Á un Ángel · IV
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Sin embargo, de los tres de la nidada, uno ya empezaba á desear sacar el hocico, á soñar con retozos, deportes y correteos por el verde prado, que al pie del árbol se extendía alegre é incitante, esmaltado de varias flores y bullente de insectos, mariposas y reptiles. «Me gustaría por los gustares bajar ahí», pensaba el joven ratón, sin atreverse á decirlo en voz alta, de puro miedo á su madre. Un día que se le escapó alguna señal de su deseo, la madre exclamó trémula de espanto: «Ni en broma lo digas, criatura. Si no quieres que me disguste mucho, no vuelvas á hablar de salir al prado.»
¿Creeréis que la prohibición le quitó al ratoncillo las ganas? ¡Bah! Ya sabéis que las prohibiciones son espuela del antojo.—No atreviéndose á bajar aún el antojadizo, se pasaba las horas muertas mirando al prado deleitable. ¡Qué bueno sería trotar por entre aquella hierba suave y perfumada! ¡Qué simpático remojarse en el limpio arroyuelo que bañaba de aljófar las raíces de sauces y mimbreras! ¡Qué divertido dar caza á los viboreznos y lagartijas que se deslizaban estremeciendo el follaje y haciendo relumbrar al sol los tonos metálicos de su elegante cuerpo! ¿Por qué, vamos á ver, por qué prohibía tan inocentes recreos la madre ratona?
Un día que la mamá había salido, según costumbre, en busca de sustento para su prole, el hijo se asomó al agujero, echando más de la mitad del tronco fuera. De pronto sintió como un choque eléctrico y vió cruzar por el prado un ser encantador. Era ni más ni menos que una gatita blanca como la nieve, que fijaba en el ratoncillo sus anchas pupilas de esmeralda.
Quedóse el ratón fascinado, absorto. Nunca había visto cosa más linda que la tal gata blanca. ¡Qué gracia y gentileza en sus movimientos, qué soltura en su flexible andar, qué monería en su cara picaresca, y qué virginal candor en su ropaje de armiño! ¡Y qué decir de aquellos ojos verdes con reflejos áureos, aquellos ojos cuyo mirar derretía, incendiaba el corazón!
A no estar tan próxima la hora en que solía regresar á la guarida la madre, el ratón se hubiese arrojado sin vacilar de su nido para acercarse á la preciosa gata. Le contuvieron el temor y el hábito de obedecer, que siempre reprimen un tanto, al principio, los ímpetus rebeldes; pero lo que no acertó á sujetar fué su lengua, y loco de entusiasmo, refirió á la mamá cómo le tenía fuera de sí la aparición de la gata celeste.
—Qué, ¿has visto á ese monstruo? —exclamó la madre.
—¡Monstruo una criatura tan encantadora! —suspiró el ratoncillo.
—Monstruo horrible, el más funesto, el más sanguinario, el más atroz que, por tu negra suerte, pudiste encontrar. Huye de él, hijo mío, como del fuego: mira que en huir te va la vida; mira que tu padre pereció en las garras de esa maldita fiera, y que todas mis lágrimas son obra suya.
—Madre —repuso atónito el ratoncillo— apenas puedo creer lo que me aseguras. El agua que corre limpia y clara entre las flores del prado no tiene los matices de aquellos cándidos ojos ya verdes, ya azulados, siempre dulces, donde siempre juega misteriosamente la luz. Los pétalos de las azucenas y de los lirios del valle ceden en blancura á su nevada piel, que debe de ser más suave que el terciopelo y más flexible que la seda. ¿Cómo quieres que vea un monstruo sanguinario y horrible en la gata? ¡Ay, madre! desde que la contemplé, sólo en ella pienso. Cuanto no es ella, me parece indigno de existir. Antes me gustaban el prado y el cielo y los árboles. Ahora todo me cansa y todo lo desprecio. Madre, cúrame de este mal, porque me siento tan triste, que creo que se me va á acabar la vida.
