Prefacio · V
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La creí sincera, pero cuanto más demostraba ansia de evitarme, más crecía en mí la voluntad de detenerla, de que me escuchase, de que me mirase otra vez, de que me amase sobre todo. La vehemencia de aquel súbito antojo era tal, que si no fuese porque pasaba gente, creo que me dejo caer de rodillas á los pies del dominó. Hasta me sentí elocuente é inspirado, y noté que las frases acudían á mis labios incendiarias y dominadoras, con el acento y la expresión que presta un sentimiento real, aunque sólo dure minutos.
—Si querías huir de mí —dije á la máscara estrechándola de cerca— ¿por qué me miraste con esos ojos que me inflamaron el corazón? ¿Por qué me clavaste la saeta, dí, si habías de negarte á curar mi herida? ¿No estás viendo cómo has removido, con esa mirada sola, todo mi ser? ¿No oyes mi voz alterada por la emoción, no observas el trastorno de mis sentidos, no me ves hecho un loco? ¿No conoces que tengo fiebre? ¿No sabes que yo te presentía, que adivinaba tu aparición, que vine á este baile en la seguridad de que tu presencia lo llenaría de luz y de encanto? ¿Y crees que voy á dejarte escapar así, que lo consentiré, que no te seguiré hasta el infierno? Si no podrás irte. En tu mirada se delató el amor, y sigue delatándose en tu actitud, en tu agitación, máscara mía.
Era verdad. La máscara, como fascinada, se reclinaba en la pared. Su cuerpo se estremecía, su seno se alzaba y bajaba precipitadamente, y al través de los reducidos agujeros del antifaz, ví temblar sobre el negro terciopelo de sus pupilas dos ardientes lágrimas. Con voz que apenas se oía, y en la cual también se quebraban los sollozos, murmuró lentamente, cual si desease grabar sus palabras para siempre en mi memoria:
—Es cierto: sólo por acercarme á ti, por gozar de tu vista, he adoptado este disfraz, he cometido la locura de venir al baile. Y mira qué extraño caso: queriéndote así, lloro... á causa de que me dices palabras de amor. Por oirlas con la cara descubierta daría mi sangre. Pero tú, que acabas de jurar que me adoras, ahora que me ves envuelta en este trapo verde, tú... huirías de mí si me presentase sin careta. Me has perseguido, me has dado caza, sólo porque no veías mi rostro. Y ni soy vieja ni fea... ¡No es eso! ¡Mírame y comprenderás! ¡Mírame y después... ya no tendrás que volver á mirarme nunca!
Y alzándose el antifaz, el dominó verde me enseñó la cara de mi abandonada, de mi rechazada, de mi desdeñada María... Aprovechando mi estupor, corrió, saltó al coche que la aguardaba, y al quererme precipitar detrás de ella, oí el estrépito de las ruedas sobre el empedrado.
Desde tan triste episodio carnavalesco sé que lo único que nos trastorna es un trapo verde—la Esperanza, la máscara eterna, la encubierta que siempre huye, la que todo lo promete...—la que bajo su risueño disfraz oculta el descolorido rostro del viejo Desengaño.
La aventura del ángel
Por falta menos grave que la de Luzbel, que no alcanzó proporciones de caída, un ángel fué condenado á pena de destierro en el mundo. Tenía que cumplirla por espacio de un año, lo cual supone una inmensa suma de perdida felicidad: un año de beatitud es un infinito de goces y bienes, que no pueden vislumbrar ni remotamente nuestros sentidos groseros y nuestra mezquina imaginación. Sin embargo, el ángel, sumiso y pesaroso de su yerro, no chistó: bajó los ojos, abrió las alas, y con vuelo pausado y seguro descendió á nuestro planeta.
Lo primero que sintió al poner en él los pies, fue dolorosa impresión de soledad y aislamiento. A nadie conocía, y nadie le conocía á él tampoco bajo la forma humana que se había visto precisado á adoptar. Y se le hacía pesado é intolerable, pues los ángeles ni son hoscos ni huraños, sino sociables en grado sumo, como que rara vez andan solos, y se juntan y acompañan y amigan para cantar himnos de gloria á Dios, para agruparse al pie de su trono, y hasta para recorrer las amenidades del Paraíso: además, están organizados en milicias y los une la estrecha solidaridad de los hermanos de armas.
Aburrido de ver pasar caras desconocidas y gente indiferente, el ángel, la tarde del primer día de su castigo, salió de una gran ciudad, se sentó á la orilla del camino, sobre una piedra miliaria, y alzó los ojos hacia el firmamento que le ocultaba su patria, y que estaba á la sazón teñido de un verde luminoso, ligeramente franjeado de naranja á la parte del Poniente. El desterrado gimió, pensando cómo podría volver á la deleitosa morada de sus hermanos: pero sabía que una orden divina no se revoca fácilmente, y entre la melancolía del crepúsculo apoyó en las manos la cabeza, y lloró hermosas lágrimas de contrición, pues aparte del dolor del castigo, pesábale de haber ofendido á Dios por ser quien es, y por lo mucho que le amaba. Ya he cuidado de advertir, que, á pesar de su desliz, este ángel era un ángel bastante bueno.
Apenas se calmó su aflicción, ocurrióle mirar hacia el suelo, y vió que donde habían caído las gotas de su llanto, nacían y crecían y abrían sus cálices con increíble celeridad muchas flores blancas, de las que llaman margaritas, pero que tenían los pétalos de finas perlas y el corazoncito de oro. El ángel se inclinó, recogió una por una las maravillosas flores, y las guardó cuidadosamente en un pliegue de su manto. Al bajarse para la recolección, distinguió en el suelo un objeto blanco,—un pedazo de papel, un trozo de periódico.—Lo tomó también y empezó á leerlo, porque el ángel de mi cuento no era ningún ignorante á quien le estorbase lo negro sobre lo blanco; y con gozo profundo, vió que ocupaban una columna del periódico ciertos desiguales renglones, bajo este epígrafe:
Fin del Episodio 5 · de 25
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