Á un Ángel · V
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—¿Y le fusilaron? —preguntamos ansiosos.
—¡Pues no! Según deseaba el General, á un tiempo se cavó la hoya del marido y la del amante. Yo, después del horrible día, me marché de M*, donde me consumía el tedio. Al volver, pasados cinco años, tuve curiosidad de saber qué había sido de la esposa del capitán Ortiz... y aquí de lo que decíamos: supe que vivía tranquila, casada en segundas nupcias con un acaudalado caballero. Sin embargo, en M* era pública la causa del triste fin de Ramiro...
Acabó así su relato Carmona, y vimos que inclinaba la cabeza, abrumado por memorias crueles.
La cabellera de Laura
Madre é hija vivían, si vivir se llama aquello, en húmedo zaquizamí, al cual se bajaba por los raídos peldaños de una escalera abierta en la tierra misma: la claridad entraba á duras penas, macilenta y recelosa, al través de un ventanillo enrejado; y la única habitación les servía de cocina, dormitorio y cámara.
Encerrada allí pasaba Laura los días, trabajando afanosamente en sus randas y picos de encaje, sin salir nunca ni ver la luz del sol, cuidando á su madre achacosa, y consolándola siempre que renegaba de la adversa fortuna. ¡Hallarse reducidas á tal extremidad dos damas de rancio abolengo, antaño poseedoras de haciendas, dehesas y joyas á porrillo! ¡Acostarse á la luz de un candil ellas, á quienes habían alumbrado pajes con velas de cera en candelabros de plata! No lo podía sufrir la hoy menesterosa señora, y cuando su hija, con el acento tranquilo de la resignación, la aconsejaba someterse á la divina voluntad, sus labios exhalaban murmullos de impaciencia y coléricas maldiciones.
Como siempre los males pueden crecer, llegó un invierno de los más rigurosos, y faltó á Laura el trabajo con que ganaba el sustento. A la decente pobreza sustituyó la negra miseria; á la escasez, el hambre de cóncavas mejillas y dientes amarillos y largos.
Entonces, con acerba ironía, la madre se mofó de Laura, que pensaba, la muy ñoña y la muy necia, asegurar el pan por medio de la labor y las constantes vigilias. ¡Valiente pan comería así que se quedase ciega! Saldría con un perrito á pedir limosna... ¡Ah, si no fuese tan boba y tan mala hija—teniendo aquel talle, aquel rostro y aquella mata de pelo como oro cendrado, que llegaba hasta los pies—no dejaría que su madre se desmayase por falta de alimento! Al oir estas insinuaciones, Laura se estremeció de vergüenza y quiso responder enojada; pero recordando que su madre estaba en ayunas desde hacía muchas horas, se cubrió el rostro con las manos y rompió á sollozar. De pronto, como quien adopta una resolución súbita y firme, púsose en pie, se envolvió en un ancho capuchón de lana obscura, y salió á la calle, que raras veces pisaba, convencida de que el retiro es la salvaguardia del recato. Sin titubear fué en dirección de un tenducho que había entrevisto y donde creía poder feriar el solo tesoro de que estaba secretamente envanecida y orgullosa. Era dueña del baratillo la astuta vieja Brasilda,—gran componedora de voluntades con ribetes de hechicera,—y, muy encubierto el rostro, entró Laura en la equívoca mansión.
Como Brasilda preguntase maliciosamente qué traía á vender la tapada y gallarda moza, Laura, sin dejar de esconder el semblante en los pliegues del capuz, se volvió de espaldas y mostró tendida la espléndida cabellera rubia, brillante y suave más que la seda, y que, con magnífico alarde, rebosando de la orla de la saya, barría el suelo. «Esto vendo en diez escudos—exclamó—y córtese ahora mismo.» Convenía la proposición á la vieja, porque la mata de pelo daba para muchas pelucas y postizos, y asiendo unas tijeras segó y tonsuró la copiosa melena. Al observar que la moza seguía encubriendo el rostro, y creyendo advertir que lloraba muy bajo, silbó á su oído: «Si eres doncella y tan hermosa como promete tu cabello, aquí te esperan, no diez escudos, sino cien ó doscientos, cuando te venga en voluntad.»
Recogió Laura el dinero y alejóse sin responder palabra; en la puerta se cruzó con un caballero, de buen talle y porte, que no reparó en ella: Laura sí le miró á hurtadillas y sin querer le encontró galán. El caballero que penetraba en la mansión de la bruja era don Luis de Meneses, el mozo más rico, libre y desenfrenado de toda la ciudad, el cual no visitaba á humo de pajas á la madre Brasilda, sino que acudía allí como el cazador á que se le señalen do está la caza, y que se la ojeen y acorralen para asegurarla y matarla á gusto.
