Declaración completa de Henry Jekyll sobre el caso · II
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Unos dos meses antes del asesinato de sir Danvers, salí a correr una de mis aventuras, regresé a altas horas y desperté al día siguiente en la cama con sensaciones algo extrañas. En vano miré a mi alrededor; en vano vi los muebles decorosos y las altas proporciones de mi habitación en la plaza; en vano reconocí el dibujo de las cortinas de la cama y el diseño del marco de caoba; algo continuaba insistiendo en que no estaba donde estaba, en que no había despertado donde parecía estar, sino en la pequeña habitación del Soho donde acostumbraba a dormir en el cuerpo de Edward Hyde. Sonreí para mis adentros y, con mi habitual inclinación psicológica, me puse a indagar perezosamente en los elementos de esta ilusión, volviendo a caer de vez en cuando, mientras lo hacía, en una plácida modorra matinal. Aún estaba en ello cuando, en uno de mis momentos de mayor lucidez, mis ojos se posaron en mi mano. Pues bien, la mano de Henry Jekyll (como a menudo has observado) era de forma y tamaño profesionales: era grande, firme, blanca y hermosa. Pero la mano que ahora veía, con bastante claridad a la luz amarillenta de una mañana en pleno Londres, medio cerrada sobre las mantas, era enjuta, nervuda, nudosa, de una palidez cetrina y densamente sombreada por una oscura vellosidad. Era la mano de Edward Hyde.
Debí de quedarme mirándola fijamente durante cerca de medio minuto, sumido como estaba en la mera estupidez del asombro, antes de que el terror se despertara en mi pecho, tan súbito y estremecedor como el choque de unos címbalos; y saltando del lecho corrí hacia el espejo. Ante la visión que se ofreció a mis ojos, mi sangre se transformó en algo exquisitamente sutil y gélido. Sí: me había acostado Henry Jekyll y me había despertado Edward Hyde. ¿Cómo se explicaba esto?, me pregunté; y luego, con otro sobresalto de terror: ¿cómo remediarlo? La mañana estaba ya muy avanzada; los criados se habían levantado; todas mis drogas se encontraban en el gabinete... un largo trayecto bajando dos tramos de escaleras, por el pasillo trasero, a través del patio abierto y cruzando el anfiteatro anatómico desde el punto en que me hallaba horrorizado. Sería sin duda posible cubrirme el rostro; pero ¿de qué serviría, si era incapaz de ocultar la alteración de mi estatura? Y entonces, con un alivio de dulzura abrumadora, acudió a mi memoria que los criados ya estaban acostumbrados a las idas y venidas de mi segundo yo. Enseguida me hube vestido, lo mejor que pude, con ropas de mi propia talla; enseguida hube cruzado la casa, donde Bradshaw se me quedó mirando y retrocedió al ver al señor Hyde a semejante hora y con atuendo tan extraño; y diez minutos después, el doctor Jekyll había recuperado su propia figura y estaba sentado, con el semblante sombrío, simulando tomar el desayuno.
Escaso era en verdad mi apetito. Este incidente inexplicable, esta inversión de mi experiencia anterior, parecía, como el dedo babilónico en la pared, deletrear las letras de mi sentencia; y empecé a reflexionar más seriamente que nunca en las consecuencias y posibilidades de mi doble existencia. Aquella parte de mí que tenía el poder de proyectar había sido últimamente muy ejercitada y alimentada; en los últimos tiempos me había parecido como si el cuerpo de Edward Hyde hubiera crecido en estatura, como si (al vestir aquella forma) fuera consciente de un torrente de sangre más generoso; y empecé a vislumbrar el peligro de que, si esto se prolongaba mucho, el equilibrio de mi naturaleza pudiera quedar destruido para siempre, el poder de la transformación voluntaria se perdiera y la condición de Edward Hyde se convirtiera irrevocablemente en la mía. El poder de la droga no se había manifestado siempre con la misma eficacia. Una vez, en los inicios de mis experimentos, me había fallado por completo; desde entonces me había visto obligado en más de una ocasión a duplicar, y una vez, con infinito riesgo de muerte, a triplicar la dosis; y estas raras incertidumbres habían sido hasta entonces la única sombra sobre mi satisfacción. Ahora, sin embargo, y a la luz del percance de aquella mañana, me vi llevado a observar que mientras que, al principio, la dificultad había consistido en despojarme del cuerpo de Jekyll, últimamente se había trasladado, de forma gradual pero decidida, al lado contrario. Todo parecía indicar, por tanto, que estaba perdiendo poco a poco el control de mi ser original y mejor, y fusionándome lentamente con el segundo y peor.
