El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde·Episodio 03

En busca del señor Hyde · II

~7 min · 1347 palabras

El señor Hyde retrocedió con una sibilante inspiración de aliento. Pero su temor fue solo momentáneo; y aunque no miró al abogado a la cara, contestó con bastante frialdad: —Ese es mi nombre. ¿Qué desea usted?

—Veo que va a entrar —repuso el abogado—. Soy un viejo amigo del doctor Jekyll; el señor Utterson, de Gaunt Street. Habrá oído hablar de mí y, al encontrarle tan oportunamente, pensé que tal vez me permitiría pasar.

—No encontrará al doctor Jekyll; está fuera de casa —respondió el señor Hyde, soplando en el ojo de la llave. Y de pronto, aunque todavía sin levantar la mirada—: ¿Cómo me ha reconocido? —preguntó.

—Por su parte —dijo el señor Utterson—, ¿me haría usted un favor?

—Con mucho gusto —respondió el otro—. ¿De qué se trata?

—¿Me permitiría verle la cara? —preguntó el abogado.

El señor Hyde pareció vacilar y luego, como tras una súbita reflexión, se encaró con aire desafiante; y ambos se miraron con bastante fijeza durante unos segundos. —Ahora le reconoceré si vuelvo a verle —dijo el señor Utterson—. Podría ser útil.

—Sí —repuso el señor Hyde—, está bien que nos hayamos conocido; y, à propos, convendría que tuviese mi dirección. —Y dio el número de una calle en el Soho.

—¡Santo Dios! —pensó el señor Utterson—, ¿habrá estado pensando él también en el testamento? Pero se guardó sus impresiones y no emitió más que un gruñido en señal de haber tomado nota de las señas.

—Y ahora —dijo el otro—, ¿cómo me ha reconocido?

—Por una descripción —fue la respuesta.

—¿Descripción de quién?

—Tenemos amigos comunes —dijo el señor Utterson.

—¿Amigos comunes? —repitió el señor Hyde con voz algo ronca—. ¿Quiénes son?

—Jekyll, por ejemplo —dijo el abogado.

—¡Él jamás se lo dijo! —exclamó el señor Hyde, encendiéndose de ira—. No creí que fuese usted capaz de mentir.

—Vamos —dijo el señor Utterson—, ese no es un lenguaje apropiado.

El otro soltó un bufido que acabó en risotada salvaje; y al instante siguiente, con extraordinaria presteza, abrió la cerradura y desapareció en el interior de la casa.

El abogado permaneció inmóvil un rato después de que el señor Hyde lo dejara, hecho el vivo retrato de la inquietud. Luego comenzó a subir lentamente por la calle, deteniéndose a cada paso o dos y llevándose la mano a la frente como un hombre sumido en la perplejidad. El problema que así debatía consigo mismo mientras caminaba pertenecía a una clase que rara vez halla solución. El señor Hyde era pálido y menudo, casi enano; daba una impresión de deformidad sin ninguna malformación que pudiera nombrarse; tenía una sonrisa desagradable; se había comportado ante el abogado con una suerte de criminal mezcla de timidez y audacia, y hablaba con una voz ronca, susurrante y algo quebrada; todos estos eran puntos en su contra, pero ni todos ellos juntos podían explicar el repugnante asco, la aversión y el temor, desconocidos hasta entonces, con que el señor Utterson lo contemplaba. —Debe de haber algo más —dijo el perplejo caballero—. Tiene que haber algo más, si pudiera encontrar una palabra para nombrarlo. ¡Válgame Dios, el hombre apenas parece humano! Algo troglodítico, ¿diremos? ¿O será la vieja historia del doctor Fell? ¿O no es sino el mero resplandor de un alma inmunda que así se trasluce a través de su continente de barro y lo transfigura? Lo último, creo yo; pues ¡ay, mi pobre y viejo Harry Jekyll!, si alguna vez leí la firma de Satanás en un rostro, es en el de tu nuevo amigo.

Al doblar la esquina de la callejuela, se abría una plaza de casas antiguas y nobles, venidas ya a menos en su mayor parte respecto a su antiguo rango y alquiladas por pisos y habitaciones a gentes de toda laya y condición: grabadores de mapas, arquitectos, abogados de dudosa reputación y agentes de turbios negocios. Una casa, sin embargo, la segunda desde la esquina, aún se hallaba ocupada por entero; y ante la puerta de esta, que ostentaba un gran aire de riqueza y confort, aunque ahora estaba sumida en la oscuridad salvo por el montante de luz, el señor Utterson se detuvo y llamó. Un criado anciano y bien vestido abrió la puerta.

