Las libretas de cartón paja
~5 min · 907 palabras
Subimos al altillo de la panadería a las nueve de la noche, cuando don Hernando y doña Socorro apagaron las luces de la sala de ventas y se fueron a descansar al piso superior. El altillo olía a canela en astillas, sacos de yute vacíos y papel viejo. Allí, sobre un mesón de carpintero iluminado por una bombilla amarilla de cuarenta vatios, Mateo abrió una de las tres cajas de cartón que había traído desde el otro lado del mundo. No había ropa de diseñador ni recuerdos turísticos de Seúl. Dentro había docenas de libretas escolares de cartón paja, con las hojas cubiertas de pentagramas dibujados a mano con regla y bolígrafo negro, y cientos de párrafos escritos en una mezcla frenética de español, inglés y caracteres coreanos.
El silencio de la noche solo se interrumpía por el crujido de la madera bajo nuestros pasos y el murmullo lejano de los carros que subían por la avenida Las Palmas. Me senté sobre un costal limpio de harina mientras Mateo sacaba cuaderno tras cuaderno con una devoción casi religiosa. Aquellas libretas no eran las que usan los estudiantes de conservatorio: eran cuadernos baratos comprados en tiendas de conveniencia de Mapo-gu, con las esquinas dobladas por la humedad de las sudaderas de ensayo. En sus portadas había dibujos a tinta de montañas antioqueñas, bocetos de guitarras acústicas y fechas tachadas con tinta roja que marcaban audiciones fallidas y cambios arbitrarios de formación de grupo.
«En la empresa nos quitaban los teléfonos a las diez de la noche y nos revisaban las maletas cada domingo», me explicó mientras pasaba las hojas con una delicadeza que contrastaba con sus manos encallecidas. «No podíamos tener diarios personales porque decían que las emociones privadas distraían del rendimiento coreográfico. Así que empecé a camuflar mis pensamientos dentro de ejercicios de teoría musical. Los compases de amalgama eran las veces que extrañaba las montañas de Antioquia; los bemoles indicaban los días en que nos castigaban sin llamadas a casa».
Me senté a su lado en una banqueta de madera y leí una de las anotaciones fechadas en febrero de 2023, durante una tormenta de nieve que paralizó la línea tres del metro de Seúl: «Hoy nos enseñaron a sonreír con los músculos cigomáticos sin arrugar los ojos para que la cámara no capte el cansancio. El instructor dijo que si un fan nota que tienes sueño, el producto pierde su valor de fantasía. Quiero un buñuelo de la panadería de mi papá y el sonido de las chicharras a las doce del día». Sentí una opresión en el pecho y puse mi mano sobre la suya. Su piel estaba fría a pesar del calor que subía del horno de abajo.
«¿Por qué te rompiste la muñeca, Mateo?», le pregunté en un susurro, señalando la cicatriz que brillaba bajo la luz de la bombilla. Él cerró la libreta despacio y miró sus manos apoyadas sobre el mesón. «Fue en el ensayo general del video musical. Querían que cayera de espaldas sobre una colchoneta desde una plataforma de tres metros mientras hacía un giro en el aire. Les dije que el ángulo era peligroso y que me mareaba por la falta de carbohidratos. El coreógrafo jefe me gritó que había cien chicos esperando en la sala de espera para reemplazarme en diez minutos si tenía miedo. Salté. El hueso se partió en dos y el tendón se desgarró contra el borde de la estructura de metal. Al día siguiente me pasaron la carta de rescisión de contrato por incapacidad física no indemnizable».
El polvo del altillo flotaba en el haz de luz de la bombilla como una pequeña galaxia suspendida en el tiempo. Me quedé leyendo aquellas libretas baratas con una mezcla de rabia y admiración. En cada página había una lucha silenciosa por no perder la identidad: pequeños mapas dibujados de memoria con las calles de su barrio, listas de canciones populares colombianas que tarareaba en la ducha para no olvidar el acento paisa y oraciones sencillas que su abuela le había enseñado antes de viajar. «A veces me despertaba a las tres de la mañana con el ruido de los trenes subterráneos y no sabía en qué país estaba», me confesó Mateo, acomodando los cuadernos en una hilera ordenada sobre el mesón. «Me miraba al espejo del baño con el pelo teñido de platino y me costaba reconocerme. Fue en esas noches solitarias cuando empecé a escribir estas partituras. Eran mi único cable a tierra, la prueba viva de que Mateo Sánchez todavía existía debajo de la máscara de aprendiz perfecto que me obligaban a llevar». La lluvia en el tejado de zinc acompañaba sus palabras con un rumor constante y protector, como si la montaña entera estuviera cerrando filas a nuestro alrededor para cuidar su regreso.
Pasamos más de dos horas revisando aquellas anotaciones en el altillo, mientras la noche avanzaba serena sobre los tejados de El Poblado. Cada pentagrama era una lección de resistencia humana: allí donde la disciplina de la empresa intentaba moldearlo como una figura intercambiable, él había respondido componiendo melodías complejas que desafiaban las fórmulas comerciales. Cuando cerró la última libreta, Mateo me miró con una calma nueva y luminosa en los ojos. Sabía que el camino de la recuperación sería largo y que la música volvería a su vida no como un producto de consumo masivo, sino como una ofrenda honesta para quienes de verdad lo conocían desde niño.
Fin del Episodio 3 · de 5
Las libretas de cartón paja
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