Sentí entonces que debía elegir entre ambos. Mis dos naturalezas compartían la memoria, pero todas las demás facultades estaban repartidas de la manera más desigual entre ellas. Jekyll (que era un compuesto), ya con los más sensibles recelos, ya con ávido deleite, proyectaba y participaba de los placeres y aventuras de Hyde; pero Hyde era indiferente a Jekyll, o solo se acordaba de él como el bandolero de la montaña recuerda la caverna en que se oculta de la persecución. Jekyll tenía más que el interés de un padre; Hyde, más que la indiferencia de un hijo. Ligar mi suerte a la de Jekyll era morir a aquellos apetitos con que durante tanto tiempo me había regalado en secreto y a los que últimamente había empezado a mimar. Ligarla a la de Hyde era morir a mil intereses y aspiraciones, y convertirme, de un golpe y para siempre, en un ser despreciado y sin amigos. El trato podía parecer desigual; pero había todavía otra consideración en la balanza: pues mientras Jekyll sufriría atrozmente en los fuegos de la abstinencia, Hyde ni siquiera sería consciente de todo lo que había perdido. Por extrañas que fuesen mis circunstancias, los términos de este debate son tan antiguos y comunes como el hombre; casi los mismos incentivos y temores echan la suerte de cualquier pecador tentado y tembloroso; y me ocurrió a mí lo que le ocurre a la inmensa mayoría de mis semejantes: que elegí la mejor parte y me hallé falto de fuerzas para perseverar en ella.
Sí, preferí al doctor maduro y descontento, rodeado de amigos y abrigando honestas esperanzas; y dije un resuelto adiós a la libertad, a la relativa juventud, al paso ligero, a los impulsos impetuosos y a los placeres secretos de los que había gozado bajo el disfraz de Hyde. Hice esta elección tal vez con alguna reserva inconsciente, pues ni renuncié a la casa del Soho, ni destruí las ropas de Edward Hyde, que aún yacían listas en mi gabinete. Durante dos meses, sin embargo, fui fiel a mi resolución; durante dos meses llevé una vida de una severidad que jamás antes había alcanzado, y disfruté de las compensaciones de una conciencia que me aprobaba. Pero el tiempo empezó por fin a borrar la viveza de mi alarma; las alabanzas de la conciencia empezaron a convertirse en algo natural; empecé a verme torturado por punzadas y anhelos, como si Hyde pugnara por su libertad; y al fin, en una hora de flaqueza moral, volví a preparar y apurar la poción transformadora.
No supongo que, cuando un borracho reflexiona a solas sobre su vicio, le conmuevan una de cada quinientas veces los peligros que corre a causa de su embrutecida e insensible condición física; tampoco yo, por más que había sopesado mi situación, había tenido bastante en cuenta la completa insensibilidad moral y la insensata disposición hacia el mal que constituían los rasgos dominantes de Edward Hyde. Y sin embargo, fue por medio de ellos como fui castigado. Mi demonio había permanecido enjaulado largo tiempo y salió rugiendo. Ya al tomar la pócima fui consciente de una propensión al mal más desenfrenada, más furiosa. Debió de ser esto, supongo, lo que despertó en mi alma aquella tempestad de impaciencia con que escuché las cortesías de mi desdichada víctima; declaro, al menos ante Dios, que ningún hombre moralmente cuerdo habría podido ser culpable de semejante crimen ante provocación tan insignificante, y que golpeé sin más juicio que el de un niño enfermo que rompe un juguete. Pero me había despojado voluntariamente de todos aquellos instintos de equilibrio gracias a los cuales incluso el peor de nosotros sigue caminando con cierta firmeza en medio de las tentaciones; y, en mi caso, ser tentado, por levemente que fuese, equivalía a caer.
