Jane Eyre·Episodio 01

Prefacio

~5 min · 961 palabras

Siendo innecesario un prefacio para la primera edición de «Jane Eyre», no incluí ninguno: esta segunda edición exige unas cuantas palabras tanto de agradecimiento como de diversas observaciones.

Debo manifestar mi gratitud en tres sentidos.

Al público, por el oído indulgente que ha prestado a un relato sencillo y de escasas pretensiones.

A la prensa, por el campo abierto que su voto sincero ha brindado a una oscura aspirante.

A mis editores, por la valiosa ayuda que su tacto, su energía, su sentido práctico y su franca generosidad han dispensado a un autor desconocido y sin recomendaciones.

La prensa y el público no son para mí sino personificaciones vagas, y en términos vagos he de darles las gracias; pero mis editores tienen entidad bien concreta, al igual que ciertos críticos generosos que me han alentado como sólo los hombres de noble corazón y elevado espíritu saben alentar a un desconocido que lucha por abrirse camino; a ellos, es decir, a mis editores y a tan selectos reseñistas, les digo cordialmente: señores, os lo agradezco desde el fondo de mi corazón.

Habiendo reconocido así lo que debo a quienes me han socorrido y aprobado, me dirijo a otra clase de personas; un grupo reducido, hasta donde sé, pero que no por ello debe pasarse por alto. Me refiero a los pocos timoratos o quisquillosos que dudan de la tendencia de libros como «Jane Eyre»; a cuyos ojos cuanto resulta insólito es reprobable; cuyos oídos descubren en cada protesta contra el fanatismo —engendrador del crimen— un ultraje a la piedad, esa regente de Dios sobre la tierra. Quisiera sugerir a tales escépticos ciertas distinciones obvias; desearía recordarles ciertas verdades sumamente sencillas.

Lo convencional no es la moral. La presunción de justicia propia no es la religión. Atacar a la primera no equivale a arremeter contra la segunda. Arrancar la careta del rostro del fariseo no es alzar una mano impía contra la corona de espinas.

Semejantes cosas y actos son diametralmente opuestos: se hallan tan diferenciados como el vicio de la virtud. Los hombres los confunden con excesiva frecuencia; mas no debieran confundirse: la apariencia no debe tomarse por la verdad; las estrechas doctrinas humanas, que sólo tienden a enaltecer y ensalzar a unos pocos, no deben sustituir a la fe redentora de Cristo. Existe —lo repito— una diferencia esencial; y constituye una buena acción, y no censurable, trazar con trazo firme y nítido la línea divisoria entre ambas.

Puede que al mundo no le agrade ver disociadas estas ideas, pues se ha acostumbrado a mezclarlas, hallando cómodo hacer pasar la pompa exterior por verdadero mérito, y permitiendo que paredes blanqueadas respondan por santuarios limpios. Podrá aborrecer a quien se atreva a escudriñar y desvelar, a raspar el dorado para exhibir el metal vil que oculta, a penetrar en el sepulcro y sacar a la luz reliquias de osario; mas por mucho que lo odie, está en deuda con él.

A Acab no le agradaba Miqueas, porque jamás le profetizaba bienes, sino males; probablemente prefería al sicofanta hijo de Quenaana; y no obstante, Acab habría podido escapar a una muerte cruenta de haber cerrado sus oídos a la adulación y habiéndolos abierto a los consejos leales.

Hay en nuestros propios días un hombre cuyas palabras no han sido moldeadas para halagar oídos delicados; quien, a mi juicio, se presenta ante los magnates de la sociedad de modo muy semejante a como el hijo de Imla compareció ante los reyes entronizados de Judá y de Israel; y quien proclama verdades tan profundas con una fuerza profética y vital equiparable, y con un porte no menos intrépido y audaz. ¿Acaso el satírico de «La feria de las vanidades» es admirado en las altas esferas? No sabría decirlo; pero creo que si algunos de aquellos contra quienes arroja el fuego griego de su sarcasmo y sobre quienes fulmina el rayo abrasador de su denuncia acogiesen sus advertencias a tiempo, ellos o su descendencia podrían librarse todavía de un fatal Ramot de Galaad.

¿Por qué he aludido a este hombre? He aludido a él, lector, porque creo vislumbrar en él un entendimiento más profundo y singular de lo que sus contemporáneos han admitido hasta hoy; porque le considero el primer regenerador social de nuestros días, el verdadero maestro de esa hueste laboriosa llamada a restaurar la rectitud en el extraviado orden de las cosas; porque considero que ningún comentarista de sus páginas ha acertado aún con la comparación idónea ni con los términos que definen con justicia su genio. Dicen que se asemeja a Fielding: hablan de su agudeza, de su donaire y de sus dotes cómicas. Se parece a Fielding como el águila se parece al buitre: Fielding podía descender sobre la carroña, mas Thackeray jamás lo hace. Su ingenio es brillante, su humor cautivador, pero entrambos guardan con su genio severo la misma relación que el mero relámpago titilante que juega al borde del nublado estival guarda con la chispa eléctrica y mortífera oculta en sus entrañas. Por último, he aludido al señor Thackeray porque a él —si se digna acoger el tributo de una perfecta desconocida— he dedicado esta segunda edición de «JANE EYRE».

CURRER BELL.

21 de diciembre de 1847.

NOTA A LA TERCERA EDICIÓN

Aprovecho la oportunidad que me brinda una tercera edición de «Jane Eyre» para dirigir nuevamente la palabra al público, a fin de aclarar que mi derecho al título de novelista descansa únicamente sobre esta obra. Si, por consiguiente, se me ha atribuido la autoría de otras ficciones, se me concede un honor que no me corresponde; y, por tanto, se niega donde legítimamente es debido.

Esta aclaración servirá para rectificar las confusiones que hayan podido suscitarse y para prevenir yerros futuros.

CURRER BELL.

13 de abril de 1848.

Fin del Episodio 1 · de 91

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