Prefacio · IV
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Lecciones le salían á docenas, no sólo porque era en realidad un excelente profesor, sino porque tranquilizaba á los padres su ridícula facha y su corcova. ¿Qué señorita, ni la más impresionable, iba á correr peligro con aquel macaco, cuyo talle era un jarrón, cuyas manos desproporcionadas parecían, al vagar sobre las teclas, arañas pálidas á medio despachurrar? Y se lo espetó en su misma cara, sin reparo alguno—al llamarle para enseñar á su hija canto y piano,—la madre de la linda María Vega. Sólo á un sujeto «así como él», le permitiría acercarse á niña tan candorosa y tan sentimental. ¡Mientras mayor inocencia en las criaturas, más prudencia y precaución en las madres!
Con todo, no era prudente, y menos aún delicada y caritativa la franqueza de la señora. Nadie debe ser la gota de agua que hace desbordar el vaso de amargura, y por muy convencido que esté de su miseria el miserable, recia cosa es arrojársela al rostro. Pensó sin duda la inconsiderada señora que Trifón, habiéndose mirado al espejo, sabría de sobra que era un monstruo; y ciertamente, Trifón se había mirado y conocía su triste catadura; y así y todo le hirió, como hiere el insulto cobarde, la frase que le excluía del número de los hombres; y aquella noche misma, revolviéndose en su frío lecho, mordiendo de rabia las sábanas, decidió entre sí: «Esta pagará por todas: ésta será mi desquite. ¡La necia de la madre, que sólo ha mirado mi cuerpo, no sabe que con el espíritu se puede seducir á las mujeres que tienen espíritu también!»
Al día siguiente empezaron las lecciones de María, que era en efecto una niña celestial, fina y lánguida como una rosa blanca, de esas que para marchitarlas basta un soplo de aire. Acostumbrado Trifón á que sus discípulas sofocasen la carcajada cuando le veían por primera vez, notó que María, al contrario, le miraba con lástima infinita, y la piedad de la niña, en vez de conmoverle, ahincó su resolución implacable. Bien fácil le fué observar que la nueva discípula poseía un alma delicada, una exquisita sensibilidad, y la música producía en ella impresión profunda, humedeciéndose sus azules ojos en las páginas melancólicas, mientras las melodías apasionadas apresuraban su aliento. La soledad y retiro en que vivía hasta que se vistiese de largo y recogiese en abultado moño su hermosa mata de pelo de un rubio de miel, la hacían más propensa á exaltarse y á soñar. Por experiencia conocía Trifón esta manera de ser, y cuanto predispone á la credulidad y á las aspiraciones novelescas. Cautamente, á modo de criminal reflexivo que prepara el atentado, observaba los hábitos de María, las horas á que bajaba al jardín, los sitios donde prefería sentarse, los tiestos que cuidaba ella sola; y prolongando la lección sin extrañeza ni recelo de los padres, eligiendo la música mas perturbadora, cultivaba el ensueño enfermizo á que María iba á entregarse.
Dos ó tres meses hacía que la niña estudiaba música, cuando una mañana, al pie de cierta maceta que regaba todos los días, encontró un billetito doblado. Sorprendida, abrió y leyó. Más que declaración amorosa, era un suave preludio de ella: no tenía firma, y el autor anunciaba que no quería ser conocido, ni pedía respuesta alguna: se contentaba con expresar sus sentimientos, muy apacibles y de una pureza ideal. María, pensativa, rompió el billete; pero al otro día, al regar la maceta, su corazón quería salirse del pecho y temblaba su mano, salpicando de menudas gotas de agua su traje. Corrida una semana, nuevo billete,—tierno, dulce, poético, devoto;—pasada otra más, dos pliegos rendidos, pero ya insinuantes y abrasadores. La niña no se apartaba del jardín, y á cada ruido del viento en las hojas pensaba ver aparecerse al desconocido, bizarro, galán, diciendo de perlas lo que de oro escribía. Mas el autor de los billetes no se mostraba, y los billetes continuaban, elocuentes, incendiarios, colocados allí por invisible mano, solicitando respuestas y esperanzas. Después de no pocas vacilaciones, y con harta vergüenza, acabó la niña por trazar unos renglones, que depositó en la maceta, besándola;—eran la ingenua confesión de su amor virginal.—Varió entonces el tono de las cartas: de respetuosas se hicieron arrogantes y triunfales; parecían un himno; pero el incógnito no quería presentarse; temía perder lo conquistado; ¿á qué ver la envoltura física de un alma? ¿qué le importaba á María el barro en que se agitaba un corazón? Y María, entregado ya completamente el albedrío á su enamorado misterioso, ansiaba contemplarle, comerle con los ojos, segura de que sería un dechado de perfecciones, el sér más bello de cuantos pisan la tierra. Ni cabía menos en quien de tan expresiva manera y con tal calor se explicaba, que María, sólo con releer los billetes, se sentía morir de turbación y gozo. Por fin, después de muchas y muy regaladas ternezas que se cruzaron entre el invisible y la reclusa, María recibió una epístola, que decía en substancia: «Quiero que vengas á mí»; y después de una noche de desvelo, zozobra, llanto y remordimiento, la niña ponía en la maceta la contestación terrible: «Iré cuando y como quieras.»