Al instante, el espíritu del infierno despertó en mí y se enfureció. Con un arrebato de regocijo la emprendí a golpes contra aquel cuerpo que no oponía resistencia, saboreando el deleite de cada impacto; y no fue sino hasta que el cansancio empezó a hacer mella en mí cuando de pronto, en el paroxismo de mi delirio, me atravesó el corazón un frío estremecimiento de terror. Se disipó una niebla; vi que mi vida estaba perdida, y huí del escenario de aquellos excesos, vanagloriándome y temblando a un tiempo, satisfecha y estimulada mi codicia de maldad, tensado al máximo mi amor a la vida. Corrí a la casa de Soho y (para hacer la seguridad doblemente segura) destruí mis papeles; desde allí me puse en marcha por las calles alumbradas por las farolas, presa del mismo éxtasis dividido, solazándome en mi crimen, ideando atolondradamente otros para el porvenir y, sin embargo, apresurándome aún y atento todavía a mis espaldas a los pasos del vengador. Hyde llevaba una canción en los labios mientras preparaba la poción y, al beberla, brindó por el difunto. Apenas habían cesado los dolores de la transformación de desgarrarlo, cuando Henry Jekyll, con lágrimas de gratitud y de remordimiento bañándole el rostro, cayó de rodillas y alzó hacia Dios sus manos entrelazadas. El velo de la autocomplacencia se rasgó de arriba abajo. Vi mi vida en su conjunto: la recorrí desde los días de la infancia, cuando caminaba de la mano de mi padre, y a través de los desvelos abnegados de mi vida profesional, para desembocar una y otra vez, con la misma sensación de irrealidad, en los malditos horrores de aquella noche. Habría podido gritar con todas mis fuerzas; intenté ahogar con lágrimas y plegarias la multitud de horribles imágenes y sonidos con que mi memoria se agolpaba contra mí; y aún así, entre súplica y súplica, el rostro repugnante de mi iniquidad miraba fijamente dentro de mi alma. Cuando la agudeza de aquel remordimiento comenzó a mitigarse, la sucedió una sensación de dicha. El problema de mi conducta estaba resuelto. Hyde era en adelante imposible; quisiera o no, me hallaba ahora confinado a la mejor parte de mi existencia; ¡y oh, cómo me regocijaba al pensarlo!, ¡con qué sumisa humildad abracé de nuevo las restricciones de la vida natural!, ¡con qué sincera renuncia eché la llave a la puerta por la que con tanta frecuencia había entrado y salido, y machaqué la llave bajo mi talón!
Al día siguiente llegó la noticia de que el asesinato no había pasado inadvertido, de que la culpa de Hyde era patente a los ojos del mundo y de que la víctima era un hombre tenido en alta estima pública. No había sido sólo un crimen: había sido una trágica insensatez. Creo que me alegré de saberlo; creo que me alegré de ver mis mejores impulsos apuntalados y protegidos de aquel modo por los terrores del patíbulo. Jekyll era ahora mi ciudad de refugio; bastaba con que Hyde asomara un instante la cabeza para que las manos de todos los hombres se alzaran para prenderlo y darle muerte.
Decidí reparar el pasado con mi conducta futura; y puedo decir con sinceridad que mi resolución dio algún fruto benéfico. Bien sabe usted con qué ahínco, en los últimos meses del año pasado, trabajé para aliviar el sufrimiento; bien sabe usted que se hizo mucho por los demás y que los días transcurrieron de forma tranquila, casi feliz para mí. Tampoco puedo decir con verdad que me cansara de esta vida benéfica e inocente; creo más bien que cada día la disfrutaba con mayor plenitud; pero seguía pesando sobre mí la maldición de mi dualidad de propósitos; y a medida que el filo inicial de mi penitencia fue embotándose, la parte inferior de mi ser, consentida durante tanto tiempo y tan recientemente encadenada, empezó a gruñir pidiendo libertad. No es que soñara con resucitar a Hyde; la sola idea de hacerlo me habría sobresaltado hasta el frenesí: no, fue en mi propia persona donde me vi una vez más tentado a burlar mi conciencia; y fue como un pecador secreto ordinario como caí al fin ante los embates de la tentación.
Todo llega a su fin; la medida más colosal acaba por llenarse; y esta breve condescendencia con mi maldad destruyó por fin el equilibrio de mi alma. Y, sin embargo, no me alarmé; la caída parecía natural, como una vuelta a los viejos tiempos antes de haber hecho mi descubrimiento. Era un día de enero hermoso y despejado, húmedo bajo los pies donde la escarcha se había derretido, pero sin nubes en lo alto; y Regent’s Park estaba lleno de trinos invernales y perfumado de aromas primaverales. Me senté al sol en un banco, con la bestia que llevaba dentro relamiéndose ante los recuerdos; la parte espiritual se hallaba un poco adormecida, prometiendo una penitencia posterior, pero sin resolverse aún a empezarla. A fin de cuentas, reflexioné, yo era como mis semejantes; y entonces sonreí, comparándome con otros hombres, comparando mi activa buena voluntad con la perezosa crueldad de su indiferencia. Y en el instante mismo de aquel pensamiento vanaglorioso, me sobrevino un malestar, una náusea horrible y el estremecimiento más mortal. Cesaron estos síntomas y me dejaron desfallecido; y luego, a medida que el desvanecimiento a su vez remitía, empecé a percatarme de un cambio en el temple de mis pensamientos, una mayor audacia, un desprecio del peligro, una disolución de los lazos del deber. Miré hacia abajo: mis ropas colgaban informes de mis miembros encogidos; la mano que reposaba sobre mi rodilla era nudosa y velluda. Era una vez más Edward Hyde. Un instante antes me hallaba a resguardo gracias al respeto de todos, rico, amado, con la mesa puesta esperándome en el comedor de casa; y ahora era la presa común de la humanidad, perseguido, sin hogar, un asesino conocido, siervo de la horca.
