Alguien llama desde la fosa·Episodio 02

El pecio del Antigone

~4 min · 899 palabras

El metal del casco no miente cuando cruje: avisa de que el abismo ha encontrado una grieta por donde colarse.

Mateo pegó la frente al cristal de cuarzo de la mirilla principal. Afuera, en el cono de luz temblorosa de los focos de xenón, la silueta no era una roca basáltica ni una quimera producida por el cansancio: era la torre de mando corroída de un mercante de la Segunda Guerra Mundial, semienterrada en el lodo abisal en un ángulo imposible de cuarenta y cinco grados.

En la amura de babor, las letras de hierro forjado cubiertas de óxido rojo todavía eran legibles bajo las colonias de anémonas translúcidas: S.S. Antigone, Newcastle, 1944.

Aquel era el buque de carga en el que su abuelo, el fogonero Tomás Rivas, había zarpado desde San Francisco durante el invierno del 44 con un cargamento de carbón de coque para la flota del Pacífico. El barco había desaparecido sin dejar supervivientes, sin emitir señal de socorro y sin que la armada pudiera encontrar una sola mancha de aceite en la superficie.

Ahora, ochenta años después, el pecio descansaba a once kilómetros bajo las olas, en el lugar más inaccesible del planeta.

Una nueva serie de golpes resonó en el casco del Érebo, esta vez con mayor fuerza, haciendo vibrar los diales analógicos del panel de control. El sonido provenía de la esclusa exterior del batiscafo, como si alguien estuviera golpeando la manivela de apertura con una llave inglesa.

Mateo tragó saliva. La presión exterior era de mil cien bares: cualquier cuerpo humano expuesto a esa fuerza se convertiría en papilla biológica en un parpadeo. Lo que estaba golpeando afuera no respiraba aire ni tenía carne que aplastar.

El hidrófono de contacto captó un susurro estridente que se filtraba a través de las frecuencias de radio de onda corta de la estación: una voz ronca, deformada por el estático del agua profunda, repitiendo una salmodia de nombres y números de matrícula naval que Mateo reconoció de inmediato como la lista de tripulantes del carguero perdido.

—Si estáis ahí fuera —dijo Mateo por el micrófono de cabina, con la voz quebrada por el terror—, decidme qué queréis de esta estación.

La respuesta no tardó ni tres segundos: un golpe seco contra el centro de la mirilla de cuarzo que dejó una microrotura en forma de estrella en la primera lámina del cristal blindado.

El abismo no pedía rescate; pedía que el faro se apagara para siempre.

Mateo retrocedió hacia la consola central con el extintor de emergencia en las manos, sabiendo que la segunda lámina de cuarzo no resistiría otro impacto directo de la fuerza abisal.

◇

Nadie que escuche su propio nombre golpeado desde el agua fría vuelve a creer en la soledad del océano.

Mateo aisló el circuito eléctrico de la mirilla exterior para evitar que una fractura completa provocara un cortocircuito en los paneles de control primarios. En la penumbra roja de las luces de emergencia, el batiscafo parecía una tumba de hierro suspendida en el vacío del abismo.

El hidrófono continuaba transmitiendo las pulsaciones mecánicas del pecio. A través de la cámara óptica del brazo articulado de estribor, Mateo vio que la escotilla de proa del Antigone estaba abierta de par en par: desde el interior del casco inundado emergían cables de acero y cadenas de fondeo que se mecían en la corriente como algas gigantes de metal.

Sobre la mesa de derrota, Mateo abrió el diario de navegación que había bajado consigo, el que su abuelo dejó en el desván de la casa de Valparaíso antes de su último embarque. Entre las páginas amarillentas, una carta sin fechar advertía sobre las anomalías magnéticas de la Fosa de las Marianas:

Hay lugares en el mar donde la presión es tan grande que el tiempo no corre hacia adelante; se acumula en el fondo como el lodo espeso. Si nuestro barco cae en la fosa, no busquéis nuestros cuerpos en la superficie: buscadnos donde la tierra se abre para tragar el cielo.

Mateo comprendió que la tripulación del Antigone no había muerto en el sentido biológico de la palabra: el frío extremo, la presión colosal y las emanaciones químicas de las fumarolas habían preservado la estructura de la nave en un estado de suspensión criogénica permanente.

Los golpes en el casco no eran un ataque hostil: eran el intento desesperado de los fogoneros del barco por conectar su caldera auxiliar al generador nuclear del batiscafo para encender las bombas de achique y levantar el pecio del fango.

—Están intentando subir —susurró Mateo, con los ojos anegados en lágrimas mientras escuchaba el compás del telégrafo—. Llevan ochenta años alimentando una caldera apagada con la esperanza de que alguien baje a encender la mecha.

Pero conectar el reactor del Érebo al pecio significaba agotar las baterías de reserva y renunciar a la posibilidad de que la cápsula de ascenso pudiera soltarse de los lastres para regresar a la superficie.

Mateo miró el interruptor maestro de desacople: un giro de noventa grados bastaría para expulsar los lingotes de plomo y subir a la luz del sol en tres horas, abandonando a los fantasmas del Antigone a su noche eterna.

El telégrafo exterior repitió la señal con una insistencia desgarradora: S-O-S... T-O-M-A-S... N-O... N-O-S... D-E-J-E-S.

Mateo soltó la palanca de desacople y extendió la mano hacia los mandos del brazo articulado de alta tensión.

Fin del Episodio 2 · de 3

El pecio del Antigone

Siguiente Episodio 3~4 minEl cable de alta tensión“Mateo apoyó los nudillos en el cuarzo agrietado y contestó con lo único que su abuela le había enseñado a golpear para despedir a un barco que zarpaba: B-U-E-N V-I-A-J-E.”Seguir leyendo
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