—¿Está el doctor Jekyll en casa, Poole? —preguntó el abogado.

—Voy a ver, señor Utterson —dijo Poole, haciendo pasar al visitante, mientras hablaba, a un amplio y confortable vestíbulo de techo bajo, enlosado con losas de piedra, caldeado (al modo de una casa de campo) por un fuego vivo y abierto, y amueblado con costosos aparadores de roble—. ¿Desea esperar aquí junto al fuego, señor? ¿O prefiere que le encienda una luz en el comedor?

—Aquí, gracias —dijo el abogado, y se acercó a apoyarse en el alto guardafuegos. Aquel vestíbulo, en el que ahora quedaba a solas, era un capricho predilecto de su amigo el doctor; y el propio Utterson solía hablar de él como de la estancia más agradable de Londres. Pero esta noche un estremecimiento le recorría la sangre; el rostro de Hyde pesaba sobre su memoria; sentía (cosa rara en él) náuseas y hastío de la vida; y en la pesadumbre de su ánimo, le pareció leer una amenaza en el titilar de las llamas sobre los pulidos muebles y en los inquietos sobresaltos de las sombras en el techo. Se avergonzó de su propio alivio cuando Poole regresó poco después para anunciarle que el doctor Jekyll había salido.

—He visto entrar al señor Hyde por la puerta de la antigua sala de disección, Poole —dijo—. ¿Es eso correcto cuando el doctor Jekyll está fuera de casa?

—Completamente correcto, señor Utterson —respondió el criado—. El señor Hyde tiene llave.

—Su amo parece depositar una gran confianza en ese joven, Poole —prosiguió el otro pensativo.

—Sí, señor, desde luego que sí —dijo Poole—. Todos tenemos orden de obedecerle.

—No creo haberme encontrado nunca con el señor Hyde, ¿verdad? —preguntó Utterson.

—¡Oh, desde luego que no, señor! Él nunca cena aquí —respondió el mayordomo—. De hecho, lo vemos muy poco por esta parte de la casa; la mayor parte de las veces entra y sale por el laboratorio.

—Bien, buenas noches, Poole.

—Buenas noches, señor Utterson.

Y el abogado emprendió el regreso a casa con el corazón muy apesadumbrado. —¡Pobre Harry Jekyll! —pensó—, ¡mucho me temo que está metido en aguas cenagosas! De joven era alocado; hace ya mucho tiempo, desde luego; pero en la ley de Dios no hay prescripción. ¡Ah, debe de ser eso: el espectro de algún viejo pecado, el cáncer de alguna oculta vergüenza; el castigo que llega, pede claudo, años después de que la memoria haya olvidado y el amor propio haya perdonado la culpa! Y el abogado, asustado ante aquella idea, caviló un rato sobre su propio pasado, tanteando por todos los rincones de la memoria, no fuera que por azar algún muñeco de resorte de una antigua iniquidad saltase allí a la luz. Su pasado era bastante intachable; pocos hombres podían leer el registro de su vida con menos aprensión; y sin embargo, quedaba humillado hasta el polvo por las muchas malas acciones que había cometido, y alzado de nuevo a una sobria y temerosa gratitud por las muchas que había estado a punto de cometer y que había evitado. Luego, volviendo a su tema anterior, concibió una chispa de esperanza. —Este señorito Hyde, si se le estudiase —pensó—, debe de tener sus propios secretos; secretos negros, a juzgar por su aspecto; secretos en comparación con los cuales lo peor del pobre Jekyll parecería la luz del sol. Las cosas no pueden seguir como están. Se me hiela la sangre al pensar en esa criatura deslizándose como un ladrón hasta la cabecera de Harry; ¡pobre Harry, qué despertar! Y el peligro que entraña; pues si este Hyde sospecha la existencia del testamento, podría impacientarse por heredar. ¡Ah, tengo que arrimar el hombro..., si Jekyll me lo permite! —añadió—; ¡si Jekyll tan solo me lo permite! Pues una vez más vio ante el ojo de su mente, tan claras como una transparencia, las extrañas cláusulas del testamento.

Fin del Episodio 3 · de 15

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