Después de un rato de conversación, don Luis divisó la soberana cabellera rubia, que sobre un paño blanco había extendido la vieja, y en la cual los destellos del velón, siempre encendido en las obscuridades del tenducho, rielaban como en lago de oro. «¿De qué mujer es ese pelo?»—preguntó sorprendido el galán.—«A fe que no lo sé, hijo»—contestó la vieja.—«Una moza acaba de estar aquí, muy airosa de cuerpo, pero tapadísima de cara, que no logré vérsela; vendióme esa mata, cobró y con extraño misterio se fué un minuto antes que entrases...»
—«¿Por qué no la seguiste, buena pieza?»—«Porque sin duda ella está más pobre que las arañas, y volverá á ganar los cien escudos que la ofrecí...»—«¡Bruja condenada! Ese pelo es mío, y la mujer también, si parece.» Y don Luis aflojó la bolsa, cogió delicadamente el paño y el tesoro que contenía, y ocultándolo bajo el capotillo, se volvió á su casa.
Desde aquel día realizóse en don Luis un cambio sorprendente. Renunciando á sus galanteos y aventuras, olvidando el juego, las burlas y los desafíos, pareció otro hombre. Se le veía, eso sí, en la calle, en el paseo, en la iglesia; sus ojos ávidos registraban y escudriñaban sin cesar, buscando algo que le importaba mucho; pero al anochecer se recogía, y en vida honesta y arreglada no tenían que reprenderle los devotos viejos, de grave apostura y rosario gordo. No faltó quien dijese que el mozo, tocado de la gracia, andaba en meterse capuchino; y es que ni sabían, ni podían sospechar que don Luis estaba enamorado, ciegamente enamorado, de la cabellera rubia.
Habiéndola colocado respetuosamente sobre un cojín de tisú de plata, se pasaba ante ella las horas muertas, ya besándola en ideal éxtasis de devoción, como á venerada reliquia, ya estrujándola con frenesí de amante que quisiera despedazar y morder lo mismo que adora. Exaltada la imaginación de don Luis por la vista de aquella cascada de oro, de aquella crin en que Febo parecía haber dejado presos sus rayos juguetones, y de la cual se desprendía un aroma vivo, un olor de juventud y de pureza, fantaseaba el tronco á que tal follaje correspondía y adivinaba la mata larguísima, caudalosa, perfumada, cayendo en crenchas y vedijas sobre unas espaldas de nieve, sobre unas formas virginales de rosa y nácar, ó rodeando, como nimbo de santa imagen, un rostro de angelical expresión en que se abrían las flores azules de los luminosos ojos. Había ideas y recelos que enloquecían al soñador amante. ¿Quién sabe si la infeliz hermosa, después de vender su cabello por conservar la honestidad, había tenido que perder la honestidad por conservar la vida?
Con la fatiga de tal pensamiento, don Luis aborrecía el comer, se consumía de rabia y se abrasaba en extraños celos. Hecho un azotacalles, no cesaba de inquirir, pretendiendo ver al través de todos los postigos y calar todas las rejas y celosías. ¡Trabajo perdido! Ninguna cabeza juvenil cubierta de sortijas doradas y cortas de aquel matiz único, incomparable, se ofrecía á sus ojos. Don Luis adelgazaba, se desmejoraba, estaba á pique de desvariar, cada vez que la vieja hechicera Brasilda, aturdida y desconsolada, repetía alzando las manos secas:
—Bruja será también la del cabello de oro, y habráse untado y volado por la chimenea... No parece, hijo, no parece por más que me descuajo buscándola...
Perdido ya de amores don Luis, como hombre á quien le han dado extraño bebedizo, llegó al caso de temer morirse de pasión y furia celosa, y apretando al corazón la cabellera, cuyas roscas le acariciaban las manos febriles, hizo un voto.—«Que encuentre á tu dueña, y sea rica ó pobre, buena ó mala, noble ó de plebeya estirpe, con ella me casaré. Pongo por testigo á este Crucifijo que me escucha.»—Después del voto, lleno de esperanza y de ilusión salió don Luis á la calle, y al obscurecer, como fuese muy embozado, le paró cerca de su puerta una pobre, envuelta y cubierta con un viejísimo capuz de lana.
—Señor caballero —decía en voz lastimera y humilde—, ¿necesitan por casa de su merced una labrandera buena y diligente? No hay donde trabajar, y mi madre no tiene qué comer.
