El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde·Episodio 01

Historia de la puerta

~12 min · 2381 palabras

El señor Utterson, el abogado, era hombre de rostro adusto que jamás se iluminaba con una sonrisa; frío, parco y torpe en el hablar; reservado en sus afectos; enjuto, alto, polvoriento, sombrío y, sin embargo, de algún modo entrañable. En las reuniones de amigos, y cuando el vino era de su agrado, algo eminentemente humano resplandecía en su mirada; algo, en verdad, que nunca hallaba cauce en sus palabras, pero que hablaba no solo a través de esos símbolos mudos del semblante de sobremesa, sino con mayor frecuencia e intensidad en los actos de su vida. Era austero consigo mismo; bebía ginebra en soledad para mortificar su gusto por los buenos caldos; y aunque disfrutaba del teatro, hacía veinte años que no cruzaba el umbral de ninguno. Pero mostraba una probada indulgencia hacia los demás; maravillándose a veces, casi con envidia, de la vehemencia de ánimos que impulsaba sus fechorías; y en cualquier trance, inclinado más bien a ayudar que a reprochar. —Me inclino por la herejía de Caín —solía decir con singular gracejo—: dejo que mi hermano se vaya al diablo a su manera—. Con tal carácter, le cupo con frecuencia en suerte ser el último conocido respetable y la última buena influencia en la vida de hombres en declive. Y ante tales individuos, mientras frecuentasen su despacho, jamás dejó traslucir la menor sombra de mudanza en su trato.

Sin duda la hazaña resultaba fácil para el señor Utterson, pues era poco demostrativo aun en el mejor de los casos, y hasta su amistad parecía fundarse en una semejante universalidad de buen carácter. Es propio del hombre modesto aceptar su círculo de amistades tal como se lo entrega la casualidad; y tal era la costumbre del abogado. Sus amigos eran los de su propia sangre o aquellos a quienes conocía desde hacía más tiempo; sus afectos, como la hiedra, eran fruto del tiempo y no presuponían mérito alguno en el objeto. De ahí, sin duda, el lazo que lo unía al señor Richard Enfield, pariente lejano suyo y conocido hombre de mundo. Para muchos resultaba un hueso duro de roer qué podían ver el uno en el otro, o qué tema podían hallar en común. Quienes se cruzaban con ellos en sus paseos dominicales referían que no se decían nada, que parecían singularmente aburridos y que acogían con evidente alivio la aparición de un amigo. A pesar de todo, ambos hombres tenían en altísima estima aquellas excursiones, las consideraban la principal joya de cada semana y no solo dejaban a un lado ocasiones de esparcimiento, sino que incluso resistían los apremios del trabajo con tal de disfrutarlas sin interrupción.

Acaeció en una de aquellas caminatas que sus pasos los llevaron por una callejuela de un populoso barrio de Londres. La calle era pequeña y de las que se tienen por tranquilas, pero albergaba un próspero comercio los días de entre semana. A todos sus habitantes les iba bien, al parecer, y todos abrigaban la emuladora esperanza de prosperar aún más, invirtiendo el sobrante de sus ganancias en coqueterías; de modo que los escaparates se alineaban a lo largo de aquella vía con un aire de invitación, como hileras de sonrientes dependientas. Incluso en domingo, cuando velaba sus encantos más floridos y quedaba comparativamente vacía de transeúntes, la calle resplandecía en contraste con su sombrío vecindario, como una fogata en un bosque; y con sus contraventanas recién pintadas, sus bronces bien pulidos y su nota general de limpieza y alegría, cautivaba y complacía al instante la mirada del caminante.

A dos puertas de una esquina, a mano izquierda yendo hacia el este, la hilera quedaba rota por la entrada de un callejón sin salida; y justo en ese punto un siniestro bloque de edificio adelantaba su hastial hacia la calle. Tenía dos plantas de altura; no mostraba ventana alguna, nada salvo una puerta en la planta baja y una frente ciega de pared descolorida en la superior; y ostentaba en cada uno de sus rasgos las marcas de una prolongada y sórdida negligencia. La puerta, desprovista de timbre y de aldaba, estaba desconchada y deslucida. Los vagabundos se recostaban en el hueco y encendían fósforos en los paneles; los niños jugaban a las tiendas sobre los escalones; algún escolar había probado su navaja en las molduras; y durante cerca de una generación, nadie se había presentado para ahuyentar a aquellos visitantes fortuitos ni para reparar sus estragos.

El señor Enfield y el abogado se hallaban al otro lado de la callejuela; pero al llegar a la altura de la entrada, el primero alzó el bastón y señaló.

—¿Se ha fijado alguna vez en esa puerta? —preguntó; y cuando su compañero hubo respondido afirmativamente—: En mi mente está asociada —añadió— a una historia muy extraña.