Ya supondréis que la pobre ratona haría cuanto cabe para distraer y aliviar á su retoño. A fin de cambiar sus pensamientos en otros más lícitos, llevóle al agujero de unas ratas algo parientas suyas, jóvenes, ricas y honradas, que vivían royendo el trigo de repleto granero; pero el ratón se aburría de muerte entre los montones de grano, en la obscuridad de la troj, y echaba de menos el prado, que iluminaba, antes que el sol, la presencia de la gata blanca. Porque ya varias veces la había visto pasar juguetona y ligera, fijando sus radiantes pupilas en las inaccesibles alturas del árbol, y siempre que la gata aparecía, el ratón sentía ensanchársele la vida y escapársele el alma—sí, el alma, porque el amor hasta en las bestias la infunde—detrás de aquella maga de los verdes ojos.
No hubiese querido la ratona en tan críticas circunstancias separarse un minuto de su hijo, pero era forzoso salir á cazar, á procurar subsistencia para la familia, y llegó una mañana en que habiendo madrugado la ratona á dejar el nido antes de que amaneciese, el joven ratón, pensativo y melancólico, se asomó al agujero para ver nacer el día. Recta faja dorada franjeó el horizonte; poco á poco la bruma se rasgó y fué absorbiéndose en la clara pureza del cielo, por donde el sol ascendía como una rosa de oro pálido; los pajaritos saludaron su gloriosa luz con un himno de alegría alborozado y triunfal, y sobre la hierba, aljofarada aún de rocío, como sobre una red de diamantes, mostróse pasando con aristocrática delicadeza y remilgada precaución, la hermosa gata blanca.
Exhaló el ratón un chillido de júbilo; la gata le miraba, parecía llamarle, invitarle á que descendiese.—¿Quieres jugar conmigo?—preguntóla él, sin reflexionar, sin acordarse para nada de las maternales advertencias.—Baja—pareció contestar con sus ojos misteriosos la gatita. Y el ratón bajó aprisa, disparado, ebrio de felicidad, y el juego dió principio, con muchos saltos y carreras. Fingía huir la gata; escondíase entre sauces y mimbres, y cuando el ratón se cansaba de perseguirla, ella se dejaba caer sobre la muelle alfombra del prado, y escondiendo las uñas recibía con las patitas de terciopelo al ratón, y ya le despedía, en broma, ya le estrechaba, retozando, en deleitosa mezcla é indescifrable confusión de tratamientos ásperos y dulces.
Nunca sabía el ratón, en aquel juego de veleidades, si iba á ser acogido con demostración tierna y mimosa ó con fiero y desdeñoso zarpazo; y en los amados ojos de la esfinge tan pronto veía piélagos de voluptuosidad y relámpagos de risa, como destellos de ferocidad y chispazos sombríos y crueles. Más de una vez creyó notar que las patitas blandas y muertas se crispaban de súbito, y que bajo lo afelpado de la piel surgían uñas de acero. Y ¡cosa rara! no bien pensaba advertir síntomas tan alarmantes, el ratón cerraba los párpados y volvía gozoso y tembloroso á solazarse con la gata blanca.
Duraba aún el juego, cuando por la tarde regresó la ratona y vió de lejos la escena y á su hijo mano á mano con el monstruo. Llorando y desesperada gritóle desde lejos:—Hijo mío, que te pierdes.—El ratón, por supuesto, no la hizo maldito caso. ¡Sí, para oir consejos estaba él! Subido al quinto cielo, nunca el juego le había encantado más. La gata, por el contrario, empezaba á fatigarse y á sospechar que había perdido bastante tiempo con un ratoncillo de mala muerte; y al notar que iba á ponerse el sol, que se hacía tarde—sin modificar apenas su actitud, siempre graciosa y juguetona, como el que no hace nada—torció la cabeza, aseguró con la boca al ratoncillo, hincó los agudos dientes... y le lanzó al aire palpitante y moribundo, para recibirle en las uñas, tendidas con violencia feroz...
A punto que una nube de sangre cubría ya los ojos del desdichado, y el delirio de la agonía ofuscaba sus sentidos, todavía pudo oirse cómo murmuraba débilmente:—¿Quieres jugar conmigo, gatita blanca?
