Inventario para una mudanza·Episodio 04

La última acta de defunción

~5 min · 942 palabras

Don Evaristo empujó la cancela de madera con la punta de su bastón de empuñadura de plata, seguido de cerca por el alguacil del ayuntamiento, que sostenía una carpeta de plástico azul y un rollo de cinta adhesiva roja con la leyenda de precinto judicial. El notario entró sacudiéndose las solapas de su abrigo de paño inglés, con los ojos acuosos fijos en Teresa, esperando encontrar a una joven asustada dispuesta a recoger su maleta y marcharse en el autobús de la mañana.

Pero sus pasos se frenaron en seco a mitad del pasillo.

Sentada a la mesa de nogal de la rebotica, bajo el cono de luz de la bombilla de sesenta vatios, Claudia Mier sostenía una taza de loza blanca humeante con las dos manos, con la copia del sumario pericial de 1979 desplegada sobre el hule gastado.

—Buenas noches, don Evaristo —dijo Teresa desde el otro extremo de la mesa, con la voz templada y la estilográfica abierta sobre el papel timbrado—. Qué detalle por su parte acercarse bajo la lluvia antes de la hora de apertura del juzgado.

El notario palideció con esa lentitud cenicienta de los hombres mayores a los que la sangre les abandona el rostro de golpe. Su mirada bajó hacia el membrete oficial del atestado, reconoció la firma quebrada de su difunto tío al pie de los pagarés y se llevó la mano derecha al chaleco con un ademán tembloroso.

—¿Qué significa esta pantomima, Teresa? —preguntó él con voz pastosa, haciendo una seña al alguacil para que se detuviera junto a la puerta—. Esta mujer no tiene derecho a permanecer en una propiedad embargada por el municipio.

—Esta mujer es co-propietaria fiduciaria de la masa hereditaria de mi padre —respondió Teresa con precisión procesal, empujando hacia él la minuta redactada a mano—. Y estos documentos que tiene usted delante acreditan que la supuesta deuda contributiva de esta farmacia quedó saldada mediante compensación de créditos en octubre de 1985 con la corporación municipal que presidía su familia.

Don Evaristo carraspeó dos veces con fuerza, buscando aire. Apoyó el bastón contra la mesa para no perder el equilibrio y leyó las cláusulas de la minuta con los labios apretados en una línea blanca.

—Esto es chantaje, señorita Valdés —murmuró con la voz rota.

—Esto es una transacción extrajudicial con renuncia de acciones, don Evaristo —corrigió Teresa mirándolo fijamente a los ojos—. O usted levanta ahora mismo el acta notarial de permuta reconociendo la propiedad del molino a nombre de Claudia y anulando el embargo de la botica, o a las diez de la mañana presento este legajo original ante la fiscalía anticorrupción de Valladolid.

Silencio.

Solo se escuchaba el rumor terco de la lluvia sobre las tejas y la respiración pesada del alguacil, que miraba las baldosas del suelo fingiendo no enterarse de nada. Don Evaristo contempló la firma de su tío, la fecha borrosa de 1979 y el sello de lacre rojo. Supo que no había escapatoria: medio siglo de respetabilidad familiar dependía de que ese papel no saliera de la botica.

◇

Don Evaristo no tardó diez minutos en capitular. Sacó de su cartera de cuero el libro de protocolo notarial de urgencia, mojó la plumilla en el tintero de viaje y estampó su firma temblorosa sobre el pliego oficial de permuta, sellándolo con el timbre del Estado.

Cuando el coche oficial arrancó de nuevo en la calle vacía chapoteando en los charcos, la botica recuperó su calma antigua.

Claudia se levantó de la mesa despacio, dobló la copia de la escritura con cuidado reverente y se la guardó en el bolsillo interior del mantón.

—Nunca pensé que vería a ese hombre firmar algo sin cobrar aranceles —dijo Claudia con una sombra de sonrisa amarga en los labios.

—Hay firmas que cuestan treinta años de espera —respondió Teresa, entregándole la llave de latón de la caja de caudales—. El molino es tuyo, Claudia. Legalmente y sin deudas.

Cerrar una casa no consiste en echar la llave, sino en aceptar que las sombras de la cocina ya no te pertenecen.

Teresa recogió las tres cajas de cartón con los frascos de alcanfor, las etiquetas de fórmulas magistrales y los libros de actas de su padre. Claudia la ayudó a cargarlas en el maletero de su coche bajo la lluvia fina del amanecer.

Regresaron a la rebotica por última vez. Teresa pasó la escoba por el suelo de losas, recogiendo las briznas de tabaco y las astillas de madera de las cajas rotas. Apagó el interruptor de baquelita de la pared. La penumbra volvió a ocupar los rincones con su silencio antiguo de piedra y cal.

Salieron juntas a la calle. Teresa echó la doble vuelta a la cancela exterior con la llave grande de hierro, comprobó que el pestillo quedara bien encajado y guardó el manojo en el bolso.

Caminaron en silencio hasta el murete de piedra del puente de la acequia. Más allá, el Duero corría crecido entre los álamos dorados, arrastrando las últimas hojas del otoño hacia el embalse.

—Si alguna vez vuelves al pueblo —dijo Claudia sin mirarla, apoyando los antebrazos sobre la barandilla mojada—, pasa por el molino. Siempre tengo café caliente en la cafetera.

—Pasaré —respondió Teresa.

Se dieron un apretón de manos rápido y seco, con la firmeza limpia de dos personas que se han quitado un peso del pecho sin necesidad de promesas.

Teresa subió a su coche, encendió el motor con el limpiaparabrisas barriendo la llovizna del cristal y enfiló la carretera de la vega rumbo a Valladolid, dejando atrás las torres de San Martín recortadas en gris sobre el cielo nuevo de la mañana.

Fin del Episodio 4 · de 4

La última acta de defunción

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