Ethan Frome·Episodio 01

Prólogo · I

~14 min · 2787 palabras

ETHAN FROME

Por Edith Wharton

ETHAN FROME

Conocí la historia poco a poco, por mediación de diversas personas y, como suele ocurrir en tales casos, cada vez se trataba de una historia distinta.

Si conoce usted Starkfield, Massachusetts, conocerá la estafeta de correos. Si conoce la estafeta de correos, habrá visto sin duda a Ethan Frome llegar hasta ella en su carruaje, soltar las riendas sobre su bayo de lomo hundido y arrastrarse por el pavimento de ladrillo hasta la columnata blanca; y se habrá preguntado quién era.

Allí fue donde, hace ya varios años, lo vi por primera vez, y su vista me sobrecogió. Ya por entonces era la figura más llamativa de Starkfield, a pesar de no ser más que la ruina de un hombre. No era tanto su gran estatura lo que lo distinguía, pues a los «nativos» se les reconocía con facilidad por su desgarbada longitud frente a la casta extranjera, más fornida: era el aire despreocupado y potente que poseía, a pesar de una cojera que le frenaba cada paso como la sacudida de una cadena. Había algo desolado e inaccesible en su rostro, y estaba tan rígido y canoso que lo tomé por un anciano, y me sorprendió saber que no tenía más de cincuenta y dos años. Me lo contó Harmon Gow, que había conducido la diligencia de Bettsbridge a Starkfield en los tiempos anteriores al tranvía y conocía la crónica de todas las familias de su ruta.

—Tiene ese aspecto desde que sufrió el batacazo; y de eso hará veinticuatro años el próximo febrero —soltó Harmon entre pausas de reminiscencia.

El «batacazo» fue —según deduje del mismo informante— lo que, además de trazarle la roja cicatriz que le cruzaba la frente, le había encogido y deformado el costado derecho de tal modo que le costaba un esfuerzo visible recorrer los pocos pasos que mediaban entre su calesín y la ventanilla de correos. Solía bajar de su granja todos los días hacia el mediodía, y como ésa era también mi hora de recoger la correspondencia, a menudo me cruzaba con él en el porche o me quedaba a su lado mientras aguardábamos los movimientos de la mano clasificadora tras la rejilla. Observé que, aunque acudía con tanta puntualidad, rara vez recibía otra cosa que un ejemplar del Bettsbridge Eagle, que se metía sin mirarlo en el bolsillo descolgado de su abrigo. De tarde en tarde, sin embargo, el jefe de correos le entregaba un sobre dirigido a la señora Zenobia —o señora Zeena— Frome, que solía llevar bien visible en la esquina superior izquierda las señas de algún fabricante de remedios patentados y el nombre de su medicina específica. Esos documentos también se los guardaba mi vecino en el bolsillo sin mirarlos, como demasiado habituado a ellos para maravillarse de su número y variedad, y luego se alejaba con una muda inclinación de cabeza hacia el jefe de correos.

Todo el mundo en Starkfield lo conocía y le dirigía un saludo atemperado a su propio y grave semblante; pero su taciturnidad era respetada, y sólo en raras ocasiones alguno de los hombres más ancianos del lugar lo detenía para cruzar unas palabras. Cuando esto ocurría, él escuchaba en silencio, con sus ojos azules fijos en el rostro del interlocutor, y respondía en un tono tan bajo que sus palabras nunca llegaron a mis oídos; luego se encaramaba con rigidez a su calesín, recogía las riendas con la mano izquierda y se alejaba lentamente en dirección a su granja.

—¿Fue un batacazo muy tremendo? —le pregunté a Harmon, siguiendo con la mirada la figura menguante de Frome y pensando con cuánta gallardía debió de asentarse aquella enjuta y atezada cabeza, con su mata de pelo claro, sobre sus fuertes hombros antes de que quedaran deformados.

—De los peores —asintió mi informante—. Más que suficiente para matar a casi cualquiera. Pero los Frome son duros. Ethan llegará con toda probabilidad a los cien.

