Tobias Gregson muestra lo que sabe hacer · II
~7 min · 1333 palabras
Lo mejor que puede hacer usted es confesar con franqueza los hechos —le respondí—. Tenga la seguridad de que, si su hijo es inocente, ningún daño le sobrevendrá.
—Acaso convenga, Alice, que nos dejes a solas —dijo la madre, y la doncella se retiró—. Ahora, caballero —prosiguió—, no tenía intención de referirle todo esto, pero puesto que mi desventurada hija lo ha revelado, no me queda otra alternativa. Decidida ya a hablar, se lo contaré todo sin omitir ningún pormenor.
—Es la determinación más sensata —dije yo.
—El señor Drebber llevaba con nosotros cerca de tres semanas: él y su secretario, el señor Stangerson, habían estado viajando por el continente europeo. Advertí una etiqueta de Copenhague pegada en cada uno de sus baúles, indicando que había sido su última escala. Stangerson era un hombre callado y comedido, pero su patrón, siento manifestarlo, distaba mucho de serlo: era grosero en sus costumbres y brutal en sus modales. La mismísima noche de su llegada se embriagó por completo, y en verdad, a partir del mediodía difícilmente podía afirmarse que estuviese sobrio. Su comportamiento con las doncellas de servicio resultaba repugnantemente insolente y desvergonzado. Lo peor de todo fue que pronto adoptó idéntica actitud con mi hija Alice, dirigiéndole la palabra más de una vez de un modo que, afortunadamente, su inocencia no le permitía comprender. En una ocasión llegó incluso a estrecharla entre sus brazos y besarla a la fuerza: un ultraje que provocó que su propio secretario le reprochase su conducta indigna.
—¿Y por qué consintió usted todo eso? —pregunté—. Imagino que podrá usted despedir a sus huéspedes cuando le plazca.
Madame Charpentier se ruborizó ante mi pertinente observación: «¡Ojalá en Dios hubiese despedido a ese hombre el mismísimo día en que pisó esta casa! —exclamó—. Pero fue una penosa tentación: pagaban una libra diaria cada uno, catorce libras a la semana, y nos hallamos en temporada baja. Soy viuda y los estudios de mi muchacho en la marina me han costado grandes sumas; me dolía perder aquel dinero y obré creyendo hacer lo mejor. Aquel último ultraje colmó el vaso, no obstante, y le intimé a marcharse por tal motivo: esa fue la causa de su partida».
—¿Y luego?
—Se me alivió el corazón al verle subir al carruaje. Mi hijo se halla de permiso en este momento, pero nada le conté de todo esto porque es de genio violento y adora con pasión a su hermana. Al cerrar la puerta tras ellos sentí que me quitaban un inmenso peso de encima. Mas ¡ay!, en menos de una hora sonó el timbre y me enteré de que el señor Drebber había regresado. Se hallaba sumamente excitado y visiblemente ebrio: irrumpió a la fuerza en la sala donde me hallaba con mi hija y balbuceó algunas frases incoherentes sobre haber perdido el tren. Se volvió entonces hacia Alice y, en mis mismísimas barbas, le propuso que se fugara con él: «Ya eres mayor de edad —decía— y no hay ley que te lo impida; me sobra el dinero; deja a esa vieja y vente conmigo ahora mismo; vivirás como una princesa». La pobre Alice estaba tan aterrada que retrocedió espantada, pero él la agarró de la muñeca e intentó arrastrarla hacia la puerta. Yo prorrumpí en alaridos y en aquel preciso instante entró en la estancia mi hijo Arthur. Lo que aconteció entonces no lo sé: oí juramentos y el rumor confuso de una refriega; estaba demasiado aterrorizada para levantar la cabeza. Cuando al fin miré, divisé a Arthur plantado en el umbral, riendo, con un bastón en la mano: «No creo que ese tunante vuelva a importunarnos —dijo—; voy a seguirle los pasos para ver adónde se mete». Con estas palabras tomó el sombrero y echó a andar calle abajo. A la mañana siguiente tuvimos noticia de la misteriosa muerte del señor Drebber.
Esta declaración brotó de los labios de Madame Charpentier entre sollozos e interrupciones continuas: a veces hablaba tan bajo que apenas alcanzaba a percibir sus palabras. Tomé nota taquigráfica de cuanto refirió, para descartar toda posibilidad de yerro.
