo parece: es sumamente variable y brusco.
—Cierto: no dudo de que pueda parecérselo a un extraño, pero estoy tan acostumbrada a sus modales que jamás reparo en ello; y además, si tiene peculiaridades de genio, hay que ser indulgente.
—¿Por qué?
—En parte porque es su naturaleza... y ninguno de nosotros puede cambiar su propia naturaleza; y en parte porque le agobian pensamientos dolorosos, sin duda, que lo atormentan y vuelven desigual su ánimo.
—¿Sobre qué asunto?
—Disgustos de familia, para empezar.
—Pero si no tiene familia.
—Ahora no, pero la tuvo... o, al menos, parientes. Perdió a su hermano mayor hace unos pocos años.
—¿A su hermano mayor?
—Sí. El actual señor Rochester no lleva mucho tiempo en posesión de la hacienda; solo unos nueve años.
—Nueve años es un tiempo respetable. ¿Tanto quería a su hermano como para seguir aún inconsolable por su pérdida?
—Pues no... tal vez no. Creo que hubo ciertas desavenencias entre ellos. El señor Rowland Rochester no fue del todo justo con el señor Edward; y tal vez predispuso a su padre contra él. Al anciano caballero le gustaba el dinero y tenía empeño en mantener íntegro el patrimonio familiar. No deseaba menguar la hacienda con repartos, y sin embargo anhelaba que el señor Edward gozase también de caudal para mantener la prestancia del apellido; y poco después de que cumpliese la mayoría de edad se tomaron ciertas medidas que no fueron del todo limpias y causaron mucho mal. El viejo señor Rochester y el señor Rowland se confabularon para poner al señor Edward en lo que él consideró una posición en extremo enojosa, con objeto de procurarle fortuna: cuál fuera la naturaleza precisa de esa situación jamás lo supe con certeza, pero su espíritu no pudo tolerar lo que tuvo que sufrir en ella. No es hombre muy dado al perdón: rompió con su familia y desde hace muchos años lleva una existencia errante e intranquila. No creo que haya residido en Thornfield quince días seguidos desde que la muerte de su hermano sin testamento le dejó dueño de la heredad; y ciertamente no es de extrañar que rehúya este viejo lugar.
—¿Por qué habría de rehuirlo?
—Tal vez le resulte lúgubre.
La contestación fue evasiva. Me habría gustado algo más diáfano; pero la señora Fairfax, o bien no podía, o bien no quería proporcionarme noticias más explícitas sobre el origen y la naturaleza de los pesares del señor Rochester. Aseguró que constituían un misterio para ella misma, y que lo poco que sabía procedía principalmente de conjeturas. Resultaba evidente, por lo demás, que deseaba que yo abandonase el tema, cosa que hice en consecuencia.
Fin del Episodio 28 · de 91
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