El Ideal · II
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Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista escultor:—¿Qué tendrá mi mujercita? No comía casi. Aquellos buenos libros desflorados por su espátula de marfil, estaban en el pequeño estante negro, con sus hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las blandas manos de rosa, y del tibio regazo perfumado. El señor Recaredo la veía triste. ¿Qué tendrá mi mujercita? En la mesa no quería comer. Estaba seria: ¡qué seria! La miraba a veces con el rabo del ojo, y el marido veía aquellas pupilas obscuras, húmedas, como si quisieran llorar. Y ella al responder, hablaba como los niños a quienes se ha negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita? ¡Nada! Aquel «nada» lo decía ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba había lágrimas.
¡Oh, señor Recaredo! lo que tiene vuestra mujercita es que sois un hombre abominable. ¿No habéis notado que desde que esa buena de la emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se ha entristecido, y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette despierta a Chopin, y lentamente, hace brotar la melodía enferma y melancólica del negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene el mal de los celos, ahogador y quemante, como una serpiente encendida que aprieta el alma. ¡Celos! Quizá él lo comprendía, porque una tarde dijo a la muchachita de su corazón estas palabras, frente a frente, a través del humo de una taza de café:—Eres demasiado injusta. ¿Acaso no te amo con toda mi alma; acaso no sabes leer en mis ojos lo que hay dentro de mi corazón?
Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían huído las buenas y radiantes horas, y los besos que chasqueaban también eran idos, como pájaros en fuga. Ya no la quería. Y a ella, a la que él veía su religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había dejado por la otra.
¡La otra! Recaredo dió un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia Eulogia, a quien en un tiempo había dirigido madrigales?
Ella movió la cabeza:—No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos cabellos negros, blanca como un alabastro y cuyo busto había hecho? ¿O por aquella Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un seno de buena nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita Andrea, que al reir sacaba la punta de la lengua, roja y felina, entre sus dientes brillantes y amarfilados?
No, no era ninguna de esas. Recaredo se quedó con gran asombro.—Mira, chiquilla, dime la verdad. ¿Quién es ella? Sabes cuánto te adoro, mi Elsa, mi Julieta, amor mío...
Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y trémulas, que Suzette, con los ojos enrojecidos, secos ya de lágrimas, se levantó irguiendo su linda cabeza heráldica.
—¿Me amas?
—¡Bien lo sabes!
—Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto que me adoras, ¿querrás permitir que la aparte para siempre de tu camino, que quede yo sola, confiada en tu pasión?
—Sea —dijo Recaredo—. Y viendo irse a su avecita celosa y terca, prosiguió sorbiendo el café, tan negro como la tinta.
No había tomado tres sorbos, cuando oyó un gran ruido de fracaso en el recinto de su taller.
Fué: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de negro y oro, y entre minúsculos mandarines caídos y descolgados abanicos, se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo los pequeños zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello suelto, aguardando los besos, decía entre carcajadas argentinas al maridito asustado:—Estoy vengada. ¡Ha muerto ya para ti la emperatriz de la China!
Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en su jaula, se moría de risa.
A UNA ESTRELLA
(ROMANZA EN PROSA)
¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!
¡Yo soy el enamorado estático que soñando mi sueño de amor, estoy de rodillas, con los ojos fijos en tu inefable claridad, estrella mía, que estás tan lejos! ¡Oh, cómo ardo en celos, cómo tiembla mi alma cuando pienso que tú, cándida hija de la Aurora, puedes fijar tus miradas en el hermoso Príncipe Sol que viene de Oriente, gallardo y bello en su carro de oro, celeste flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la espalda el carcaj brillante lleno de flechas de fuego! Pero no, tú me has sonreído bajo tu palio, y tu sonrisa era dulce como la esperanza. ¡Cuántas veces mi espíritu quiso volar hacia ti y quedó desalentado! ¡Está tan lejano tu alcázar! He cantado en mis sonetos y en mis madrigales tu místico florecimiento, tus cabellos de luz, tu alba vestidura. Te he visto como una pálida Beatriz del firmamento, lírica y amorosa en tu sublime resplandor. ¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!
Recuerdo aquella negra noche ¡oh genio Desaliento! en que visitaste mi cuarto de trabajo para darme tortura, para dejarme casi desolado el pobre jardín de mi ilusión, donde me segaste tantos frescos ideales en flor. Tu voz me sonó a hierro y te escuché temblando, porque tu palabra era cortante y fría y caía como un hacha. Me hablaste del camino de la Gloria, donde hay que andar descalzo sobre cambroneras y abrojos; y desnudo, bajo una eterna granizada; y a obscuras, cerca de hondos abismos, llenos de sombra como la muerte. Me hablaste del vergel Amor, donde es casi imposible cortar una rosa sin morir, porque es rara la flor en que no anida un áspid. Y me dijiste de la terrible y muda esfinge de bronce que está a la entrada de la tumba. Y yo estaba espantado, porque la gloria me había atraído, con su hermosa palma en la mano, y el Amor me llenaba con su embriaguez, y la vida era para mí encantadora y alegre como la ven las flores y los pájaros. Y ya presa de mi desesperanza, esclavo tuyo, obscuro genio Desaliento, huí de mi triste lugar de labor—donde entre una corte de bardos antiguos y de poetas modernos, resplandecía el dios Hugo, en la edición de Hetzel—y busqué el aire libre bajo el cielo de la noche. Entonces fué, adorable y blanca princesa, cuando tuviste compasión de aquel pobre poeta, y le miraste con tu mirada inefable y le sonreiste, y de tu sonrisa emergía el divino verso de la esperanza! ¡Estrella mía que estás tan lejos, quién besara tus labios luminosos!
Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oir, quería ser tu amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo, mi etérea y rubia soñadora. Y así desde la tierra donde caminamos sobre el limo, enviarte mi ofrenda de armonía a tu región en que deslumbra la apoteosis y reina sin cesar el prodigio.
Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los poetas, perla en el Océano infinito, flor de lis del oriflama inmenso del gran Dios.
Te he visto una noche aparecer en el horizonte sobre el mar, y el gigantesco viejo, ebrio de sal, te saludó con las salvas de sus olas sonantes y roncas. Tú caminabas con un manto tenue y dorado; tus reflejos alegraban las vastas aguas palpitantes.
Otra vez era en una selva obscura, donde poblaban el aire los grillos monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y rudos violines. A través de un ramaje te contemplé en tu deleitable serenidad, y vi sobre los árboles negros, trémulos hilos de luz como si hubiesen caído de la altura, hebras de tu cabellera. Princesa del divino imperio azul, ¡quién besara tus labios luminosos!
Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la primavera, en que el viento lleva vibraciones de liras eólicas, y el eco de los tímpanos de plata que suenan los silfos. Desde tu región derrama las perlas armónicas y cristalinas de su buche, que caen y se juntan a la universal y grandiosa sinfonía que llena la despierta tierra.
¡Y en esa hora pienso en ti, porque es la hora de supremas citas en el profundo cielo y de ocultos y ardorosos oarystis en los tibios parajes del bosque donde florece el citiso que alegra la égogla! ¡Estrella mía, que estás tan lejos, quién besara tus labios luminosos!
PRIMAVERAL
Mes de rosas. Van mis rimas en ronda, a la vasta selva, a recoger miel y aromas en las flores entreabiertas. Amada, ven. El gran bosque es nuestro templo; allí ondea y flota un santo perfume de amor. El pájaro vuela de un árbol a otro y saluda tu frente rosada y bella como a un alba; y las encinas robustas, altas, soberbias, cuando tú pasas agitan sus hojas verdes y trémulas, y enarcan sus ramas como para que pase una reina. ¡Oh, amada mía! Es el dulce tiempo de la primavera.
Mira: en tus ojos los míos: da al viento la cabellera, y que bañe el sol ese aro de luz salvaje y espléndida. Dame que aprieten mis manos las tuyas de rosa y seda, y ríe, y muestren tus labios su púrpura húmeda y fresca. Yo voy a decirte rimas, tú vas a escuchar risueña; si acaso algún ruiseñor viniese a posarse cerca y a contar alguna historia de ninfa, rosas o estrellas, tú no oirás notas ni trinos, sino enamorada y regia, escucharás mis canciones fija en mis labios que tiemblan. ¡Oh, amada mía! Es el dulce tiempo de la primavera.
Allá hay una clara fuente que brota de una caverna, donde se bañan desnudas las blancas ninfas que juegan. Ríen al son de la espuma, hienden la linfa serena; entre polvo cristalino esponjan sus cabelleras; y saben himnos de amores en hermosa lengua griega, que en glorioso tiempo antiguo Pan inventó en las florestas. Amada, pondré en mis rimas la palabra más soberbia de las frases de los versos de los himnos de esa lengua; y te diré esa palabra empapada en miel hiblea... ¡oh, amada mía! en el dulce tiempo de la primavera.
Van en sus grupos vibrantes revolando las abejas como un áureo torbellino que la blanca luz alegra; y sobre el agua sonora pasan radiantes, ligeras, con sus alas cristalinas las irisadas libélulas. Oye: canta la cigarra porque ama al sol, que en la selva su polvo de oro tamiza, entre las hojas espesas. Su aliento nos da en un soplo fecundo la madre tierra, con el alma de los cálices y el aroma de las yerbas.
¿Ves aquel nido? Hay un ave. Son dos: el macho y la hembra. Ella tiene el buche blanco, él tiene las plumas negras. En la garganta el gorjeo, las alas blancas y trémulas; y los picos que se chocan como labios que se besan. El nido es cántico. El ave incuba el trino, ¡oh, poetas! de la lira universal el ave pulsa una cuerda. Bendito el calor sagrado que hizo reventar las yemas, ¡oh, amada mía, en el dulce tiempo de la primavera!
Mi dulce musa Delicia me trajo un ánfora griega cincelada en alabastro, de vino de Naxos llena; y una hermosa copa de oro, la base henchida de perlas, para que bebiese el vino que es propicio a los poetas. En la ánfora está Diana, real, orgullosa y esbelta, con su desnudez divina y en su actitud cinegética. Y en la copa luminosa está Venus Citerea tendida cerca de Adonis que sus caricias desdeña. No quiero el vino de Naxos ni el ánfora de ansas bellas, ni la copa donde Cipria al gallardo Adonis ruega. Quiero beber del amor sólo en tu boca bermeja, ¡oh, amada mía, en el dulce tiempo de la primavera!
ESTIVAL
Fin del Episodio 17 · de 21
El Ideal · II
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