Alguien llama desde la fosa·Episodio 03

El cable de alta tensión

~4 min · 806 palabras

Mateo activó el cabrestante del brazo robótico y desplegó el cable de acople eléctrico forrado de caucho siliconado. En la pantalla del monitor exterior, la pinza de titanio avanzó a través del agua negra hacia la toma de corriente de emergencia del Antigone.

El contacto entre ambos metales produjo un arco de chispas submarinas que iluminó el pecio entero con un resplandor azul cobalto: por un instante, las cuadernas podridas del carguero, las calderas cubiertas de herrumbre y las siluetas de los fogoneros congelados en sus puestos de faena se hicieron visibles con la nitidez de una fotografía de época.

En el puente de mando del mercante, una figura vestida con el capote de faena de la marina mercante levantó la mano derecha hacia la mirilla del Érebo en un saludo solemne y sereno.

La energía de las baterías de plata y zinc del Érebo comenzó a fluir hacia el viejo circuito de emergencia del pecio. El batiscafo zumbó bajo la sobrecarga, las luces de la cabina parpadearon con una frecuencia violenta y los termómetros del banco de baterías subieron hacia la zona roja.

—Aguanta un poco más, viejo —susurró Mateo, apoyando la palma en el mamparo caliente de las baterías—. Ya casi estáis listos para soltar el lastre.

En el fondo de la fosa, los tanques de aire comprimido del Antigone, preservados intactos por la presión exterior, comenzaron a purgar los lodos de las bodegas con un aullido ensordecedor que hizo temblar el lecho marino.

El pecio crujió con cada una de sus vigas de hierro forjado: la masa de diez mil toneladas de acero se desprendió lentamente del fango de sílice, levantando una nube colosal de sedimentos que envolvió a ambos navíos en una tormenta submarina de partículas doradas.

A las 04:50, con las baterías del batiscafo reducidas al doce por ciento de su capacidad, el Antigone comenzó su ascenso hacia la superficie como un coloso de hierro que regresa del reino de los muertos.

El cable de acople se desprendió limpiamente, dejando al Érebo flotando en la penumbra de la fosa, pero con las reservas de energía suficientes para activar los propulsores de emergencia.

Mateo miró a través de la mirilla agrietada: la silueta del barco de su abuelo subía majestuosa a través de las aguas negras, abriendo un camino de burbujas plateadas hacia el cielo del amanecer.

Antes de que el casco se perdiera en lo alto, los golpes sonaron una última vez contra el Érebo, suaves, casi corteses: G-R-A-C-I-A-S. Mateo apoyó los nudillos en el cuarzo agrietado y contestó con lo único que su abuela le había enseñado a golpear para despedir a un barco que zarpaba: B-U-E-N V-I-A-J-E. Después se quedó escuchando hasta que en el hidrófono no hubo nada más que el agua.

◇

A las siete de la mañana, la cápsula del Érebo emergió en las aguas tranquilas del Pacífico occidental, a cincuenta millas de la isla de Guam. El sol del trópico calentaba las planchas de cubierta del buque de apoyo científico, donde los marineros corrían hacia las grúas de recuperación con cuerdas y salvavidas.

Cuando abrieron la escotilla exterior, Mateo salió al aire fresco de la mañana, respirando la brisa salina que olía a vida y a mar abierto. Sus ojos tardaron varios minutos en acostumbrarse a la inmensidad del cielo azul.

A tres millas al este de la posición del buque de rescate, las aguas del océano se abrieron con un borbotón monumental de espuma blanca: el casco herrumbroso del Antigone rompió la superficie por primera vez en ochenta años, meciéndose sobre las olas con la dignidad de un veterano que regresa de la guerra.

Los marineros del barco nodriza guardaron un silencio sobrecogedor. No hubo gritos de pánico ni disparos de advertencia: los hombres se quitaron las gorras de faena mientras el viejo carguero planeaba suavemente hacia el horizonte, impulsado por el vapor residual de sus calderas restauradas.

Mateo se apoyó en la barandilla de popa con el diario de su abuelo en las manos. En la última página en blanco, sacó un lápiz de carpintero y escribió las coordenadas del rescate:

26 de octubre. Fosa de las Marianas. El Antigone navega de nuevo hacia casa bajo la luz del sol. El faro de la fosa ha cumplido su guardia.

Cuando levantó la vista, el Antigone ya era una mancha de óxido en la niebla de la mañana, y luego ni eso. Mateo cerró el diario sobre el lápiz. Uno de los marineros le preguntó qué había allá abajo. Mateo pensó en la mano levantada en el puente de mando y dijo que nada, un carguero viejo, y el marinero no volvió a preguntar. Esa noche, en la litera del buque de apoyo, durmió once horas seguidas, y por primera vez en semanas no se despertó a contar los crujidos del casco.

Fin del Episodio 3 · de 3

El cable de alta tensión

¡Has completado toda la obra!
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.

Para seguir leyendo

Lo que duerme bajo Cartagena
Relato
Lo que duerme bajo Cartagena

Bajo el casco de un galeón en Cartagena, una arqueóloga subacuática descubre una escalera de piedra que desciende hacia una fosa no registrada. Mientras los perros enmudecen en la ciudad amurallada y los pescadores comparten la misma pesadilla, un diario colonial desvela el verdadero propósito de los baluartes. Antes de que concluya octubre, solo queda sellar el abismo o bajar el último peldaño.