Por eso su madre hizo mal en llorar amargamente al incauto ratón. ¡El espiró tan satisfecho, tan á gusto!
Así y todo...
La sanción penal para la mujer—dijo en voz incisiva Carmona, aficionado á referir casos de esos que dan escalofríos—es no encontrar hombre dispuesto á ofrecerla mano de esposo. Una imperceptible sombra, un pecadillo de coquetería ó de ligereza, cualquier genialidad, la más leve impremeditación, bastan para empañar el buen nombre de una doncella, que podrá ser honestísima, pero que, cargada con el sambenito, ya se queda soltera hasta la consumación de los siglos, sin remedio humano. Sucediendo así, ¿cómo se explica que infinitas mujeres notoriamente infames, y con razón difamadas, si cien veces enviudan, otras ciento hallan quien las lleve al altar? Para probarles este curioso fenómeno, les contaré un suceso presenciado allá en mis mocedades, que me produjo impresión tan indeleble, que jamás en toda mi vida me ocurrió la idea de casarme. Sí; por culpa de aquella historia moriré solero,—y no me pesa, bien lo sabe Dios.
El lance pasó en M**, donde estaba de guarnición uno de los regimientos más lucidos del ejército español, que por su arrojo y decisión en atacar había merecido el glorioso sobrenombre de El Adelantado*. Era yo entrañable amigo del teniente Ramiro Quesada, mozo de arrogante figura y ardorosa cabeza, uno de esos atolondrados simpáticos, á quienes queremos como se quiere á los niños. No salía Ramiro sin mí; juntos íbamos al teatro, á los saraos, á las juergas—que ya existían entonces aunque las llamásemos de otro modo;—juntos dábamos largos paseos á caballo, y juntos hacíamos corvetear á nuestras monturas ante las floridas rejas. Nos confiábamos nuestros amoríos, nuestros apurillos de dinero, nuestras ganancias al juego, nuestros sueños y nuestras esperanzas de los veinticinco años. No éramos él ni yo precisamente unos anacoretas, pero tampoco unos perdidos: muchachos alegres, y nada más.
De repente noté que Ramiro se volvía huraño, y retrayéndose de mi trato y compañía se daba á andar solo, como si tuviese algo que le importase encubrir. Vano intento, porque en M*** no caben tapujos. Poco tardamos en averiguar la razón del cambio de carácter del teniente. La clave del enigma no era sino la esposa del capitán Ortiz, una de esas hembras que no calificaré de muy hermosas, pero peores que si lo fuesen: morena, menuda, salerosa al andar, descolorida, de ojos que parecían candelas del infierno y una cintura redonda de las que se pueden rodear con una liga. Ortiz, al parecer (y con motivo, pero sin fruto), era extremadamente celoso, y Ramiro, para avistarse con su tormento, necesitaba emplear ardides de prisionero ó de salvaje. El día en que se le frustraba una cita ó se le malograba furtivo coloquio en la reja que abría sobre una callejuela obscura y solitaria, estaba el pobre muchacho como demente: ni contestaba si le hablábamos. Aunque yo no alardease de moralista, ni tuviese autoridad para aconsejar, y menos en tales materias, declaro que las relaciones ilícitas de mi amigo me desazonaban mucho, y un presentimiento—le llamo así, porque no sé cómo definir el disgusto y la inquietud que sentía—me anunciaba que algo grave, algo penoso debían acarrearle á Ramiro aquellos malos pasos. Con todo, lejos estaba—á mil leguas de suponer la tragedia que aconteció.
Cierta mañana esparcióse por M*** la nueva de que el capitán Ortiz había sido encontrado muerto, con un balazo en el pecho y otro en la cabeza, casi á las puertas de su domicilio, cerca de la esquina donde se abría la callejuela lóbrega. En los primeros momentos no me asaltó la terrible sospecha: creía á Ramiro noble y leal, y sólo cuando el rumor público le señaló, comprendí que únicamente él, poseído del demonio, podía haber realizado la obra de tinieblas...