—¿De veras? —dijo el señor Utterson con un leve cambio en la voz—, ¿y cuál era?

—Pues fue de este modo —respondió el señor Enfield—: volvía a casa desde un lugar en el fin del mundo, hacia las tres de una negra mañana de invierno, y mi camino cruzaba una parte de la ciudad donde literalmente no había nada que ver salvo farolas. Calle tras calle y todo el mundo dormido; calle tras calle, todas iluminadas como para una procesión y todas tan vacías como una iglesia, hasta que al fin caí en ese estado de ánimo en que uno agudiza el oído y empieza a ansiar la presencia de un policía. De pronto vi dos figuras: una, un hombre menudo que renqueaba a buen paso hacia el este; la otra, una niña de unos ocho o diez años que corría con todas sus fuerzas por una bocacalle. Pues bien, señor, los dos chocaron de forma natural en la esquina; y entonces vino lo espantoso del asunto, pues el hombre pisoteó con toda calma el cuerpo de la niña y la dejó chillando en el suelo. Dicho así no parece gran cosa, pero verlo fue infernal. No parecía un hombre; parecía un maldito Juggernaut. Di unos cuantos gritos, eché a correr, agarré a mi caballero por el cuello y lo llevé de vuelta adonde ya se había formado un buen corro en torno a la niña que gritaba. Él estaba completamente frío y no opuso resistencia, pero me lanzó una mirada tan aviesa que me hizo sudar como si aún estuviera corriendo. Las personas que habían salido eran la propia familia de la niña; y muy pronto se presentó el médico, a quien habían ido a buscar. Bueno, la chiquilla no tenía nada grave, más bien estaba asustada, según el matasanos; y uno habría supuesto que allí acabaría todo. Pero hubo una circunstancia curiosa. Yo le había cobrado aversión a mi caballero a primera vista. Lo mismo le ocurría a la familia de la niña, lo cual era natural. Pero el caso del médico fue lo que me chocó. Era el típico boticario adocenado, sin edad ni color definidos, con un marcado acento de Edimburgo y tan emotivo como una gaita. Pues bien, señor, estaba como todos nosotros; cada vez que miraba a mi prisionero, veía a aquel matasanos ponerse pálido y descompuesto por el deseo de matarlo. Yo sabía lo que pasaba por su cabeza, igual que él sabía lo que pasaba por la mía; y como matar estaba fuera de discusión, hicimos lo más parecido. Le dijimos al hombre que podíamos y pensábamos armar tal escándalo con aquello que su nombre apestaría de un extremo a otro de Londres. Si tenía amigos o reputación alguna, nos encargaríamos de que los perdiera. Y todo el tiempo, mientras lo poníamos de vuelta y media, apartábamos a las mujeres como podíamos, pues estaban furiosas como arpías. Jamás vi un círculo de rostros tan llenos de odio; y allí estaba el hombre en medio, con una suerte de calma fría y burlona —asustado también, eso se le notaba—, pero plantando cara, señor, como el mismísimo Satanás. «Si deciden sacar partido de este accidente —dijo—, naturalmente estoy indefenso. Ningún caballero desea un escándalo —dice—. Pongan su cifra». Pues bien, le arrancamos cien libras para la familia de la niña; a él le habría gustado resistirse, saltaba a la vista; pero en todos nosotros había algo que prometía problemas, y al final cedió. Lo siguiente era conseguir el dinero; ¿y adónde creen que nos llevó sino a aquel sitio de la puerta? Sacó una llave con presteza, entró y al poco rato volvió con unas diez libras en oro y un cheque por el resto contra Coutts, extendido al portador y firmado con un nombre que no puedo mencionar, aunque es uno de los puntos clave de mi historia, pero era un nombre al menos muy conocido y a menudo impreso. La suma era respetable, pero la firma valía mucho más que eso, con tal de que fuera auténtica. Me tomé la libertad de señalarle a mi caballero que todo aquel negocio tenía trazas de apócrifo, y que un hombre, en la vida real, no entra por la puerta de un sótano a las cuatro de la madrugada y sale con el cheque de otra persona por casi cien libras. Pero él se mostró de lo más tranquilo y burlón. «Tranquilícense —dice—, me quedaré con ustedes hasta que abran los bancos y cobraré el cheque yo mismo». De modo que nos pusimos en marcha todos juntos, el médico, el padre de la niña, nuestro amigo y yo, y pasamos el resto de la noche en mis aposentos; y al día siguiente, en cuanto desayunamos, fuimos en grupo al banco. Entregué yo mismo el cheque y dije que tenía fundadas razones para creer que era falso. En absoluto. El cheque era auténtico.

—¡Caramba! —exclamó el señor Utterson.

