Inventario para una mudanza·Episodio 03

El archivo de la harina

~5 min · 979 palabras

El atestado de la Guardia Civil de noviembre de 1979 conservaba en el margen superior el sello de tinta azul del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Aranda de Duero. Teresa Valdés extendió los folios sobre el hule de la mesa de la trastienda, sujetando las esquinas con dos frascos vacíos de jarabe de tolú para evitar que la corriente de aire que entraba por el patio los desordenara. Claudia permanecía de pie junto a la ventana, mirando la lluvia estrellarse contra los cristales con los brazos cruzados bajo el delantal.

—Mi hermana Elena tenía diecinueve años cuando ardió la fábrica —dijo Claudia sin volverse—. Llevaba la caja chica de la harinera y descubrió que el tío de don Evaristo, que entonces presidía la hermandad de labradores, había desviado los fondos del silo comarcal para comprar parcelas de regadío junto al río. Cuando la fábrica ardió un domingo de madrugada, dijeron que las calderas de vapor estaban en mal estado y que mi padre había prendido fuego a los sacos para cobrar la póliza de la Mutua Agraria.

—El informe de la Mutua dice que la póliza se pagó íntegra —leyó Teresa en voz alta, pasando la yema del pulgar sobre las cláusulas mecanografiadas—. Y aquí, a lápiz, mi padre anotó adónde fue el dinero: a una cuenta en Suiza a nombre de una sociedad interpuesta.

—Tu padre era el juez de paz que levantó el acta del siniestro —continuó Claudia—. Encontró las latas de gasolina vacías escondidas en la acequia del molino, con las marcas de los bidones del almacén del ayuntamiento. En lugar de mandar el informe a la fiscalía de Burgos, guardó las pruebas en esa caja de hierro. Fue a ver al alcalde y le puso un trato sobre la mesa: o pagaba una renta mensual para mantener a mi familia, que se había quedado sin un pedazo de pan, o el informe salía en la prensa provincial.

Teresa cerró los ojos un instante. La figura intachable del boticario sabio y bondadoso que el pueblo recordaba se desmoronaba en fragmentos de papel timbrado sobre la mesa.

—Chantaje —murmuró ella con amargura.

—Supervivencia, muchacha —corrigió Claudia, volviéndose despacio con la mirada encendida—. Tu padre no se quedó un solo céntimo de ese dinero. Durante treinta años me trajo el sobre en mano o me lo envió al banco para que yo pudiera comprar leña, pagar las medicinas de mi madre enferma y mantener el molino en pie. Sabía que si hablaba, el alcalde tenía de su lado a la Guardia Civil, al juzgado y a la prensa de la provincia: a mi padre le habrían colgado el incendio de todos modos, y a mí me habrían echado del pueblo sin remisión.

La ley sirve para ordenar los papeles de los vivos, pero la vergüenza se queda a vivir en las paredes.

Teresa contempló el informe pericial. Si ese legajo salía a la luz, el pleito de expropiación que el ayuntamiento promovía contra la farmacia se detendría de golpe: la familia del notario y la corporación municipal quedarían desacreditadas por una estafa histórica. Pero el nombre de su padre quedaría marcado como encubridor voluntario de un delito mercantil.

Hacía frío.

Un frío de agua de acequia que se colaba por los resquicios de las maderas viejas. Teresa se sirvió un poco de café frío en la taza desportillada. El regusto amargo le raspaba la lengua. Pensó en los tribunales de Valladolid, en las demandas por despido disciplinario que redactaba cada semana con citas de jurisprudencia y artículos del Estatuto de los Trabajadores. Qué fácil resultaba juzgar la rectitud de la gente cuando los expedientes venían limpios y encuadernados desde una secretaría judicial con calefacción central.

◇

El viento arreciaba en el exterior, haciendo gemir las maderas del alero de la botica. En el patio trasero, la acequia madre bajaba turbia y espumosa, arrastrando ramas de sauce y plásticos agrícolas arrancados de las huertas.

—¿Qué vas a hacer con los papeles? —preguntó Claudia, acercándose a la mesa con el delantal manchado de hollín—. Si los quemas en la estufa de la trastienda, don Evaristo precintará la botica mañana, se quedará con el solar a precio de saldo y a mí me echarán del molino el mes que viene.

—Soy abogada, Claudia. No quemo pruebas.

—Los abogados vivís de los papeles limpios. En este pueblo nunca hubo un papel limpio desde que el río tiene agua.

Teresa respiró hondo, sacó su estilográfica del bolso y comenzó a redactar una minuta provisional en el reverso de una factura de suministros farmacéuticos.

—No vamos a ir al juzgado a pedir cárcel para hombres que llevan diez años en el camposanto —dijo Teresa con firmeza—. Pero vamos a obligar a don Evaristo a levantar un acta de permuta voluntaria. El ayuntamiento renunciará a la deuda de la botica y cederá la titularidad plena del molino y la acequia a tu nombre. A cambio, el informe forense se depositará en el archivo histórico provincial bajo custodia de la diputación, cerrado hasta dentro de treinta años.

Claudia la miró con una mezcla de desconcierto y respeto contenido.

—Evaristo no va a firmar eso de buena gana, muchacha.

—Va a firmarlo porque es un cobarde que teme más al ridículo público que a la cárcel.

Antes de que pudieran recoger los folios, el haz blanco y cegador de dos faros potentes barrió el escaparate de la farmacia a través de las cortinas de hilo. El chasquido de una puerta de coche cerrándose en seco sobre el barro resonó en la calle desierta. Dos sombras paraguadas cruzaron la calzada y los nudillos autoritarios de don Evaristo golpearon con insistencia el cristal de la puerta.

—¡Teresa! ¡Abra la cancela! —gritó la voz cascada del notario desde la lluvia—. Traigo la orden judicial del juzgado de guardia para proceder al precinto cautelar inmediato del inmueble.

Fin del Episodio 3 · de 4

El archivo de la harina

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