Mi razón vaciló, pero no me falló por completo. He observado más de una vez que en mi segundo personaje mis facultades parecían aguzarse al extremo y mi ánimo se volvía más tensamente elástico; así sucedió que, donde Jekyll tal vez se habría rendido, Hyde estuvo a la altura del momento. Mis drogas se encontraban en uno de los armarios de mi gabinete; ¿cómo iba a llegar hasta ellas? Ése era el problema que (apretándome las sienes con las manos) me dispuse a resolver. La puerta del laboratorio la había cerrado. Si intentaba entrar por la casa, mis propios criados me entregarían a la horca. Vi que debía emplear otra mano y pensé en Lanyon. ¿Cómo comunicarme con él? ¿Cómo persuadirlo? Suponiendo que lograse eludir la captura en las calles, ¿cómo abrirme paso hasta su presencia? ¿Y cómo convencería yo, un visitante desconocido y desagradable, al famoso médico para que saqueara el despacho de su colega, el doctor Jekyll? Entonces recordé que de mi personalidad original aún me quedaba una parte: podía escribir con mi propia letra; y una vez concebida aquella chispa inspiradora, el camino que debía seguir quedó iluminado de un extremo a otro.
Acto seguido, me acomodé las ropas lo mejor que pude y, haciendo señas a un cabriolé que pasaba, me dirigí a un hotel de Portland Street cuyo nombre recordé por casualidad. Ante mi aspecto (que en verdad resultaba bastante cómico, por trágico que fuese el destino que cubrían aquellas prendas), el cochero no pudo ocultar su regocijo. Le rechiné los dientes con una ráfaga de furia diabólica; y la sonrisa se marchitó en su rostro —por fortuna para él, pero más afortunadamente aún para mí—, pues un instante después, sin duda lo habría arrancado de su pescante. Al entrar en la posada, miré a mi alrededor con un semblante tan sombrío que hizo temblar a los criados; ni una mirada se cruzaron en mi presencia, sino que atendieron con obsequiosidad mis órdenes, me condujeron a una estancia privada y me trajeron con qué escribir. Hyde en peligro de muerte era una criatura nueva para mí: sacudido por una ira desmedida, templado al punto del asesinato, ávido de infligir dolor. Sin embargo, la criatura era astuta; dominó su furia con un gran esfuerzo de voluntad; redactó sus dos importantes cartas, una a Lanyon y otra a Poole; y para tener constancia fehaciente de su despacho, las mandó con orden de que fuesen certificadas. A partir de entonces, se pasó el día entero junto al fuego de aquella habitación reservada, mordiéndose las uñas; allí comió, a solas con sus temores, mientras el camarero se acobardaba visiblemente ante sus ojos; y de allí, una vez cerrada la noche, partió agazapado en el rincón de un coche cerrado, y se hizo llevar de un lado a otro por las calles de la ciudad. Digo él —no puedo decir yo—. Aquel hijo del Infierno no tenía nada de humano; nada vivía en él salvo el miedo y el odio. Y cuando al fin, temiendo que el cochero hubiese empezado a sospechar, despidió el carruaje y se aventuró a pie, ataviado con aquellas ropas desmedidas, blanco manifiesto de todas las miradas, en medio de los transeúntes nocturnos, aquellas dos bajas pasiones rugían en su interior como una tempestad. Caminaba deprisa, acosado por sus temores, farfullando para sí, escabulléndose por las vías menos frecuentadas, contando los minutos que aún lo separaban de la medianoche. En cierta ocasión se le dirigió una mujer, ofreciéndole, según creo, una caja de cerillas. Le asestó un golpe en pleno rostro, y ella echó a correr.
Fin del Episodio 14 · de 15
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