Por encima de las trampillas
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Al día siguiente la vio en la Ópera. Llevaba aún la alianza de oro lisa. Se mostró dulce y cariñosa con él. Le habló de los proyectos que acariciaba, de su porvenir, de su carrera.
Él le anunció que la fecha de la expedición polar se había adelantado y que partiría de Francia en tres semanas, o a lo sumo en un mes. Ella le insinuó, casi con alegría, que debía contemplar aquel viaje con júbilo, como una etapa hacia su gloria venidera. Y cuando él replicó que la gloria sin amor carecía de atractivos a sus ojos, ella lo trató como a un niño cuyos pesares no duran mucho tiempo.
—¿Cómo puedes hablar tan a la ligera de cosas tan graves? —preguntó él—. ¡Tal vez no volvamos a vernos jamás! Acaso muera durante esa expedición.
—O yo —dijo ella sencillamente.
Dejó de sonreír y de bromear. Parecía ensimismada en una idea nueva que por primera vez asomaba a su entendimiento. Sus ojos brillaban intensamente con ella.
—¿En qué piensas, Christine?
—Pienso en que no volveremos a vernos...
—¿Y eso te pone tan radiante?
—¡Y en que dentro de un mes tendremos que decirnos adiós para siempre!
—A menos, Christine, que empeñemos nuestra palabra y nos esperemos mutuamente para siempre.
Ella le puso la mano sobre la boca.
—¡Chist, Raoul!... Ya sabes que no se trata de eso... Y jamás nos casaremos: ¡eso está entendido!
De pronto pareció casi incapaz de contener una alegría desbordante. Batió palmas con infantil alborozo. Raoul la miró atónito.
—Pero... pero —continuó ella tendiendo ambas manos a Raoul, o más bien entregándoselas como si hubiese resuelto de golpe hacerle regalo de ellas—, si no podemos casarnos, ¡podemos... podemos comprometernos! Nadie lo sabrá salvo nosotros dos, Raoul. Ha habido muchísimos matrimonios secretos: ¿por qué no un noviazgo secreto?... ¡Estamos prometidos, amor mío, durante un mes! ¡Dentro de un mes partirás y podré ser feliz con el recuerdo de este mes durante toda la vida!
Estaba encantada con su ocurrencia. Luego se puso seria de nuevo.
—Esta —dijo— es una felicidad que a nadie hará daño.
Raoul se aferró a la idea. Hizo una reverencia a Christine y dijo:
—Mademoiselle, tengo el honor de pedir su mano.
—¡Pero si ya tienes las dos, mi querido prometido!... ¡Oh, Raoul, qué felices vamos a ser!... Jugaremos a los novios durante todo el día.
Era el juego más primoroso del mundo y lo disfrutaban como los niños que eran. ¡Oh, los discursos admirables que se dedicaban y los juramentos eternos que se intercambiaban! Jugaban a los corazones como otros niños juegan a la pelota; solo que, siendo en verdad sus dos corazones los que se arrojaban mutuamente, tenían que ser muy, muy diestros para recogerlos cada vez sin lastimarlos.
Un día, cosa de una semana después de haber comenzado el juego, el corazón de Raoul resultó malamente herido, y él interrumpió el juego pronunciando estas palabras insensatas:
—¡No iré al polo norte!
Christine, que en su inocencia no había soñado semejante posibilidad, descubrió de pronto el peligro del juego y se reprochó amargamente su ligereza. No despegó los labios para responder a la observación de Raoul y marchó en derechura a su casa.
Esto aconteció por la tarde en el camerino de la cantora, donde se encontraban a diario y donde se entretenían almorzando tres galletas, dos copas de oporto y un ramito de violetas. Por la noche ella no cantó; y él no recibió su acostumbrada cartita, aun cuando habían convenido en escribirse todos los días durante aquel mes. A la mañana siguiente corrió a casa de Mamá Valérius, quien le comunicó que Christine se había ausentado por dos días. Había partido la víspera a las cinco.
Raoul quedó enloquecido. Odiaba a Mamá Valérius por darle semejante noticia con una calma tan desconcertante. Intentó sondearla, pero la anciana a todas luces nada sabía.
Christine regresó al día siguiente. Regresó en triunfo. Reeditó el extraordinario éxito de la función de gala. Desde la aventura del «sapo» la Carlotta no había podido volver a pisar las tablas. El pavor de un nuevo «¡co-ac!» llenaba su alma y la despojaba de todas sus facultades canoras; y el teatro que había presenciado su afrenta incomprensible se le había vuelto aborrecible. Consiguió rescindir su contrato. A la Daaé se le ofreció el puesto vacante provisionalmente. Cosechó ovaciones atronadoras en La Juive.
