El príncipe feliz y otros cuentos·Episodio 03

El ruiseñor y la rosa (final) y El gigante egoísta

~7 min · 1423 palabras

―Sé feliz ―exclamó el Ruiseñor―, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con música a la luz de la luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Todo lo que te pido a cambio es que seas un verdadero enamorado, pues el Amor es más sabio que la Filosofía, por sabia que esta sea, y más poderoso que el Poder, por fuerte que este sea. De color de llama son sus alas, y color de llama es su cuerpo. Sus labios son dulces como la miel, y su aliento es como el incienso.

El Estudiante levantó la vista de la hierba y escuchó, pero no pudo comprender lo que el Ruiseñor le decía, pues solo conocía las cosas que están escritas en los libros.

Pero el Roble lo comprendió y se entristeció, pues quería mucho al pequeño Ruiseñor que había construido su nido entre sus ramas.

―Cántame una última canción ―le susurró―; me sentiré muy solo cuando te hayas ido.

Así que el Ruiseñor cantó para el Roble, y su voz era como agua que borbotea de un cántaro de plata.

Cuando hubo terminado su canción, el Estudiante se levantó y sacó de su bolsillo un cuaderno y un lápiz de plomo.

―Tiene forma ―se dijo a sí mismo mientras se alejaba por la arboleda―, eso no se le puede negar; pero ¿tiene sentimiento? Temo que no. De hecho, es como la mayoría de los artistas: es todo estilo, sin nada de sinceridad. No se sacrificaría por los demás. Piensa únicamente en la música, y todo el mundo sabe que el arte es egoísta. Con todo, hay que admitir que tiene algunas notas hermosas en la voz. Qué lástima que no signifiquen nada ni tengan ninguna utilidad práctica ―y entró en su habitación, se acostó en su pequeño jergón y se puso a pensar en su amada; y, al cabo de un rato, se quedó dormido.

Y cuando la Luna brilló en los cielos, el Ruiseñor voló hacia el Rosal y apoyó el pecho contra la espina. Durante toda la noche cantó con el pecho contra la espina, y la fría Luna de cristal se inclinó y escuchó. Durante toda la noche cantó, y la espina se fue clavando más y más hondo en su pecho, y la sangre de su vida se le fue escapando.

Cantó primero sobre el nacimiento del amor en el corazón de un muchacho y una muchacha. Y en la rama más alta del Rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, según una canción seguía a la otra. Pálida era al principio, como la bruma que pende sobre el río; pálida como los pies de la mañana y plateada como las alas del alba. Como la sombra de una rosa en un espejo de plata, como la sombra de una rosa en un charco de agua, así era la rosa que florecía en la rama más alta del Árbol.

Pero el Árbol gritó al Ruiseñor que se apretara más contra la espina. ―¡Apriétate más, pequeño Ruiseñor ―gritó el Árbol―, o el Día llegará antes de que la rosa esté terminada!

Así que el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y su canto se hizo más y más sonoro, pues cantaba sobre el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y una doncella.

Y un delicado rubor rosado tiñó los pétalos de la rosa, como el rubor en el rostro del novio cuando besa los labios de la novia. Pero la espina aún no había llegado a su corazón, de modo que el corazón de la rosa siguió blanco, pues solo la sangre del corazón de un ruiseñor puede enrojecer el corazón de una rosa.

Y el Árbol gritó al Ruiseñor que se apretara más contra la espina. ―¡Apriétate más, pequeño Ruiseñor ―gritó el Árbol―, o el Día llegará antes de que la rosa esté terminada!

Así que el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y la espina tocó su corazón, y una feroz punzada de dolor lo atravesó. Amargo, amargo era el dolor, y más y más arrebatado se volvía su canto, pues cantaba sobre el Amor que se perfecciona con la Muerte, sobre el Amor que no muere en la tumba.

Y la maravillosa rosa se volvió carmesí, como la rosa del cielo oriental. Carmesí era la orla de pétalos, y carmesí como un rubí era el corazón.