¡Oh! ¡Qué temblor de alegría maldita asaltó á Trifón, el monstruo, el ridículo Fenómeno, al punto en que, dentro del carruaje sin faroles donde la esperaba, recibió á María con los brazos! La completa obscuridad de la noche—escogida, de boca de lobo—no permitía á la pobre enamorada ni entrever siquiera las facciones del seductor... Pero, balbuciente, desfallecida, con explosión de cariño sublime, entre aquellas tinieblas, María pronunció bajo, al oído del ser deforme y contrahecho, las palabras que éste no había escuchado nunca, las rotas frases divinas que arranca á la mujer de lo más secreto de su pecho la vencedora pasión... y una gota de humedad deliciosa, refrigerante como el manantial que surte bajo las palmeras y refresca la arena del Sahara, mojó la mejilla demacrada del corcovado... El efecto de aquellas palabras, de aquella sagrada lágrima infantil, fué que Trifón, sacando la cabeza por la ventanilla, dió en voz ronca una orden, y el coche retrocedió, y pocos minutos después María, atónita, volvía á entrar en su domicilio por la misma puerta del jardín que había favorecido la fuga.
Gran sorpresa la de los padres de María cuando se enteraron de que Trifón no quería dar más lecciones en aquella casa; pero mayor la incredulidad de los contados amigos que Trifón posee, cuando le oyen decir alguna vez, torvo, suspirando y agachando la cabeza:
—También á mí me ha querido, ¡y mucho! ¡y desinteresadamente!, una mujer preciosa...
El dominó verde
Increíble me pareció que me dejase en paz aquella mujer, que ya no intentase verme, que no me escribiese carta sobre carta, que no apelase á todos los medios imaginables para acercarse á mí. Al romper la cadena de su agobiador cariño, respiré cual si me hubiese quitado de encima un odio jurado y mortal.
Quien no haya estudiado las complicaciones de nuestro espíritu, tendrá por inverosímil que tanto deseemos desatar lazos que nadie nos obligó á atar, y hasta deplorará que mientras las fieras y los animales brutos agradecen á su modo el apego que se les demuestra, el hombre, más duro é insensible, se irrite porque le halagan, y aborrezca á veces á la mujer que le brinda amor. Mas no es culpa nuestra si de este barro nos amasaron, si el sentimiento que no compartimos nos molesta y acaso nos repugna, si las señales de la pasión que no halla eco en nosotros nos incitan á la mofa y al desprecio, y si nos gozamos en pisotear un corazón, por lo mismo que sabemos que ha de palpitar y verter sangre bajo nuestros crueles pies.
Lo cierto es que yo, cuando ví que por fin guardaba silencio María, cuando transcurrió un mes sin recibir recados ni epístolas delirantes y húmedas de lágrimas, me sentí tan bien, tan alegre, que me lancé al mundo con el ímpetu de un colegial en vacaciones, con ese deseo é instinto de renovación íntima que parece que da nuevo y grato sabor á la existencia. Acudí á los paseos, frecuenté los teatros, admití convites, concurrí á saraos y tertulias, y hasta busqué diversiones de vuelo bajo, á manera de hambriento que no distingue de comidas. En suma, me desaté, movido por un instinto miserable, de humorística venganza, que se tradujo en el deseo de regalar á cualquier mujer, á la primera que tropezase casualmente, los momentos de fugaz embriaguez que negaba á María—á María triste y pálida, á María medio loca por mi abandono, á María enferma, desesperada, herida en lo más íntimo por mi implacable desdén.
Es la casualidad tan antojadiza en esto de proporcionar aventuras, que si á veces presenta ocasiones en ramillete, otras no brinda una por un ojo de la cara. En muchos días de disipación y bureo, de rodar por distintas esferas sociales pidiendo guerra, no encontré nada que me tentase; y ya mi capricho se exaltaba, cuando el domingo de Carnestolendas, aburrido y por matar el tiempo, entré en el insípido baile de máscaras del Teatro Real.