—¡Válgame Dios! —exclamé. En aquel momento Ethan Frome, tras subir a su asiento, se había inclinado para cerciorarse de la sujeción de una caja de madera— también con la etiqueta de un boticario —que había colocado en la parte trasera del carruaje, y vi su rostro tal como probablemente se mostraba cuando se creía a solas—. ¿Ese hombre llegar a los cien? ¡Si parece como si ya estuviera muerto y en los infiernos!

Harmon sacó una pastilla de tabaco del bolsillo, cortó una cuña y se la metió a presión en la curtida cavidad de la mejilla. —Me temo que ha pasado demasiados inviernos en Starkfield. La mayoría de los listos se largan.

—¿Y por qué no lo hizo él?

—Alguien tenía que quedarse a cuidar de los suyos. Nunca hubo nadie más que Ethan. Primero su padre... luego su madre... luego su mujer.

—¿Y después el batacazo?

Harmon soltó una risita burlona. —Así es. Tuvo que quedarse a la fuerza.

—Ya veo. ¿Y desde entonces han tenido que cuidar de él?

Harmon se pasó pensativo el tabaco a la otra mejilla. —Bueno, en cuanto a eso... me parece a mí que siempre ha sido Ethan el que ha cuidado de los demás.

Aunque Harmon Gow desarrolló el relato hasta donde alcanzaban sus facultades mentales y morales, había lagunas perceptibles entre sus datos, y tuve la sensación de que el significado más profundo de la historia residía en esos vacíos. Pero una frase se me quedó grabada en la memoria y sirvió de núcleo en torno al cual agrupé mis inferencias posteriores: «Me temo que ha pasado demasiados inviernos en Starkfield».

Antes de que concluyera mi propia estancia allí, llegué a comprender lo que eso significaba. Y, sin embargo, yo había llegado en la época degenerada del tranvía, la bicicleta y el reparto rural, cuando las comunicaciones eran fáciles entre las dispersas aldeas de montaña, y las poblaciones más grandes de los valles, como Bettsbridge y Shadd’s Falls, contaban con bibliotecas, teatros y salas de la Asociación de Jóvenes Cristianos a las que los muchachos de las colinas podían bajar a recrearse. Pero cuando el invierno se abatía sobre Starkfield y la aldea quedaba sepultada bajo un manto de nieve perpetuamente renovado desde los cielos pálidos, empecé a entrever lo que debió de ser la vida allí —o más bien su negación— en la juventud de Ethan Frome.

Mis empleadores me habían enviado para un trabajo relacionado con la gran central eléctrica de Corbury Junction, y una prolongada huelga de carpinteros había retrasado tanto las obras que me encontré varado en Starkfield —el lugar habitable más próximo— durante la mayor parte del invierno. Al principio me impacienté, pero luego, bajo el efecto hipnótico de la rutina, comencé a encontrar una sombría satisfacción en aquella existencia. Durante los primeros compases de mi estancia me había llamado la atención el contraste entre la vitalidad del clima y la languidez mortecina de la comunidad. Día tras día, una vez pasadas las nevadas de diciembre, un cielo de un azul resplandeciente vertía torrentes de luz y aire sobre el blanco paisaje, que los devolvía en un destello aún más intenso. Cualquiera habría supuesto que semejante atmósfera avivaría las emociones lo mismo que la sangre; pero no parecía surtir otro efecto que el de retardar todavía más el perezoso pulso de Starkfield. Cuando ya llevaba allí algún tiempo más, y hube visto sucederse a esta fase de cristalina transparencia largos períodos de frío sin sol; cuando las tempestades de febrero hubieron plantado sus tiendas blancas alrededor de la desventurada aldea y la salvaje caballería de los vientos de marzo cargó en su auxilio; empecé a comprender por qué Starkfield salía de su asedio de seis meses como una guarnición hambrienta que capitula sin condiciones. Veinte años atrás los medios de resistencia debieron de ser mucho más escasos, y el enemigo dominaba casi todas las vías de acceso entre las aldeas sitiadas; y, al considerar estas cosas, sentí la fuerza siniestra de la frase de Harmon: «La mayoría de los listos se largan». Pero si ése era el caso, ¿cómo pudo una conjunción de obstáculos impedir la huida de un hombre como Ethan Frome?