—Esa es mi casa —respondió distraidamente don Luis, que pensaba en sus fantásticos amores—; ven mañana, que tendrás harta labor... Toma á cuenta —y dejó en la mano tendida un escudo.
Al otro día, Laura, sentada en el hueco de una reja de la casa de don Luis, con una canastilla de ropa blanca delante, cosía en silencio, sin tomar parte en la charla de las dueñas; sufría al dejar su morada, su enferma, su retiro; la fatiga encendía sus mejillas antes pálidas. Entraban por la reja los dardos del sol, y se prendían en los anillos, cortos y sedosos como plumón de pajarito nuevo, de la cabeza descubierta, que no velaba el capuz. Y, casualmente, pasó don Luis tan absorto, que ni miró á la joven labrandera. Pero ella, reconociendo en don Luis al caballero galán de quien no había cesado de acordarse,—el que vió cuando salía de vender su cabellera en casa de la bruja,—exhaló un grito involuntario... Al oirlo, volvióse don Luis, y cruzando las manos, creyó que alguna aparición del cielo le visitaba, pues reconoció el matiz único de la melena rubia en la ensortijada testa que bañaba el sol... Y dirigiéndose á las dueñas y á las mozas de servicio con imperio y ufanía, dijo solemnemente:
—No labréis más; hoy es día de fiesta; saludad á vuestra señora...
Delincuente honrado
De todos los reos de muerte que he asistido en sus últimos instantes—nos dijo el Padre Téllez, que aquel día estaba animado y verboso—el que me infundió mayor lástima fué un zapatero de viejo, asesino de su hija única. El crimen era horrible. El tal zapatero, después de haber tenido á la pobre muchacha rigurosamente encerrada entre cuatro paredes; después de reprenderla por asomarse á la ventana; después de maltratarla, pegándola por leves descuidos, acabó llegándose una noche á su cama, y clavándola en la garganta el cuchillo de cortar suela. La pobrecilla parece que no tuvo tiempo ni de dar un grito, porque el golpe segó la carótida. Esos cuchillos son un arma atroz, y al padre no le tembló la mano; de modo que la muchacha pasó, sin transición, del sueño á la eternidad.
La indignación de las comadres del barrio y de cuantos vieron el cadáver de una criatura preciosa de diez y siete años, tan alevosamente sacrificada, pesó sobre el Jurado; y como el asesino no se defendía y parecía medio estúpido, le condenaron á la última pena. Cuando tuve que ejercer con él mi sagrado ministerio, á la verdad, temí encontrar, detrás de un rostro de fiera, un corazón de corcho, ó unos sentimientos monstruosos y salvajes. Lo que ví fué un anciano de blanquísimos cabellos, cara demacrada y ojos enrojecidos, merced al continuo fluir de las lágrimas, que poco á poco se deslizaban por las mejillas consumidas, y á veces paraban en los labios temblones, donde el criminal, sin querer, las bebía y saboreaba su amargor.
Lejos de hallarle rebelde á la divina palabra, apenas entré en su celda se abrazó á mis rodillas y me pidió que le escuchase en confesión, rogándome también que, después de cumplir el fallo de la justicia, hiciese públicas sus revelaciones en los periódicos, para que rehabilitasen su memoria y quedase su decoro como correspondía. No juzgué procedente acceder en este particular á sus deseos: pero hoy los invoco, y me autorizan para contarles á ustedes la historia. Procuraré recordar el mismo lenguaje de que él se sirvió, y no omitiré las repeticiones, que prueban el trastorno de su mísera cabeza:
»—Padre confesor—empezó por decir,—ante todo sepa usted que yo soy un hombre decente, todo un caballero. Esa niña... que maté... nació... al año de haberme casado. Era bonita, y su madre también... ¡ya lo creo! preciosa, que daba gloria el mirarla! Yo tenía ya algunos añitos... y ella, una moza de rumbo, más fresca que las mismas rosas. Digo la madre, señor; digo su madre, porque por la madre tenemos que principiar. Los hijos, así como heredan los dineros del que los tiene... heredan otras cosas... Usted, que sabrá mucho, me entenderá. Yo no sé nada, pero... á caballero no me ha ganado nadie!