El vizconde, que por supuesto se hallaba presente, fue el único en sufrir al escuchar los mil ecos de aquel nuevo triunfo; pues Christine llevaba aún su alianza de oro lisa. Una voz lejana susurraba al oído del joven:
«Lleva el anillo de nuevo esta noche; y no se lo diste tú. Entregó de nuevo su alma esta noche y no te la entregó a ti... Si se niega a contarte qué ha hecho durante estos dos días... ¡ve a preguntárselo a Erik!».
Corrió entre bastidores y se plantó a su paso. Ella lo vio, pues sus ojos lo buscaban. Dijo:
—¡Rápido! ¡Rápido!... ¡Ven!
Y lo arrastró hasta su camerino.
Raoul cayó al instante de rodillas ante ella. Le juró que partiría y le suplicó no escatimarle jamás una sola hora de la felicidad ideal que le había prometido. Ella dejó correr sus lágrimas. Se besaron como dos hermanos desolados golpeados por una pérdida común que se reúnen para llorar a un padre difunto.
De pronto ella se desprendió del abrazo dulce y tímido del joven, pareció escuchar algo y, con un ademán presuroso, señaló la puerta. Cuando él se hallaba en el umbral, dijo con voz tan queda que el vizconde adivinó más bien que oyó sus palabras:
—¡Hasta mañana, mi querido prometido! ¡Y sé feliz, Raoul: canté para ti esta noche!
Regresó al día siguiente. Pero aquellos dos días de ausencia habían quebrado el encanto de su primoroso juego. Se miraron en el camerino con ojos tristes, sin cambiar una sola palabra. Raoul tuvo que contenerse para no gritar:
—¡Estoy celoso! ¡Estoy celoso! ¡Estoy celoso!
Pero ella lo oyó a pesar de todo. Luego dijo:
—Ven a pasear, amor mío. El aire te sentará bien.
Raoul pensó que le propondría una caminata por el campo, lejos de aquel edificio que detestaba como una prisión cuyo carcelero sentía rondar entre los muros... el carcelero Erik... Pero ella lo condujo al escenario y lo hizo sentar en el brocal de madera de un pozo, en la dudosa paz y frescura de un primer decorado montado para la función de la noche.
Otro día vagó con él, de la mano, por los senderos desiertos de un jardín cuyas enredaderas habían sido recortadas por las hábiles manos de un decorador. Era como si el cielo verdadero, las flores auténticas y la tierra viva le estuviesen vedados para siempre y condenada a no respirar más aire que el del teatro. Algún bombero pasaba de tarde en tarde vigilando de lejos su melancólico idilio. Y ella lo arrastraba por encima de las nubes, en el magnífico desorden del telar, donde gustaba de marearlo corriendo ante él por las frágiles pasarelas, entre los millares de cuerdas sujetas a las poleas, los cabrestantes, los rodillos, en medio de un verdadero bosque de vergas y mástiles. Si él vacilaba, ella le decía con un mohín adorable en los labios:
—¡Y tú eres marinero!
Y luego regresaban a tierra firme, es decir, a algún pasillo que los conducía a la escuela de danza de las niñas pequeñas, donde rapazuelas de seis a diez años ensayaban sus pasos con la esperanza de convertirse algún día en grandes bailarinas «cubiertas de diamantes...». Entre tanto Christine les repartía golosinas.
Lo llevó a los almacenes de vestuario y utilería, le hizo recorrer todo su imperio, que era ficticio pero inmenso, abarcando diecisiete pisos desde el suelo hasta el tejado y poblado por un ejército de vasallos. Se movía entre ellos como una reina popular, alentándolos en sus labores, sentándose en los talleres, aconsejando a los obreros cuyas manos vacilaban en cortar las ricas telas destinadas a vestir a los héroes. Había habitantes de aquel reino que ejercían todos los oficios: zapateros, orfebres. Todos habían aprendido a conocerla y a amarla, pues siempre se interesaba por sus cuitas y por sus pequeñas aficiones.
Conocía rincones insospechados ocupados secretamente por viejecillos casados. Llamaba a sus puertas y les presentaba a Raoul como un Príncipe Azul que le había pedido la mano; y ambos, sentados sobre algún trasto apolillado de tramoya, escuchaban las leyendas de la Ópera, igual que en su infancia habían escuchado los viejos cuentos bretones. Aquellos ancianos no recordaban nada exterior a la Ópera. Habían vivido allí durante años incontables. Direcciones anteriores los habían olvidado; revoluciones palaciegas no habían reparado en ellos; la historia de Francia había seguido su curso a espaldas de ellos; y nadie se acordaba de su existencia.
Los días preciosos se esfumaron de este modo; y Raoul y Christine, fingiendo un desmedido interés por las cosas exteriores, se esforzaban torpemente por ocultarse el único pensamiento que llenaba sus corazones. Un hecho era seguro: que Christine, que hasta entonces se había mostrado la más fuerte de los dos, se volvió de súbito indeciblemente nerviosa. En el curso de sus paseos se ponía a correr sin motivo o se detenía en seco; y su mano, que en un instante se volvía glacial, retenía al joven. A veces sus ojos parecían perseguir sombras imaginarias. Gritaba: «¡Por aquí!», y «¡Por aquí!», y «¡Por aquí!», soltando una risa jadeante que a menudo remataba en llanto. Entonces Raoul intentaba hablar, interrogarla a pesar de sus promesas. Pero antes de que hubiese formulado su pregunta ella contestaba con fiebre:
—Nada... te juro que no es nada.