Durante mi estancia en Starkfield me alojé en casa de una viuda de mediana edad a la que todos llamaban la señora Ned Hale. El padre de la señora Hale había sido el abogado del pueblo en la generación anterior, y la «casa del abogado Varnum», donde mi patrona aún vivía con su madre, era la mansión más considerable del pueblo. Se alzaba en un extremo de la calle mayor, con su pórtico clásico y sus ventanas de cristales menudos que dominaban un sendero enlosado entre abetos de Noruega hacia el esbelto y blanco campanario de la iglesia congregacionalista. Era evidente que la fortuna de los Varnum estaba en declive, pero las dos mujeres hacían lo indecible por preservar una dignidad decorosa; y la señora Hale, en particular, poseía un refinamiento desvaído que armonizaba a la perfección con su pálida casa pasada de moda.

En el «mejor salón», con su crin negra y su caoba débilmente iluminadas por una gorgoteante lámpara Carcel, escuchaba cada tarde una versión distinta y de matices más delicados de la crónica de Starkfield. No era que la señora Ned Hale sintiera o fingiera superioridad social alguna sobre quienes la rodeaban; se debía únicamente a que el azar de una sensibilidad más fina y una educación algo mayor habían interpuesto la distancia justa entre ella y sus vecinos para permitirle juzgarlos con desapego. No se mostraba reacia a ejercer esta facultad, y yo abrigaba grandes esperanzas de obtener de ella los datos que faltaban en la historia de Ethan Frome, o más bien una clave de su carácter que me permitiera articular los hechos que ya conocía. Su mente era un almacén de anécdotas inocuas y cualquier pregunta sobre sus conocidos suscitaba una catarata de detalles; pero en lo tocante a Ethan Frome la encontré inesperadamente reservada. No había atisbo de desaprobación en su reserva; simplemente percibí en ella una insalvable renuencia a hablar de él o de sus asuntos, y un apagado —Sí, los conocí a ambos... fue espantoso...— parecía ser la máxima concesión que su aflicción podía hacer a mi curiosidad.

Tan marcado fue el cambio en sus modales, tales honduras de triste conocimiento daba a entender, que, con ciertas dudas sobre mi delicadeza, volví a plantear el caso a mi oráculo de la aldea, Harmon Gow; pero solo obtuve por mis desvelos un gruñido incomprensivo.

—Ruth Varnum siempre fue tan nerviosa como una rata; y, bien pensado, fue la primera que los vio después de que los recogieran. Ocurrió justo debajo de la casa del abogado Varnum, allá en la curva del camino de Corbury, justo por las fechas en que Ruth se comprometió con Ned Hale. Los jóvenes eran todos amigos, y me parece a mí que sencillamente no soporta hablar del asunto. Ya ha tenido bastantes penas propias.

Todos los habitantes de Starkfield, al igual que en comunidades más ilustres, habían tenido bastantes penas propias para mostrarse comparativamente indiferentes a las de sus vecinos; y aunque todos reconocían que las de Ethan Frome habían rebasado la medida común, nadie me dio una explicación de la expresión de su rostro, la cual, según me obstinaba en creer, ni la pobreza ni el sufrimiento físico podían haber impreso allí. No obstante, bien habría podido conformarme con la historia armada a base de tales indicios de no haber sido por la provocación del silencio de la señora Hale y, poco después, por el azar de un contacto personal con el hombre.

A mi llegada a Starkfield, Denis Eady, el rico tendero irlandés y dueño de lo más parecido a una casa de postas que había en el lugar, se había comprometido a llevarme a diario a Corbury Flats, donde tomaba el tren para el empalme. Pero a mediados del invierno los caballos de Eady cayeron enfermos a causa de una epidemia local. La enfermedad se propagó a las demás cuadras de Starkfield y durante uno o dos días me vi en apuros para encontrar un medio de transporte. Entonces Harmon Gow sugirió que el bayo de Ethan Frome aún se sostenía sobre las patas y que tal vez a su dueño le agradara llevarme.

Me quedé atónito ante la propuesta. —¿Ethan Frome? Pero si ni siquiera he hablado nunca con él. ¿Por qué demonios iba a tomarse molestias por mí?

