El fantasma de la ópera·Episodio 01

Prólogo

~8 min · 1699 palabras

EN EL CUAL EL AUTOR DE ESTA SINGULAR OBRA INFORMA AL LECTOR DE CÓMO ADQUIRIÓ LA CERTEZA DE QUE EL FANTASMA DE LA ÓPERA EXISTIÓ REALMENTE

El fantasma de la Ópera existió realmente. No fue, como durante largo tiempo se creyó, una quimera salida de la imaginación de los artistas, una patraña inventada por los directores o el producto de los cerebros impresionables e ingenuos de las señoritas del cuerpo de baile, de sus madres, de las acomodadoras, de los empleados de guardarropa o de la conserjería. Sí, existió en carne y hueso, por más que revistiese todas las apariencias de un verdadero fantasma, es decir, de una sombra fantasmal.

Cuando comencé a revolver los archivos de la Academia Nacional de Música, quedé sorprendido desde el primer instante por las coincidencias asombrosas que existían entre los fenómenos atribuidos al «fantasma» y la tragedia más extraordinaria e inverosímil que conmocionó jamás al gran mundo parisino; y pronto concebí la idea de que esa tragedia podía explicarse con entera razón mediante los fenómenos en cuestión. Los sucesos no datan de hace más de treinta años; y no resultaría difícil hallar hoy día, en el vestíbulo del cuerpo de baile, a ancianos de la más alta respetabilidad, personas cuya palabra merece crédito absoluto, que recordarían como si fuera ayer las circunstancias misteriosas y dramáticas que rodearon el rapto de Christine Daaé, la desaparición del vizconde de Chagny y la muerte de su hermano mayor, el conde Philippe, cuyo cadáver fue hallado en la orilla del lago subterráneo que existe en los sótanos más profundos de la Ópera, hacia el lado de la Rue Scribe. Pero ninguno de aquellos testigos había pensado hasta ese día que hubiese motivo alguno para vincular la figura más o menos legendaria del fantasma de la Ópera con tan terrible historia.

La verdad tardó en abrirse paso en mi ánimo, desconcertado por una investigación que a cada instante se enmarañaba con acontecimientos que, a primera vista, podían considerarse sobrenaturales; y más de una vez estuve a punto de abandonar una empresa en la que me consumía persiguiendo en vano una quimera. Al fin obtuve la prueba de que mis presentimientos no me habían engañado, y vi coronados mis esfuerzos el día en que adquirí la certidumbre de que el fantasma de la Ópera era algo más que una simple sombra.

Aquel día me había pasado largas horas leyendo las Memorias de un director, obra ligera y frívola del demasiado escéptico Moncharmin, quien, durante su mandato al frente de la Ópera, no entendió absolutamente nada de la misteriosa conducta del fantasma y se burló de ella todo lo que pudo, en el momento mismo en que se convertía en la primera víctima de la singular operación financiera que se desarrollaba en el interior del «sobre mágico».

Acababa de abandonar la biblioteca sumido en el desaliento, cuando me topé con el encantador administrador en funciones de nuestra Academia Nacional, que charlaba en un rellano con un anciano vivaz y sumamente atildado, al cual me presentó con alegría. El administrador conocía al dedillo mis pesquisas y sabía con qué empeño infructuoso había intentado dar con el paradero del juez de instrucción del célebre proceso Chagny, M. Faure. Nadie sabía qué había sido de él, si estaba vivo o muerto; y hete aquí que acababa de regresar de Canadá, donde había pasado quince años, y lo primero que había hecho al volver a París era acudir a la secretaría de la Ópera para pedir una entrada de favor. Aquel viejecillo era el mismísimo M. Faure.

Pasamos juntos una buena parte de la velada y me relató todo el asunto Chagny tal como él lo había entendido en su tiempo. Se había visto obligado a concluir en favor de la locura del vizconde y de la muerte accidental del hermano mayor, a falta de testimonios en contrario; pero estaba no obstante persuadido de que una tragedia espantosa había enfrentado a los dos hermanos por causa de Christine Daaé. No supo decirme qué había sido de Christine ni del vizconde. Cuando le hablé del fantasma, se limitó a reírse. También a él le habían informado de las extrañas manifestaciones que parecían señalar la existencia de un ser anómalo, instalado en uno de los rincones más misteriosos de la Ópera, y conocía la historia del sobre; pero jamás había visto en ello nada digno de su atención como magistrado a cargo del sumario Chagny, y bastante había hecho con escuchar las declaraciones de un testigo que se había presentado espontáneamente para manifestar que se cruzaba con el fantasma a menudo. Aquel testigo no era otro que el hombre a quien todo París apodaba «el Persa» y a quien conocían de sobra todos los abonados de la Ópera. El juez lo había tomado por un visionario.

La historia del Persa me interesó enormemente. Quise, si aún estaba a tiempo, dar con aquel testigo tan precioso y excéntrico. Mi suerte mejoró y lo descubrí en su modesto apartamento de la Rue de Rivoli, donde había vivido desde entonces y donde falleció cinco meses después de mi visita. Al principio mostré cierta desconfianza; pero cuando el Persa me hubo contado, con candor infantil, todo lo que sabía sobre el fantasma y me hubo entregado las pruebas de su existencia —incluida la extraña correspondencia de Christine Daaé— para que dispusiese de ellas a mi antojo, ya no me cupo duda alguna. ¡No, el fantasma no era un mito!