Pero la voz del Ruiseñor se fue apagando, y sus alitas empezaron a aletear, y un velo cubrió sus ojos. Más y más débil se hacía su canto, y sintió que algo le ahogaba la garganta.

Entonces prorrumpió en un último torrente de música. La blanca Luna lo oyó, y olvidó el alba, y se demoró en el cielo. La rosa roja lo oyó, y tembló entera de éxtasis, y abrió sus pétalos al frío aire matinal. Eco lo llevó a su caverna púrpura en las colinas, y despertó de sus sueños a los pastores dormidos. Flotó entre los juncos del río, y estos llevaron su mensaje al mar.

―¡Mira, mira! ―gritó el Árbol―, ¡la rosa ya está terminada! Pero el Ruiseñor no respondió, pues yacía muerto entre la hierba alta, con la espina clavada en el corazón.

Y al mediodía el Estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.

―¡Vaya, qué maravillosa suerte! ―exclamó―. ¡Aquí hay una rosa roja! Jamás he visto una rosa semejante en toda mi vida. Es tan hermosa que estoy seguro de que tiene un largo nombre en latín ―y se inclinó y la cortó.

Luego se puso el sombrero y corrió a casa del Profesor con la rosa en la mano.

La hija del Profesor estaba sentada a la puerta devanando seda azul en un carrete, y su perrito yacía tendido a sus pies.

―Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja ―exclamó el Estudiante―. Aquí está la rosa más roja del mundo entero. La llevarás esta noche junto a tu corazón, y mientras bailemos juntos te dirá cuánto te amo.

Pero la muchacha frunció el ceño.

―Temo que no irá bien con mi vestido ―respondió―; y además, el sobrino del Chambelán me ha enviado joyas de verdad, y todo el mundo sabe que las joyas cuestan mucho más que las flores.

―¡Pues a fe mía que sois muy desagradecida! ―dijo el Estudiante con enojo; y arrojó la rosa al arroyo de la calle, donde la rueda de un carro le pasó por encima.

―¡¿Desagradecida?! ―dijo la muchacha―. ¡Pues sabed que sois un grosero; y, después de todo, ¿quién sois vos? No más que un estudiante. ¡Si ni siquiera creo que tengáis hebillas de plata en los zapatos como tiene el sobrino del Chambelán! ―y se levantó de la silla y entró en la casa.

―¡Qué tontería es el Amor! ―se dijo el Estudiante mientras se alejaba―. No es ni la mitad de útil que la Lógica, pues no demuestra nada, y siempre le está diciendo a uno cosas que no van a ocurrir y haciéndole creer cosas que no son ciertas. De hecho, es sumamente poco práctico, y, como en esta época ser práctico lo es todo, volveré a la Filosofía y estudiaré Metafísica.

Así que regresó a su habitación, sacó un gran libro polvoriento y se puso a leer.

El Gigante egoísta

TODAS las tardes, al salir de la escuela, los niños acostumbraban ir a jugar al jardín del Gigante.

Era un jardín amplio y hermoso, de suave hierba verde. Aquí y allá sobre la hierba se alzaban bellas flores como estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera rompían en delicadas flores de tono rosa y perla, y en otoño daban ricos frutos. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban con tanta dulzura que los niños solían interrumpir sus juegos para escucharlos. ―¡Qué felices somos aquí! ―se gritaban unos a otros.

Un día, el Gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles y se había quedado con él durante siete años. Pasados los siete años, ya había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió regresar a su propio castillo. Cuando llegó, vio a los niños jugando en el jardín.

—¿Qué hacéis aquí? —gritó con voz muy áspera, y los niños echaron a correr.

—Mi propio jardín es mi propio jardín —dijo el Gigante—; cualquiera puede entender eso, y no permitiré que nadie juegue en él más que yo. De modo que levantó un alto muro a su alrededor y puso un cartel de aviso.

Fin del Episodio 3 · de 8

El ruiseñor y la rosa (final) y El gigante egoísta

Siguiente Episodio 4~12 minEl gigante egoísta (final) y El amigo fiel“«La Primavera se ha olvidado de este jardín —exclamaron—, así que viviremos aquí todo el año».”Seguir leyendo
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