La respuesta de Harmon me sorprendió aún más: —No sé si querría; pero sé que no le disgustaría ganarse un dólar.

Me habían contado que Frome era pobre, y que el aserradero y las áridas tierras de su granja apenas rendían lo suficiente para sustentar a su familia durante el invierno; pero no lo había creído en tal estado de penuria como daban a entender las palabras de Harmon, y expresé mi asombro.

—Bueno, las cosas no le han ido nada bien —dijo Harmon—. Cuando un hombre se queda ahí varado como un cascarón durante veinte años o más, viendo todo lo que pide hacerse, la procesión va por dentro y pierde el fuelle. Esa granja de Frome siempre estuvo tan pelada como un cuenco de leche después de pasar el gato; y ya sabe lo que vale hoy en día uno de esos viejos molinos de agua. Cuando Ethan podía deslomarse en ambos de sol a sol, mal que bien les arrancaba el sustento; pero su familia se lo comía casi todo, incluso entonces, y no sé cómo se las apaña ahora. Primero a su padre le arreó una coz segando el heno, se le reblandeció el seso y empezó a repartir dinero como versículos de la Biblia antes de morir. Luego su madre se volvió rara y anduvo arrastrándose durante años, débil como una criatura; y su esposa Zeena, esa siempre ha tenido la mano más suelta para las boticas de todo el condado. Enfermedades y desgracias: de eso ha tenido Ethan el plato hasta arriba, desde la mismísima primera ración.

A la mañana siguiente, al mirar afuera, vi al bayo hundido de lomo entre los abetos de los Varnum, y Ethan Frome, echando hacia atrás su gastada piel de oso, me hizo sitio en el trineo a su lado. Después de aquello, durante una semana, me llevó todas las mañanas a Corbury Flats y, a mi regreso por la tarde, me esperaba de nuevo para llevarme de vuelta a Starkfield a través de la noche gélida. La distancia en cada sentido apenas alcanzaba las tres millas, pero el paso del viejo bayo era tardo, y aun con nieve firme bajo los patines tardábamos casi una hora en el trayecto. Ethan Frome conducía en silencio, las riendas flojas en la mano izquierda, y su moreno perfil surcado, bajo la visera a modo de yelmo de la gorra, se recortaba contra los montículos de nieve como la figura de bronce de un héroe. Jamás volvía el rostro hacia el mío ni respondía, salvo con monosílabos, a las preguntas que le hacía o a las ligeras cortesías que me aventuraba a prodigar. Parecía parte del paisaje mudo y melancólico, una encarnación de su desolación helada, con todo cuanto en él había de cálido y sensitivo firmemente aprisionado bajo la superficie; pero no había nada hostil en su silencio. Sentía simplemente que habitaba en una hondura de aislamiento moral demasiado remota para un acceso casual, y tenía la certidumbre de que su soledad no era solo fruto de su trance personal, por trágico que lo adivinara, sino que entrañaba, como Harmon Gow había insinuado, el profundo frío acumulado de muchos inviernos de Starkfield.

Solo en una o dos ocasiones se salvó la distancia entre nosotros por un instante; y los atisbos así obtenidos confirmaron mi deseo de saber más. Una vez se me ocurrió hablar de un trabajo de ingeniería en el que había participado el año anterior en Florida, y del contraste entre el paisaje invernal que nos rodeaba y aquel en el que me había hallado el año precedente; y para mi sorpresa, Frome dijo de pronto: —Sí: estuve allá abajo una vez, y durante una buena temporada después podía representarme aquella estampa en invierno. Pero ahora todo está sepultado bajo la nieve.

No dijo más, y hube de adivinar el resto por la inflexión de su voz y su brusca recaída en el silencio.

Otro día, al subir al tren en los Flats, eché en falta un volumen de divulgación científica —creo que trataba sobre ciertos descubrimientos recientes en bioquímica— que había llevado conmigo para leer por el camino. No volví a acordarme de él hasta que subí de nuevo al trineo esa tarde y vi el libro en la mano de Frome.

Fin del Episodio 1 · de 18

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