El chico que volvió de Seúl·Episodio 01

Harina y lluvia en El Poblado

~4 min · 899 palabras

Reconocí a Mateo Sánchez no por las fotos promocionales que empapelaron las estaciones del metro en 2021, sino por la forma exacta en que se sacudía los nudillos contra el delantal de lona antes de levantar un bulto pesado. En el colegio de Envigado hacíamos fila frente a la cafetería para escucharlo improvisar baladas con una guitarra española de tres cuerdas de nylon y dos de alambre dulce. Aquel muchacho reía a carcajadas cuando las notas desafinaban y nos regalaba pedazos de pandeyuca caliente que sacaba a escondidas del horno de su padre. El Mateo que vi bajar de un taxi blanco a las seis de la mañana frente a la panadería La Espiga Dorada, en cambio, se movía con la rigidez de quien ha aprendido a disculparse con el cuerpo entero antes de dar un paso.

El barrio despertaba con su habitual mezcla de ruidos familiares: el chirrido de los frenos de los buses que bajaban de El Escobero, el ladrido de los perros tras las rejas de las casas bajas y el rumor del agua que bajaba por las canaletas tras la llovizna nocturna. Mi madre y yo habíamos abierto la floristería a las cinco y media para recibir el camión de las flores de corte que sube desde el altiplano de Rionegro. Entre baldes de agua helada, ramas de eucalipto baby-blue y manojos de gerberas de colores encendidos, yo intentaba sacudirme el frío de la madrugada con una taza de café recién colado. Fue entonces cuando el taxi se detuvo junto a la acera de enfrente y la puerta trasera se abrió con lentitud.

Tenía el cabello cortado al ras, teñido de un negro mate que borraba el rubio cenizo de sus videos musicales, y vestía una chaqueta impermeable gris sin marcas ni etiquetas visibles. Cuando cruzó la calle empinada empujando la carretilla de metal, su mirada chocó con la mía a través del ventanal de la floristería de mi madre. Yo sostenía unas tijeras de podar y un manojo de hortensias azules recién llegadas de los cultivos de Rionegro. Durante tres segundos que parecieron durar un siglo entero, ninguno de los dos respiró. Luego él bajó la cabeza, empujó la pesada puerta de madera del local y desapareció entre el olor a levadura fresca y el vaho caliente del horno de leña.

«No le preguntes nada, Camila», me advirtió don Hernando, su padre, cuando crucé a comprar dos cafés con leche y un pan de queso a media mañana. El viejo panadero tenía los ojos cansados y una harina fina adherida a las cejas como escarcha de madrugada. «Llegó antenoche en el vuelo de Seúl vía Los Ángeles. Trajo una sola maleta de mano y tres cajas de cartón llenas de cuadernos que no deja abrir a nadie. Los abogados de la empresa le hicieron firmar diez hojas en inglés antes de entregarle el pasaporte. Si habla de lo que pasó en esos sótanos, nos embargan hasta el rodillo de amasar».

Doña Socorro, su madre, limpiaba el mostrador de vidrio con un trapo húmedo sin atreverse a mirar hacia la cocina interior. En las paredes de la panadería todavía colgaban los recortes de periódico plastificados de 2021: «El prodigio paisa que conquistó Gangnam», titulaba una revista dominical bajo una foto en la que Mateo sonreía con dientes blanqueados y chaqueta de lentejuelas. Ahora aquel titular parecía el epitafio de una persona distinta.

Me senté en el taburete de la barra de fórmica verde, apretando el vaso de cartón entre los dedos. Desde la trastienda llegaba el sonido sordo del amasado manual: un golpe seco contra el mesón de mármol, dos vueltas a la masa de maíz, una pausa de cinco segundos para verificar la consistencia. Era el mismo compás de cuatro cuartos con el que Mateo solía componer sus primeras canciones en el patio trasero del colegio. De pronto la puerta vaivén se abrió y él apareció con una bandeja de latón recién salida del horno, dejando escapar una nube de vapor que olía a mantequilla clarificada y queso costeño. Tenía una cicatriz blanca y delgada que le cruzaba la muñeca derecha desde el pulgar hasta el tendón principal, una marca quirúrgica que jamás apareció en las transmisiones en vivo que siguieron millones de adolescentes en cinco continentes.

Las mañanas en El Poblado solían tener para nosotros la tranquilidad de una vida sin reflectores. Cuando Mateo y yo estudiábamos en el colegio público de Envigado, pasábamos las horas libres sentados en las escalas de la biblioteca comiendo mangos biche con sal y pimienta mientras soñábamos con comprar un amplificador de segunda mano. En aquel entonces nadie sabía qué era un contrato de exclusividad ni imaginaba que un muchacho criado entre sacos de harina de maíz terminaría viviendo en un piso compartido en Seúl con cortinas blackout y cámaras en los pasillos. Recordé la tarde en que llegaron los cazatalentos extranjeros a Medellín: prometían giras mundiales, academias de baile con pisos amortiguados y profesores de canto traídos de Nueva York. Don Hernando firmó los papeles en una notaría del centro sin entender una sola palabra del anexo en inglés, convencido de que le estaba abriendo las puertas de la gloria a su único hijo varón. Ahora, cinco años después, la gloria se había reducido a una cicatriz blanca en la muñeca y a una mirada huidiza que no lograba sostenerse ni frente al espejo del baño.

Fin del Episodio 1 · de 5

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