El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde·Episodio 15

Declaración completa de Henry Jekyll sobre el caso · III

~6 min · 1281 palabras

Cuando volví en mí en casa de Lanyon, el horror de mi viejo amigo tal vez me conmovió en alguna medida; no lo sé: al menos no fue sino una gota en el mar comparado con la abominación con que rememoraba aquellas horas. Un cambio se había operado en mí. Ya no era el miedo al patíbulo, sino el horror de ser Hyde lo que me atormentaba. Recibí la condena de Lanyon como entre sueños; y como entre sueños regresé a mi propia casa y me metí en la cama. Dormí, tras la postración de la jornada, con un sueño denso y profundo que ni siquiera las pesadillas que me atenazaban lograron quebrantar. Desperté por la mañana estremecido, debilitado, pero reconfortado. Todavía odiaba y temía el pensamiento del bruto que dormía en mi interior, y desde luego no había olvidado los espantosos peligros de la víspera; pero me hallaba de nuevo en mi hogar, en mi propia casa y cerca de mis sustancias; y la gratitud por haberme salvado brillaba con tanta fuerza en mi alma que casi rivalizaba con el resplandor de la esperanza.

Crucaba pausadamente el patio después del desayuno, respirando con deleite el frescor del aire, cuando volví a ser presa de aquellas indescriptibles sensaciones que anunciaban la mutación; y apenas tuve el tiempo justo de ganar el refugio de mi gabinete antes de verme una vez más enfurecido y helado por las pasiones de Hyde. Se requirió en esta ocasión una dosis doble para hacerme volver en mí; ¡y, ay!, seis horas después, mientras contemplaba con tristeza el fuego, regresaron los dolores y hubo que administrar de nuevo la droga. En suma, a partir de aquel día pareció que solo merced a un esfuerzo descomunal, como de gimnasta, y únicamente bajo el estímulo inmediato del fármaco, era capaz de conservar el semblante de Jekyll. A todas las horas del día y de la noche me asaltaba el temblor premonitorio; sobre todo, si dormía, o si tan solo descabezaba un sueño en mi sillón, siempre despertaba siendo Hyde. Bajo la tensión de este destino continuamente inminente y por el insomnio al que me condené a mí mismo —¡ay!, aun más allá de lo que creía posible para un hombre—, me convertí, en mi propia persona, en una criatura consumida y vaciada por la fiebre, lánguidamente débil tanto de cuerpo como de espíritu, y poseída por un único pensamiento: el horror de mi otro yo. Mas cuando dormía, o cuando se desvanecía la virtud de la medicina, pasaba casi sin transición (pues los dolores de la transformación se tornaban cada día menos perceptibles) a la posesión de una fantasía colmada de imágenes de espanto, un alma hirviente de odios sin causa y un cuerpo que no parecía lo bastante fuerte para contener las furiosas energías de la vida. Las fuerzas de Hyde parecían haberse acrecentado con la decrepitud de Jekyll. Y ciertamente el odio que ahora los separaba era mutuo. En Jekyll se trataba de una cuestión de instinto vital. Había visto ya la absoluta deformidad de aquella criatura que compartía con él algunos de los fenómenos de la conciencia y que era su coheredera en la muerte; y más allá de estos vínculos de comunidad, que en sí mismos constituían la parte más lacerante de su aflicción, consideraba a Hyde, con toda su vivaz energía, como algo no solo infernal sino inorgánico. Esto era lo pavoroso: que el cieno del abismo pareciera articular gritos y voces; que el polvo informe gesticulara y pecara; que lo que estaba muerto y carecía de figura usurpara los oficios de la vida. Y esto también: que aquel horror insurrecto estuviera soldado a él más íntimamente que una esposa, más cerca que sus propios ojos; que yaciera enjaulado en su carne, donde lo oía mascullar y lo sentía forcejear por nacer; y que a cada hora de flaqueza, y en la confiada entrega del sueño, prevaleciera sobre él y lo despojara de la vida. El odio de Hyde hacia Jekyll era de otra índole. Su pavor al patíbulo lo impelía de continuo a cometer un suicidio temporal y a regresar a su condición subordinada de parte en lugar de persona; pero aborrecía tal necesidad, aborrecía el abatimiento en que Jekyll había caído y le resentía la aversión con que él mismo era mirado. De ahí las jugarretas simiescas que me gastaba, garabateando con mi propia letra blasfemias en las páginas de mis libros, quemando las cartas y destruyendo el retrato de mi padre; y, a decir verdad, de no haber sido por su temor a la muerte, hacía mucho que se habría arruinado a sí mismo con tal de arrastrarme a la perdición. Pero su apego a la vida es asombroso; voy más lejos: yo, que desfallezco y me hielo con solo pensar en él, al recordar la abyección y el apasionamiento de ese apego, y al saber cuánto teme mi potestad de aniquilarlo suicidándome, hallo en mi corazón motivos para compadecerlo.

Es inútil, y el tiempo me falta de un modo atroz, prolongar esta descripción; nadie ha padecido jamás semejantes tormentos, baste con decir esto; y, con todo, aun a tales suplicios la costumbre aportó —no, un alivio no— sino una cierta insensibilidad del alma, una cierta resignación de la desesperanza; y mi castigo habría podido prolongarse durante años, a no ser por la última calamidad que acaba de desplomarse sobre mí y que me ha apartado para siempre de mi propio rostro y de mi naturaleza. Mi provisión de sal, que jamás se había renovado desde la fecha del primer experimento, comenzó a escasear. Encargué una nueva remesa y preparé la pócima; se produjo la ebullición y el primer cambio de color, pero no el segundo; la bebí y careció de efecto. Sabrá usted por Poole cómo he mandado registrar Londres entero; fue en vano; y ahora estoy convencido de que mi primer suministro era impuro, y que fue aquella desconocida impureza la que confirió eficacia al brebaje.

Ha transcurrido cerca de una semana, y pongo fin a esta declaración bajo el influjo del último de los polvos primitivos. Esta es, pues, la última vez, a menos que medie un milagro, en que Henry Jekyll puede concebir sus propios pensamientos o contemplar su propio rostro (¡ay, qué tristemente demudado!) en el espejo. Tampoco debo demorarme en exceso para dar remate a mi escrito; pues si mi relato ha escapado hasta ahora de la destrucción, ha sido merced a una combinación de gran prudencia y de singular ventura. Si los dolores del cambio me sorprendieran en el trance de escribirlo, Hyde lo desgarrará en pedazos; pero si transcurre algún tiempo tras haberlo dejado a un lado, su extraordinario egoísmo y su confinamiento en el instante presente lo librarán probablemente, una vez más, de los estragos de su despecho simiesco. Y ciertamente la fatalidad que se cierne sobre ambos ya lo ha transformado y doblegado. De aquí a media hora, cuando vuelva a revestirme de nuevo y para siempre de esa aborrecida personalidad, sé muy bien cómo permaneceré estremecido y lloroso en mi sillón, o continuaré, con el éxtasis más tenso y aterrado de la escucha, recorriendo de un extremo a otro esta estancia (mi último refugio terrenal) y prestando oído a todo sonido de amenaza. ¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿O hallará el valor para liberarse a sí mismo en el último instante? Dios lo sabe; nada me importa; esta es mi verdadera hora de morir, y lo que haya de acontecer después atañe a otro que no soy yo. Así pues, al posar la pluma y disponer el sello a mi confesión, pongo término a la vida del desdichado Henry Jekyll.

Fin del Episodio 15 · de 15

Declaración completa de Henry Jekyll sobre el caso · III

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