—Ya veo que opina lo mismo que yo —dijo el señor Enfield—. Sí, es una mala historia. Porque aquel tipo era un individuo con quien nadie querría tener trato, un sujeto verdaderamente condenable; y la persona que extendió el cheque es la quintaesencia de la respetabilidad, célebre además y (lo que lo empeora) uno de esos hombres que hacen lo que se llama el bien. Chantaje, supongo; un hombre honrado pagando un ojo de la cara por alguna calaverada de su juventud. La Casa del Chantaje es como llamo a ese lugar de la puerta, por consiguiente. Aunque ni siquiera eso, ya sabe, basta para explicarlo todo —añadió, y con estas palabras cayó en una profunda cavilación.

De ella lo rescató el señor Utterson al preguntar con cierta brusquedad: —¿Y no sabe si el librador del cheque vive allí?

—Un sitio muy probable, ¿verdad? —replicó el señor Enfield—. Pero dio la casualidad de que me fijé en su dirección; vive en tal o cual plaza.

—¿Y nunca preguntó usted sobre el... lugar de la puerta? —dijo el señor Utterson.

—No, señor; tuve mis escrúpulos —fue la respuesta—. Siento un profundo reparo a hacer preguntas; tiene demasiado del estilo del día del juicio final. Uno formula una pregunta, y es como soltar una piedra. Uno está sentado tranquilamente en la cima de una colina; y la piedra echa a rodar, poniendo a otras en movimiento; y al poco rato a algún pobre vejestorio inocente (en el último que se habría pensado) le cae un golpe en la cabeza en su propio jardín trasero y la familia tiene que cambiar de apellido. No, señor; para mí es una regla de oro: cuanto más turbio parece un asunto, menos pregunto.

—Una regla muy sensata, sin duda —dijo el abogado.

—Pero he examinado el lugar por mi cuenta —continuó el señor Enfield—. Apenas parece una casa. No hay otra puerta, y nadie entra ni sale por esa salvo, de Pascuas a Ramos, el caballero de mi aventura. Hay tres ventanas en el primer piso que dan al patio; abajo ninguna; las ventanas siempre están cerradas, pero están limpias. Y además hay una chimenea que por lo común echa humo; de modo que alguien tiene que vivir allí. Y sin embargo no es del todo seguro, pues los edificios están tan apretujados alrededor del patio que cuesta decir dónde termina uno y empieza otro.

Ambos siguieron caminando en silencio un rato más; y luego: —Enfield —dijo el señor Utterson—, esa regla suya es muy buena.

—Sí, creo que lo es —respondió Enfield.

—Pero con todo y con eso —continuó el abogado—, hay un punto sobre el que desearía preguntar. Quisiera preguntarle el nombre de aquel hombre que atropelló a la niña.

—Bueno —dijo el señor Enfield—, no veo qué mal puede hacer. Era un hombre llamado Hyde.

—Mmm —hizo el señor Utterson—. ¿Y qué aspecto tiene?

—No es fácil de describir. Hay algo extraño en su aspecto; algo desagradable, algo francamente detestable. Jamás he visto a un hombre que me disgustara tanto, y sin embargo apenas sé por qué. Debe de tener alguna deformidad; transmite una intensa sensación de deformidad, aunque no sabría precisar en qué punto. Tiene un aspecto extraordinario y, con todo, en verdad no puedo señalar nada fuera de lo común. No, señor; no sé qué decir; no puedo describirlo. Y no es por falta de memoria, pues le aseguro que lo estoy viendo en este mismo instante.

El señor Utterson volvió a caminar un trecho en silencio, a todas luces abrumado por las reflexiones. —¿Está seguro de que utilizó una llave? —inquirió al fin.

—Mi querido señor... —comenzó Enfield, fuera de sí por el asombro.

—Sí, lo sé —dijo Utterson—; sé que debe de parecer extraño. El caso es que, si no le pregunto el nombre de la otra parte, es porque ya lo sé. Verá, Richard, su relato ha dado en el blanco. Si ha sido inexacto en algún punto, más le valdría corregirlo.

—Creo que bien podría haberme avisado —replicó el otro con un dejo de hosquedad—. Pero he sido pedantemente exacto, como suele decirse. El sujeto tenía una llave; y lo que es más, aún la tiene. Lo vi usarla hace menos de una semana.

El señor Utterson suspiró profundamente, pero no dijo una sola palabra; y el joven no tardó en proseguir: —He aquí otra lección para mantener la boca cerrada —dijo—. Me avergüenza tener la lengua tan larga. Hagamos el pacto de no volver a mencionar esto jamás.

—De todo corazón —dijo el abogado—. Le estrecho la mano en prenda, Richard.

Fin del Episodio 1 · de 15

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