En la madriguera del conejo
~7 min · 1336 palabras
Alicia empezaba a cansarse mucho de estar sentada junto a su hermana en la orilla y de no tener nada que hacer. Una o dos veces se había asomado al libro que leía su hermana, pero no tenía ni dibujos ni conversaciones; —¿y de qué sirve un libro —pensó Alicia— sin dibujos ni conversaciones?
Así que estaba considerando en su fuero interno (en la medida en que podía, pues el calor del día la hacía sentir muy soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas merecería la pena de levantarse y recogerlas, cuando de pronto un Conejo Blanco de ojos rosados pasó corriendo muy cerca de ella.
No había nada de muy extraordinario en ello, ni tampoco le pareció a Alicia nada del otro mundo oír que el Conejo se decía para sí: —¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Voy a llegar demasiado tarde!—; pero cuando el Conejo sacó efectivamente un reloj del bolsillo del chaleco, lo miró y luego echó a correr a toda prisa, Alicia se puso en pie de un salto, pues cruzó por su mente la certeza de que jamás había visto un conejo con chaleco, y mucho menos con un reloj que sacarse de él; y, ardiendo de curiosidad, corrió tras él por el prado y llegó justo a tiempo de verlo desaparecer por una espaciosa madriguera, bajo el seto. ¡Un instante después, allá iba Alicia tras él!

La madriguera avanzaba en línea recta como un túnel durante un trecho y luego se hundía bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo ni un instante para pensar en detenerse antes de verse cayendo por lo que parecía ser un pozo muy profundo.
O bien el pozo era muy profundo, o bien ella caía muy despacio, pues mientras bajaba tuvo tiempo de sobra para mirar a su alrededor. Primero intentó distinguir qué se avecinaba, pero estaba demasiado oscuro para ver nada; luego miró las paredes del pozo y advirtió que estaban llenas de alacenas y estantes para libros; aquí y allá vio mapas y cuadros colgados de clavijas. Al pasar, cogió un tarro de uno de los estantes. Llevaba una etiqueta que decía «MERMELADA DE NARANJA», pero, para su gran desilusión, estaba vacío; no quiso dejarlo caer, de modo que se las ingenió para colocarlo en una de las alacenas mientras seguía cayendo.
¡Abajo, abajo, abajo! ¿Acaso no iba a acabar nunca aquella caída? No había otra cosa que hacer, de modo que Alicia pronto empezó a hablar consigo misma: —¡Cuánto me va a echar de menos Dina esta noche, me parece a mí! (Dina era la gata). ¡Espero que se acuerden de su platito de leche a la hora del té! ¡Dina, cariño, cómo me gustaría que estuvieras aquí abajo conmigo!— Alicia sentía que empezaba a adormilarse cuando, de pronto, ¡cataplum, cataplum!, cayó sobre un montón de ramas y hojas secas, y la caída llegó a su fin.
Alicia no se hizo ni una pizca de daño y se levantó de un salto al instante. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro sobre su cabeza; ante ella se abría otro largo pasadizo y el Conejo Blanco aún estaba a la vista, apresurándose a lo largo de él. No había un solo segundo que perder. Alicia salió disparada como el viento y llegó justo a tiempo de oírle decir, al doblar una esquina: —¡Ay, orejas y bigotes míos, qué tarde se está haciendo!— Iba pisándole los talones cuando dobló la esquina, pero el Conejo ya no estaba a la vista.
Se encontró en una sala larga y baja, iluminada por una hilera de lámparas que colgaban del techo. Había puertas alrededor de toda la sala, pero estaban todas cerradas con llave; y cuando Alicia hubo recorrido un lado de arriba abajo y el otro de abajo arriba probando todas las puertas, caminó apesadumbrada por el centro, preguntándose cómo se las arreglaría para volver a salir de allí jamás.