Transcurrida más de una hora, sentí que empezaba á hastiarme, y reflexionaba sobre la conveniencia de tomar la puerta y refugiarme entre sábanas cortando las hojas de un libro nuevo de favorito autor, á tiempo que cruzó entre el remolino del abigarrado tropel una máscara envuelta en amplio dominó de rica seda verde. Era la máscara de fino porte y trazas señoriles, cosa ya de suyo extraña en aquel baile, y noté que con singular insistencia clavaba en mí los ojos como si desease acercarse y no se atreviese, á pesar de las franquicias del antifaz. La chispa de las pupilas ardientes de la máscara determinó en mí un repentino interés, una especie de emoción de la cual me reí por dentro, pero que me impulsó á hendir la multitud y aproximarme á la encubierta. Al ir consiguiéndolo, me convencí más y más de que la del verde dominó era dama, y dama muy principal, y que sólo la curiosidad ó algún empeño más hondo, debía de haberla arrastrado á un baile de tan mal género. «Grande será el interés que la trajo aquí—pensé—y muy visible su posición en la sociedad, para que se venga así, sin la compañía de una amiga, sin el brazo protector de un hombre. A toda costa quiere que se ignore el lance; que nadie la pueda delatar.» Y al advertir que seguía mirándome, que sus ojos me buscaban enmedio del gentío, ocurrióseme que aquel interés decisivo podía ser yo.
Con tal suposición dió un vuelco mi sangre, y jugando los codos y las rodillas lo mejor que supe, pugné por alcanzar á la gentil encapuchada. La multitud, desgraciadamente, se arremolinaba compacta y densa, formando viva muralla que me era imposible romper. De lejos veía asomar la cabeza del dominó y flotar los lazos complicados de la capucha, que disimulaba la forma, sin duda hechicera, de la testa juvenil; pero insensiblemente deslizábase hasta perderse, y el miedo de que se escabullese me espoleaba. Iba yo ganando terreno, mas la enmascarada me llevaba gran ventaja sin duda, y empecé á recelar que huía de mí, y que después de derramar en mi alma el veneno de sus fogosos ojos, ahora me evitaba, se escurría, se volvía duende para evaporarse como una visión... Este temor que sentí fué ardoroso incentivo del deseo de reunirme á la máscara. Con sobrehumano esfuerzo rompí la valla que me oprimía, y aprovechando un resquicio, me hallé poco distante del dominó verde. Sólo que este, á su vez, apretó el paso y desapareció por una de las puertas del salón.
Una persecución en toda regla emprendí entonces: persecución franca, ardorosa, caza más bien. Anhelante, acongojado, como si realmente la mujer que trataba de evadirse fuese algo que me importase mucho, recorrí velozmente los pasadizos, las escaleras, las galerías, el foyer, buscando donde quiera á la incitante máscara. Sin duda ella había adivinado con sagacidad mi violento antojo, pues parecía complacerse en desesperarme, y si teniéndome lejos se dejaba envolver por algún grupo de hombres ó se paraba en actitud negligente, apenas comprendía que me acercaba, levantaba el vuelo con ligereza de sílfide y me desorientaba por medio de impensada maniobra. De improviso alegraba un palco el fresco color verde del dominó; yo me precipitaba, y cuando llegaba jadeante á la puerta del palco, la desconocida no estaba ya en él, sino en otro de más arriba, para subir al cual había que invertir cinco minutos, tiempo suficiente á que la máscara se enhebrase por un pasillo, saliendo enfrente de mí á buena distancia. Desalado, loco, con la imaginación caldeada y secas las fauces por el afán, me apresuraba, bajaba, subía, ponía en tensión todas las fuerzas de mi cuerpo y de mi espíritu sin dar alcance á la misteriosa hermosura que (ya era evidente) se complacía en burlarme.
La astucia me sirvió mejor que la agilidad en este caso. Comprendiendo que tan aristocrático dominó no querría permanecer en el baile pasadas las primeras horas de la noche, y evitaría el momento de las cenas y de las cabezas calientes; seguro de que sólo había venido allí para marearme, y logrado este objeto desaparecería, adiviné que toda su estrategia era batirse en retirada hacia la puerta, y cortándole la salida la atrapaba de fijo. También supuse que saldría por el punto más solitario, por la puerta menos alumbrada, por la calle donde es más fácil saltar furtivamente dentro de un coche que espera y huir sin dejar rastro. Mis cálculos resultaron exactísimos. Me situé en acecho con tal fortuna, que al cuarto de hora de espera ví asomar á la encapuchada del verde dominó, la cual, mirando á uno y otro lado, como recelosa, exploraba el terreno. Me arrojé á cerrarla el paso, y á mis primeras palabras suplicantes y rendidas contestó con el chillón falsete habitual en las máscaras, rogándome, por Dios, que la dejase, que no me opusiese á su marcha y que no insistiese en acosarla así.
Fin del Episodio 4 · de 25
Prefacio · IV
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