A las pocas horas de descubrirse el cadáver, Ramiro fué preso. Reunióse el Consejo de guerra, y la causa marchó con la fulminante rapidez que caracteriza á la justicia militar, estimulada por la voluntad expresa del Capitán General, que deseaba se cumpliesen á rajatabla las prescripciones legales y se enterrasen á la vez la víctima y el asesino. Al pronto Ramiro intentó negar; pero dos ó tres frases de indignación del Fiscal provocaron en él un arranque de altiva franqueza, y confesó de plano que á traición había disparado dos pistoletazos, la noche anterior, al capitán Ortiz. En cuanto á los móviles del crimen, juró y perjuró que no eran otros sino ofensas de jefe á subalterno, rencores por cuestiones de servicio. Llamada á declarar la esposa de Ortiz, compareció de negro, impávida, y aseguró que apenas conocía al asesino de vista. Este, sin pestañear, confirmó la declaración de la señora; y hallándose el reo convicto y confeso, y no habiendo tiempo ni necesidad de más averiguaciones, se pronunció la sentencia de muerte, y Ramiro entró en capilla á las tres de la tarde, para ser arcabuceado al rayar el siguiente día, á las veinticuatro horas justas del crimen.
No necesito decir que en la capilla me constituí al lado de mi amigo, que demostraba estoica entereza. Sabiendo cuánto alivia una confidencia, un desahogo, le dirigí preguntas afectuosas, llenas de interés; pero el reo se encerró en un silencio sombrío, y noté que tenía los ojos tenazmente fijos en la puerta de la capilla como en espera de que diese paso á alguien... ¡Lo que esperaba el sin ventura—no necesité para adivinarlo gran perspicacia—era la llegada de la mujer por quien iba á beber el amargo trago! Sin duda que ella no podía faltar; no podía negarle el supremo consuelo de la despedida; sin duda, el sordo ruido de pasos que resonaba en la antecámara era el de los suyos, que hacían vacilantes el miedo y el dolor... Pero corrió la tarde, empezaron á transcurrir lentas y solemnes las horas de la última noche, y la esperanza abandonó al sentenciado. El sacerdote que le exhortaba y había de absolverle y darle la sagrada comunión antes que el sol asomase en el horizonte, se retiró un momento á descansar, y solo yo con Ramiro, comprendí que por fin se abrían sus lívidos labios.
—Hace un momento sentía que ella no viniese —murmuró cogiéndome las manos entre las suyas abrasadoras—. Ahora me alegro. Ya que me cuesta la vida, que no me cueste también el alma. ¿Que cómo hice la atrocidad, el cobarde asesinato de Ortiz? Mira, casi no lo sé. Me parece que quien cometió esa acción villana no fué Ramiro Quesada, sino otra persona, un hombre distinto de mí, que se me entró en el cuerpo. ¿Te acuerdas de lo alegre, de lo franco que era yo? Desde que me acerqué á... esa mujer... me volví otro. Estaba embrujado... Su marido, á quien ofendíamos, me parecía mi enemigo personal, el obstáculo á nuestra felicidad; le odiaba... creo que más de lo que la amaba á ella. Así que ella lo notó... ¡guárdame siempre el secreto! ¡no lo digas ni á tu madre! empezó á insinuarme, con medias palabras, la posibilidad del crimen. No hablábamos claro de ese asunto, pero nos entendíamos perfectamente; formábamos planes de retirarnos al campo después, y hasta —mira qué detalle— ella se compró un traje negro nuevo, diciendo que eso siempre sirve. Como un tornillo se fijó en mi cerebro el propósito del crimen. Y así que ella me vió resuelto, se franqueó, me exaltó más, me ofreció que compartiría mi destino, fuese el que fuese...
Aquí se detuvo Ramiro, y vi que se alteraba más profundamente su rostro. Con voz húmeda murmuró:
—Yo no quería tanto... ¡Compartir mi destino! Ya ves que ante el Consejo he logrado salvarla... Prefiero morir solo... Pero verla aquí, un momento... antes de... Al fin, si fuí asesino, lo fuí por ella, sólo por ella... ¡Maldita sea mi suerte! Si no conozco á esa mujer, soy siempre honrado y tal vez me matan defendiendo á la Patria. ¡El sino del hombre!
Fin del Episodio 9 · de 25
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