Carta 1
~6 min · 1162 palabras
A la señora Saville, Inglaterra.
San Petersburgo, 11 de diciembre de 17—.
Te alegrará saber que ningún infortunio ha ensombrecido el inicio de una empresa que contemplabas con tan funestos presagios. Llegué aquí ayer, y mi primer deber es tranquilizar a mi querida hermana sobre mi bienestar y asegurarle mi creciente confianza en el éxito de mi cometido.
Me hallo ya muy al norte de Londres, y al pasear por las calles de Petersburgo, siento en las mejillas una gélida brisa septentrional que templa mis nervios y me llena de júbilo. ¿Comprendes este sentimiento? Este viento, que procede de las regiones hacia las que avanzo, me anticipa los rigores de aquellos climas polares. Espoleadas por este soplo de promesas, mis ensoñaciones se vuelven más vivas y fervientes. En vano intento persuadirme de que el polo es la morada perpetua de la escarcha y la desolación; en mi imaginación se presenta siempre como una comarca de hermosura y deleite. Allí, Margaret, el sol es visible eternamente, con su ancho disco rozando apenas el horizonte y derramando un esplendor sin ocaso. Allí —si me permites, hermana mía, conceder algo de crédito a los navegantes que me precedieron— la nieve y el hielo quedan proscritos; y navegando por un mar apacible, podremos llegar a una tierra que superará en prodigios y belleza a cualquier rincón descubierto hasta ahora en el orbe habitable. Sus frutos y paisajes tal vez carezcan de semejante, del mismo modo que los fenómenos celestes son sin duda extraordinarios en aquellas soledades ignotas. ¿Qué no cabe aguardar en una tierra de luz eterna? Podría desvelar allí el portentoso secreto del magnetismo que atrae la aguja y coordinar miles de observaciones celestes que solo demandan este viaje para volver coherentes para siempre sus aparentes anomalías. Saciaré mi ardiente curiosidad contemplando una parte del mundo jamás hollada y posando la planta en un suelo que ningún pie humano ha pisado. Tales son mis alicientes, bastantes para disipar todo temor al peligro o a la muerte e impulsarme a emprender esta agotadora navegación con el júbilo de un muchacho que sube a un pequeño bote con sus compañeros de asueto para remontar el río de su aldea. Mas aun si todas estas conjeturas fuesen vanas, no podrás negar el inestimable beneficio que legaré a toda la humanidad, hasta la última de las generaciones, descubriendo un paso cercano al polo hacia comarcas a las que hoy solo se arriba tras meses de fatigas, o arrancando el secreto al imán, logro que, de ser posible, únicamente podrá consumar una expedición como la mía.
Estas reflexiones han calmado la zozobra con que comencé esta carta, y siento el corazón encendido de un fervor que me eleva a los cielos, pues nada contribuye tanto a serenar el espíritu como un propósito firme: un punto cardinal sobre el que el alma puede fijar su mirada interior. Esta expedición ha sido el sueño predilecto de mis primeros años. Leí con avidez las memorias de los diversos viajes consumados con la esperanza de alcanzar el océano Pacífico Norte a través de los mares que rodean el polo. Quizás recuerdes que una crónica de todos los periplos emprendidos con afán de descubrimiento constituía la biblioteca entera de nuestro buen tío Thomas. Mi educación fue descuidada, mas mi apego a la lectura era apasionado. Aquellos volúmenes fueron mi desvelo de día y de noche, y su trato acrecentó aquel pesar que sentí de niño al enterarme de que mi padre, en su lecho de muerte, había prohibido a mi tío permitirme abrazar la vida del mar.
Aquellas visiones palidecieron cuando descubrí, por vez primera, a los poetas cuyas efusiones arrebataron mi alma y la alzaron al cielo. Yo también quise ser poeta y durante un año viví en un paraíso de mi propia invención; creí que lograría un nicho en el templo donde se consagran los nombres de Homero y Shakespeare. Bien enterada estás de mi desengaño y de la amargura con que soporté el fracaso. Pero justo en aquel trance heredé la hacienda de mi primo, y mis pensamientos retornaron a su cauce original.
Seis años han transcurrido desde que resolví acometer mi actual empresa. Aún hoy rememoro la hora exacta en que me consagré a esta magna tarea. Comencé por curtir mi cuerpo en las asperezas. Acompañé a los cazadores de ballenas en varias expediciones por el mar del Norte; afronté por propia voluntad el frío, el hambre, la sed y el desvelo; a menudo faené más duro que los marineros rasos durante el día y consagré las noches al estudio de las matemáticas, la teoría médica y aquellas ramas de la física de las que un navegante aventurero extrae el mayor provecho práctico. En dos ocasiones me enrolé de segundo oficial en un ballenero de Groenlandia y me desempeñé con elogio universal. Debo confesar que sentí no poco orgullo cuando el capitán me ofreció el segundo puesto de mando en la nave y me suplicó con el mayor empeño que me quedara, en tal estima tenía mis servicios.
Y ahora, querida Margaret, ¿no merezco consumar algún fin elevado? Mi existencia habría podido transcurrir en la molicie y el lujo, pero preferí la gloria a cuantas tentaciones la opulencia ponía en mi camino. ¡Ojalá alguna voz alentadora me respondiera que sí! Mi resolución y mi coraje no vacilan, pero mis esperanzas fluctúan y mi ánimo decae a menudo. Estoy a punto de iniciar una travesía larga y ardua, cuyas vicisitudes reclamarán toda mi entereza: no solo se me exige levantar el ánimo de los demás, sino sostener en ocasiones el mío propio cuando el suyo desfallezca.
Esta es la época más favorable para viajar por Rusia. Los trineos vuelan veloces sobre la nieve; el movimiento es placentero y, en mi sentir, infinitamente más grato que el de una diligencia inglesa. El frío no resulta excesivo si vas envuelto en pieles, atuendo que ya he adoptado, pues dista mucho el caminar sobre cubierta de permanecer sentado e inmóvil durante horas, cuando ningún esfuerzo corporal impide que la sangre se congele en las venas. No abrigo la menor ambición de dejar la vida en la posta entre San Petersburgo y Arcángel.
Partiré hacia esta última ciudad en dos o tres semanas; mi propósito es fletar allí un buque, cosa fácil pagando la prima del seguro al armador, y enrolar a cuantos marineros juzgue necesarios entre aquellos curtidos en la pesca de la ballena. No pienso hacerme a la vela hasta el mes de junio; ¿y cuándo volveré? ¡Ah, querida hermana, cómo responder a semejante pregunta! Si tengo éxito, muchos, muchos meses, tal vez años, transcurrirán antes de volver a encontrarnos. Si fracaso, me verás pronto de vuelta... o no me verás jamás.
Adiós, mi buena y excelente Margaret. Que el cielo derrame sobre ti sus bendiciones y me guarde a mí, para que pueda darte una y mil veces testimonio de mi gratitud por todo tu afecto y bondad.
Tu amantísimo hermano,
R. Walton
Fin del Episodio 1 · de 45
Carta 1
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