Ya sé que me han dicho que aquella correspondencia pudo haber sido fraguada de principio a fin por un hombre cuya imaginación se nutría ciertamente de las historias más seductoras; pero afortunadamente descubrí algunos autógrafos de Christine fuera del famoso paquete de cartas y, al cotejarlos, se disiparon todas mis dudas. Además investigué el pasado del Persa y comprobé que era un hombre íntegro, incapaz de urdir una patraña que pudiera torcer los fines de la justicia.

Ese fue, por lo demás, el dictamen de las personas más serias que, en un momento u otro, estuvieron implicadas en el asunto Chagny y eran allegadas a su familia, a las cuales mostré todos mis documentos y expuse mis deducciones. A este propósito, me complazco en transcribir unas líneas que recibí del general D——:

MUY SEÑOR MÍO:

No podría encarecerle con suficiente empeño que publique los resultados de su investigación. Recuerdo a la perfección que, pocas semanas antes de la desaparición de aquella gran cantante, Christine Daaé, y del drama que sumió en el luto a todo el Faubourg Saint-Germain, se hablaba muchísimo en el vestíbulo del cuerpo de baile sobre el asunto del «fantasma»; y creo que solo se dejó de hablar de ello a consecuencia de los acontecimientos posteriores que tan vivamente nos conmovieron a todos. Mas, si es posible —como creo después de haberle escuchado— explicar la tragedia por medio del fantasma, le ruego encarecidamente que vuelva a hablarnos de él.

Por misterioso que pueda antojarse el fantasma en un principio, siempre será más fácil de explicar que esa historia siniestra con la que personas malévolas han pretendido pintar a dos hermanos matándose entre sí, cuando se habían profesado adoración mutua durante toda la vida.

Quedo de usted, etc.

Por último, con el fajo de papeles en la mano, recorrí de nuevo el inmenso dominio del fantasma, el descomunal edificio del que había hecho su reino. Cuanto vieron mis ojos y percibió mi espíritu corroboró con exactitud los documentos del Persa; y un hallazgo prodigioso vino a coronar mis fatigas de una forma terminante. Se recordará que, más tarde, al excavar en los cimientos de la Ópera antes de sepultar los discos fonográficos con las voces de los artistas, los obreros sacaron a la luz un cadáver. Pues bien, me hallé al punto en condiciones de probar que aquel cadáver era el del fantasma de la Ópera. Hice que el administrador en funciones sometiera esta prueba a examen por su propia mano; y ahora me resulta de una soberana indiferencia que los periódicos afirmen que aquel cuerpo pertenecía a una víctima de la Comuna.

Los desgraciados que fueron fusilados bajo la Comuna en los subterráneos de la Ópera no fueron sepultados en ese sector; ya indicaré dónde pueden hallarse sus esqueletos, en un punto no muy alejado de esa inmensa cripta donde se almacenaron toda clase de provisiones durante el asedio. Di con esa pista precisamente mientras buscaba los restos del fantasma de la Ópera, los cuales jamás habría descubierto de no mediar la insólita casualidad que acabo de relatar.

Pero ya volveremos al cadáver y a lo que conviene hacer con él. Por ahora debo concluir esta introducción tan indispensable dando las gracias a M. Mifroid (que fue el comisario de policía encargado de las primeras pesquisas tras la desaparición de Christine Daaé), a M. Remy, antiguo secretario, a M. Mercier, antiguo administrador, a M. Gabriel, antiguo maestro de coro, y muy en particular a Mme. la baronesa de Castelot-Barbezac, que antaño fue la «pequeña Meg» de nuestra historia (y no se avergüenza de ello), la estrella más encantadora de nuestro admirable cuerpo de baile, hija mayor de la digna Mme. Giry, hoy difunta, que tenía a su cargo el palco reservado del fantasma. Todos ellos me prestaron un auxilio inestimable; y, gracias a ellos, podré reconstruir ante los ojos del lector aquellas horas de puro amor y de espanto en sus más mínimos pormenores.

Y sería en verdad ingrato si olvidase, en el umbral de este relato tan pavoroso como verídico, expresar mi gratitud a la actual dirección de la Ópera, que tan gentilmente me ha secundado en todas mis pesquisas, en especial a M. Messager, así como a M. Gabion, administrador en funciones, y a ese hombre amabilísimo que es el arquitecto encargado de la conservación del edificio, quien no vaciló en prestarme las obras de Charles Garnier, aun cuando estaba casi persuadido de que jamás se las devolvería. Por último, debo rendir un homenaje público a la generosidad de mi amigo y antiguo colaborador, M. J. Le Croze, que me permitió espigar en su espléndida biblioteca teatral y tomar en préstamo las ediciones más raras de volúmenes por los que sentía un aprecio infinito.

GASTON LEROUX.

Fin del Episodio 1 · de 47

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