De pronto dio con una mesita hecha toda de cristal macizo. Sobre ella no había más que una diminuta llave de oro, y la primera idea de Alicia fue que tal vez perteneciera a una de las puertas de la sala; pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes o la llave era demasiado pequeña, pero, en cualquier caso, no abría ninguna de ellas. No obstante, al dar una segunda vuelta, descubrió una cortinilla baja en la que no se había fijado antes, y detrás de ella había una puertecita de unas quince pulgadas de alto. Probó la llavecita de oro en la cerradura y, ¡para su gran alegría, encajaba!
Alicia abrió la puerta y vio que conducía a un pasadizo estrecho, no mucho mayor que una ratonera; se arrodilló y miró a lo largo del pasadizo hacia el jardín más hermoso que jamás se haya visto. ¡Cuánto deseaba salir de aquella sala oscura y pasear entre aquellos canteros de flores brillantes y aquellas frescas fuentes!, pero ni siquiera lograba asomar la cabeza por el umbral. —¡Oh —dijo Alicia—, cómo me gustaría poder cerrarme como un telescopio! Creo que podría, si tan solo supiera por dónde empezar.
Alicia volvió a la mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre ella otra llave o, al menos, un libro de instrucciones para cerrar a la gente como telescopios. Esta vez encontró allí una botellita (—que ciertamente no estaba aquí antes —dijo Alicia—), y atada al cuello de la botella había una etiqueta de papel en la que estaban primorosamente impresas en letras grandes las palabras «BÉBEME».
—No, primero miraré —dijo—, y veré si pone «veneno» o no —pues jamás había olvidado que, si bebes de una botella marcada con la palabra «veneno», es casi seguro que te sentará mal, tarde o temprano. Sin embargo, esta botella no llevaba la marca de «veneno», así que Alicia se aventuró a probarla, y encontrándola muy rica (tenía una especie de mezcla de sabores a tarta de cerezas, crema pastelera, piña, pavo asado, tofe y tostada caliente con mantequilla), se la terminó enseguida.
—¡Qué sensación tan curiosa! —dijo Alicia—. ¡Debo de estar cerrándome como un telescopio!
¡Y así era, en efecto! Ahora medía solo diez pulgadas de altura, y su rostro se iluminó al pensar que ya tenía el tamaño adecuado para cruzar la puertecita hacia aquel hermoso jardín.
Al cabo de un rato, al ver que no ocurría nada más, decidió entrar en el jardín de inmediato; pero ¡ay, pobre Alicia! Cuando llegó a la puerta, descubrió que se había olvidado la llavecita de oro, y al volver a la mesa a buscarla, se dio cuenta de que le resultaba del todo imposible alcanzarla: la veía con entera claridad a través del cristal e hizo todo lo posible por trepar por una de las patas de la mesa, pero era demasiado resbaladiza, y cuando se hubo agotado de tanto intentarlo, la pobre criaturita se sentó y se echó a llorar.
—¡Vamos, de nada sirve llorar de ese modo! —se dijo Alicia con bastante severidad—. ¡Te aconsejo que lo dejes ahora mismo! —Por lo general se daba muy buenos consejos (aunque muy raras veces los seguía), y a veces se reprendía con tanta dureza que se le saltaban las lágrimas.
Pronto su mirada se posó en una cajita de cristal que estaba debajo de la mesa: la abrió y encontró en ella un pastelito muy pequeño, en el que las palabras «CÓMEME» estaban primorosamente trazadas con pasas de Corinto. —Bueno, me lo comeré —dijo Alicia—, y si me hace crecer, podré alcanzar la llave; y si me hace encoger, podré deslizarme por debajo de la puerta: de modo que de cualquier forma entraré en el jardín, ¡y me da igual lo que ocurra!
Comió un pedacito y se dijo con inquietud: —¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?—, poniéndose la mano en la coronilla para notar hacia qué lado crecía; y quedó muy sorprendida al descubrir que conservaba el mismo tamaño. Así que puso manos a la obra y muy pronto acabó con el pastel.
Fin del Episodio 1 · de 10
En la madriguera del conejo
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