La madre... yo me miraba en sus ojos, porque la quería de alma, según corresponde á un marido bueno. Le hacía regalos; trabajaba día y noche para que tuviese su ropa maja y su mantón y sus aretes, y sobre todo... ¡porque eso es antes! á diario su puchero sano, y cuando parió, su cuartillo de vino y su gallina... No me remuerde la conciencia de haberla escatimado un real. Ella era alegre y cantaba como una calandria, y á mí se me quitaban las penas de oirla. Lo malo fué que como la celebraron la voz y las coplas, y empezaron á remolinarse para escucharla, y el uno que llega y el otro que se pega, y éste que encaja una pulla, y aquél que suelta un requiebro... en fin, ví que se ponía aquello muy mal, y la dije lo que venía al caso. ¿Sabe usted lo que me contestó? Que no lo podía remediar, que la gustaba el gentío y oir cómo la jaleaban, que cada cual es según su natural y que no le rompiese la cabeza con sermones... De allí á un mes—no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria—desapareció de casa, sin dar siquiera un beso á la niña... que tenía sus cinco añitos y era como un sol.»
—Aquí —intercaló el Padre Téllez— tuvo una crisis de sollozos, y por poco me enternezco yo también, á pesar de que la costumbre de asistir á los reos endurece y curte. Le consolé cuanto era posible, le di á beber un trago de anís, y el desdichado prosiguió.
«Supe luego que andaba por los coros de los teatros, y sabe Dios cómo... y lo que más me barajaba los sesos—¡porque la honra trabaja mucho!—era que me decían los amigos, al pasar delante de mi obrador:—No tienes vergüenza... Yo que tú, la mato.—De tanto oirlo, se me pegó el estribillo, y mientras batía suela, ¡tan, tan, catán! repetía en alto:—No tengo vergüenza... ¡Había que matarla!—Sólo que ni la encontré en jamás, ni tuve ánimos para echarme en su busca. Y así que pasaron tres años, nadie me venía con que la matase, porque ella rodaba por Andalucía, hasta que se la llevaron á América... ¡qué sé yo adonde! ¡Si vive y lee los diarios y ve como murió su hija...!» El reo tuvo un ataque de risa convulsiva, y le sosegué otra vez á fuerza de exhortaciones y consejos.
«Así que se me quitó de la imaginación la madre, empecé á cuidar de la niña. No tenía otra cosa para qué mirar en el mundo. Me propuse que no había de perderse, ni arrimarme otro tiznón, y no la dejé salir ni al portal. Aunque me dijese, es un verbigracia:—«Padre, tengo ganas de correr» ó—«Padre, me pide el cuerpo ir á la plazuela»—nada, yo sujetándola, que se divirtiese con su canario, ó con los pliegos de aleluyas, ó con la maceta de albahaca, ¡pero sin sacar un dedo fuera! Y así que fué espigando, y me hice cargo de que era muy bonita, tan bonita como su madre, y parecida á ella como una gota á otra gota... y con una voz de ángel también, se me abrieron los ojos de á cuarta, y dije:—No, lo que es tú... no has de echarme el borrón.—Y me convertí en espía, y la velé hasta el sueño, y no contento con guardarla dentro de casa, me paseaba por la callejuela debajo de su ventana, á ver si andaba por allí algún zángano; tanto que la castañera de la esquina me dijo así:—Abuelo, está usted chiflado. ¿A quién se le ocurre rondar á su propia hija? ¡Qué viejos mas escamones!—Pero no lo podía remediar. Toda cuanta candidez y buena fe había tenido con la madre, ahora se me volvía desconfianza; se me había clavado aquí, entre las cejas, que mi hija se perdería, que era infalible que se perdiese, sobre todo si daba en cantar; y me eché de rodillas delante de ella, y la obligué á que me jurase que no cantaría nunca, así se hundiese el mundo. Y me lo juró: sólo que, como ya no era yo aquel de antes, de allí á pocas mañanas, acechando desde la esquina, la veo que abre la ventana, que se pone á regar las macetas, y que al mismo tiempo, á competencia con el canario, rompe á cantar... Me dió la sangre una vuelta redonda y se me quedaron las manos frías. Volví á casa, entré en el cuarto de la muchacha, la cogí por el pelo y debí de pegarla bastante, porque gritó y estuvo más de una semana con una venda. ¿Creerá usted, Padre, que se enmendó? A los quince días vuelvo á rondar y vuelve á asomarse, y otra vez el canticio, y enfrente un grupo de mozalbetes que se para y la dice muchos olés... Callé; no entré á castigarla; y por la tarde, mientras batía mi suela, me parecía que una voz rara, como de algún chulo que se reía de mí, me decía lo mismo que doce años antes:—No tienes vergüenza... Había que matarla.—Cené muy triste, y después de que me acosté, la misma voz, erre que erre: Matarla, matarla...—Entonces me levanté despacio, cogí la herramienta, fuí en puntillas, me acerqué á la cama, y de un solo golpe... Ahora hagan de mí lo que quieran, que ya tengo mi honra desempeñada.»
Fin del Episodio 10 · de 25
Á un Ángel · V
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