Una vez, pasando ante una trampilla abierta en el escenario, Raoul se detuvo sobre la oscura cavidad:
—Me has enseñado la parte alta de tu imperio, Christine, pero se cuentan historias muy extrañas de la parte baja. ¿Bajamos?
Ella lo rodeó con sus brazos como temiendo verlo desaparecer por el agujero negro y, con voz trémula, susurró:
—¡Jamás!... ¡No quiero que vayas allí!... Además, no es mío... ¡TODO CUANTO ESTÁ BAJO TIERRA LE PERTENECE A ÉL!
Raoul la miró fijamente a los ojos y dijo con aspereza:
—¿De modo que vive ahí abajo?
—Jamás he dicho tal cosa... ¿Quién te ha dicho semejante cosa? ¡Vámonos! A veces me pregunto si estás en tu sano juicio, Raoul... Siempre te tomas las cosas de una manera tan imposible... ¡Vamos! ¡Ven!
Y lo arrastró literalmente, pues él se obstinaba y deseaba permanecer junto a la trampilla: aquel pozo lo atraía.
De pronto la trampilla se cerró, y con tal rapidez que ni siquiera vieron la mano que la maniobró; y quedaron enteramente anonadados.
—Tal vez ÉL estaba allí —dijo al fin Raoul.
Ella se encogió de hombros, pero no parecía tranquila.
—No, no, fueron los «cierra-trampillas». Tienen que hacer algo, ya sabes... Abren y cierran las trampillas sin motivo especial... Es como los «cierra-puertas»: tienen que pasar el tiempo de algún modo.
—Pero ¿y si fuese ÉL, Christine?
—¡No, no! Se ha encerrado, está trabajando.
—¡Vaya, conque está trabajando!
—Sí, no puede abrir y cerrar trampillas y trabajar al mismo tiempo. —Se estremeció.
—¿En qué trabaja?
—¡Oh, en algo terrible!... Pero tanto mejor para nosotros... Cuando trabaja en eso no ve nada; no come, ni bebe, ni respira durante días y noches enteros... se convierte en un muerto viviente y no tiene tiempo de entretenerse con las trampillas. —Se estremeció de nuevo. Lo sostenía aún en sus brazos. Luego suspiró y dijo a su vez:
—¡Y si fuese ÉL!
—¿Le tienes miedo?
—No, no, claro que no —dijo ella.
A pesar de todo, al día siguiente y en los sucesivos Christine se cuidó bien de evitar las trampillas. Su agitación solo crecía con el paso de las horas. Al fin, una tarde llegó tardísimo, con el rostro tan desesperadamente pálido y los ojos tan desesperadamente enrojecidos que Raoul resolvió llegar a todos los extremos, incluido el que dejara entrever cuando soltó que no partiría en la expedición al polo norte a menos que ella le revelase antes el secreto de la voz de hombre.
—¡Chist! ¡Chist, por amor de Dios! ¡Y si ÉL te oyese, desdichado Raoul!
Y los ojos de Christine miraban con extravío cuanto la rodeaba.
—Te arrancaré de su poder, Christine, te lo juro. Y no volverás a pensar en él.
—¿Es posible?
Se permitió esta duda, que era todo un aliento, mientras arrastraba al joven hacia el piso más alto del teatro, lejos, lejísimos de las trampillas.
—Te esconderé en algún rincón desconocido del mundo adonde ÉL no pueda ir a buscarte. Estarás a salvo; y luego me marcharé... ya que has jurado no casarte jamás.
Christine tomó las manos de Raoul y las oprimió con increíble arrebato. Pero, asaltada súbitamente de nuevo por el espanto, desvió la cabeza.
—¡Más arriba! —fue todo cuanto dijo—. ¡Más arriba todavía!
Y lo arrastró hacia la cúspide.
A él le costaba seguirla. Pronto se hallaron bajo el tejado mismo, en el laberinto de las maderas de armadura. Se deslizaban entre los contrafuertes, los cabrios, las viguetas; saltaban de madero en madero como habrían saltado de árbol en árbol en un bosque.
Y a pesar del cuidado que ponía ella en mirar hacia atrás a cada instante, no logró divisar una sombra que la seguía como su propia sombra, que se detenía cuando ella se detenía, que reanudaba la marcha cuando ella lo hacía y que no hacía más ruido del que debe hacer una sombra bien educada. En cuanto a Raoul, tampoco vio nada; pues cuando tenía a Christine delante de sí, nada de lo que acontecía a su espalda le interesaba.
Fin del Episodio 21 · de 47
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