—El relato resulta ciertamente apasionante —dijo Sherlock Holmes reprimiendo un bostezo—. ¿Qué ocurrió a continuación?
—Cuando Madame Charpentier guardó silencio —prosiguió el inspector—, comprendí que todo el caso gravitaba sobre un punto esencial. Clavando en ella la mirada del modo que siempre me ha dado excelentes resultados con las mujeres, le pregunté a qué hora había regresado su hijo.
«No lo sé», respondió.
«¿Que no lo sabe?».
«No: dispone de un llavín propio y abrió la puerta él mismo».
«¿Después de que se acostase usted?».
«Sí».
«¿A qué hora se acostó usted?».
«Hacia las once».
«¿De suerte que su hijo estuvo fuera al menos dos horas?».
«Sí».
«¿Y posiblemente cuatro o cinco horas?».
«Sí».
«¿Qué estuvo haciendo durante todo ese tiempo?».
«No lo sé», respondió poniéndose blanca hasta los labios.
—Por descontado, tras semejante confesión no quedaba nada más que averiguar: localicé el paradero del teniente Charpentier, me hice acompañar de dos agentes y procedí a su detención. Al tocarle en el hombro y advertirle que nos acompañara sin oponer resistencia, me respondió con el mayor descaro: «Supongo que me detiene usted por hallarme implicado en la muerte de ese canalla de Drebber», dijo. Nosotros no le habíamos mencionado una sola palabra al respecto, de suerte que su alusión revestía un cariz sumamente sospechoso.
—Muchísimo —corroboró Holmes.
—Llevaba consigo todavía el grueso bastón que su madre describió como el arma con la que había seguido a Drebber: una recia porra de roble macizo.
—¿Cuál es su hipótesis, entonces?
—Pues bien: mi teoría es que siguió a Drebber hasta Brixton Road; una vez allí surgió una nueva disputa entre ambos, en el curso de la cual Drebber recibió un golpe de porra, acaso en la boca del estómago, que le causó la muerte instantánea sin dejar señales exteriores. La noche era tan lluviosa que no había un alma en la calle, de modo que Charpentier arrastró el cadáver de su víctima al interior de la vivienda deshabitada. En cuanto a la vela, la sangre, la inscripción de la pared y el anillo, no son sino artimañas destinadas a desviar a la policía hacia una pista falsa.
—¡Muy bien discurrido! —dijo Holmes en tono de aliento—. En verdad, Gregson, progresa usted a pasos agigantados: llegaremos a hacer algo de usted con el tiempo.
—Me precio de haber resuelto el asunto de manera harto primorosa —respondió con orgullo el inspector—. El joven prestó declaración espontánea manifestando que, tras seguir a Drebber durante algún trecho, este le reconoció y tomó un coche para despistarle; de vuelta a casa se topó con un viejo camarada de marina y dio con él un largo paseo. Al preguntársele dónde residía ese compañero fue incapaz de proporcionar una respuesta satisfactoria. Considero que todos los eslabones encajan con pasmosa exactitud. Lo que me hace gracia es pensar en Lestrade, que se lanzó tras una pista errada: me temo que no sacará gran cosa en limpio. ¡Caramba! ¡Por todos los diablos, si ahí llega él en persona!
Era Lestrade en efecto, quien había subido la escalera mientras conversábamos y penetraba ahora en la estancia. La seguridad y desenvoltura que habitualmente caracterizaban su indumentaria y ademanes brillaban, empero, por su ausencia: traía el semblante desencajado y descompuesto, y sus ropas aparecían desaliñadas y en desorden. Venía evidentemente con la intención de consultar a Sherlock Holmes, pues al divisar a su colega pareció turbado y contrariado. Se quedó plantado en mitad de la habitación, manoseando nerviosamente el sombrero, indeciso sobre qué hacer: «Este es un caso sumamente extraordinario —dijo al fin—; un suceso absolutamente incomprensible».
—¡Vaya, conque le parece a usted incomprensible, señor Lestrade! —exclamó Gregson triunfante—. Ya me figuraba yo que llegaría usted a esa conclusión. ¿Ha logrado usted encontrar al secretario, don Joseph Stangerson?
—El secretario, don Joseph Stangerson —respondió Lestrade con profunda gravedad—, ha sido asesinado en el hotel particular Halliday hoy mismo a eso de las seis de la madrugada.
Fin del Episodio 12 · de 26
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