Los relojes de Mompox·Episodio 01

La hora callada

~5 min · 1026 palabras

Heredé de mi abuelo Aureliano dos lupas de relojero, un juego de pinzas de bronce forjado en 1928 y la advertencia más solemne de la ribera del Magdalena: en esta casa ningún péndulo cruza las cuatro de la tarde. En Mompox el calor no es una temperatura sino un animal espeso que se echa sobre las tejas de barro al mediodía y no se levanta hasta que las garzas buscan refugio en los playones. Desde niño me acostumbré a ese ritual sagrado: a las tres y cincuenta y cinco, mientras las iglesias coloniales se doraban bajo la luz de cal viva, yo recorría los corredores de ladrillo descalzo deteniendo una por una las pesas de plomo de los doce relojes de pared de la sala de espera. Mi abuelo decía que si permitíamos que sonara la cuarta campanada, el rumor de los vapores fluviales que se hundieron en el siglo diecinueve se mezclaría con las conversaciones familiares y nadie volvería a distinguir la añoranza de la locura.

Nuestra casa fue levantada a finales del siglo dieciocho sobre cimientos de piedra de cantera y calicanto, con muros de metro y medio de espesor que conservan la frescura de una cueva subterránea aun en los días más despiadados de agosto. En el primer patio crece un almendro centenario cuyas ramas cubren la mitad del tejado; bajo su sombra mi padre y mi abuelo aprendieron a soldar eslabones de oro antes de tener edad para afeitarse. La orfebrería en nuestra estirpe no era un oficio comercial sino una disciplina casi monástica. Los capitanes de los barcos de vapor que cubrían la ruta entre Barranquilla y Honda desembarcaban en nuestro muelle con pequeños saquitos de gamuza llenos de pepitas de oro de aluvión, extraídas de los ríos Nechí y San Jorge, para que la familia las fundiera en crisoles de arcilla y las convirtiera en cadenas de cordón de diez hilos o en pendientes de canastilla para sus esposas legítimas.

Mi taller no tiene letrero comercial. Los orfebres de la calle Real del Medio y los capitanes de remolcadores saben que para encontrarme solo deben golpear la aldaba de hierro fundido con forma de lagarto que cuelga en el portón de madera de cedro. Trabajo con hilos de oro de dieciocho quilates que trefilamos a mano en la misma hilera de acero que perteneció a mi bisabuelo. La filigrana momposina exige una paciencia que roza el rezo: unimos espirales diminutas, casi invisibles a simple vista, con soldadura de plata y soplete de fuelle, logrando que el metal parezca encaje de monja flotando en el aire. Entre pieza y pieza descanso la vista contemplando el agua cenicienta del Brazo de Mompox, donde flotan islas de tarulla verde en su viaje eterno hacia Bocas de Ceniza. Aquel martes de octubre, sin embargo, el correo de las once trajo un paquete que alteró la respiración de la casa.

Venía envuelto en lienzo crudo y atado con tres vueltas de cáñamo embreado, con estampillas de franqueo de Barranquilla fechadas seis semanas atrás. Dentro de la caja de cedro encontré una sonajera mecánica del tamaño de una naranja amarga, labrada íntegramente en alambre de oro entrelazado con motivos de hojas de laurel y peces alados. Cuando acerqué la lupa a la cerradura posterior, reconocí de inmediato el cuño personal de mi abuelo: una cruz paté diminuta grabada en el interior de un círculo solar, la marca que él dejó de utilizar en 1954, el mismo año en que una fiebre ribereña le robó para siempre las cuerdas vocales.

«Si esta caja vuelve al taller, busca la llave en el nido de los vencejos», decía una tarjeta amarillenta escrita con tinta de nuez y caligrafía de escribano que reconocí como la de doña Candelaria Manjarrés, la mujer que durante cuarenta años envió cada Navidad un frasco de dulce de toronja a nuestra puerta sin poner jamás un pie dentro de la vivienda. Durante décadas creí que se trataba de una clienta agradecida por algún aderezo nupcial o un relicario funerario. Pero al tocar los engranajes expuestos por una rotura en el fondo de la caja, sentí que los resortes no respondían a la tensión habitual de una cuerda de reloj: el tambor de púas giraba en sentido inverso, como si su único propósito fuera desandar el tiempo transcurrido en lugar de registrarlo.

Salí al patio interior donde los helechos gigantes goteaban sobre las tinajas de barro cocido. El aire olía a café recién tostado y al humo dulce de leña de guayabo que subía de los solares vecinos. Miré el reloj de pie que dominaba el descansillo de la escalera, un viejo Gustav Becker traído de Hamburgo en una goleta de tres palos antes de la Guerra de los Mil Días. La aguja minutera avanzaba implacable hacia el doce mientras la sombra de las columnas se estiraba sobre el piso de baldosín hidráulico. Eran las tres y cincuenta y cuatro minutos. Sentí el pulso acelerado en la garganta y tomé las pinzas con los dedos húmedos de sudor. Frente a mí, la pequeña caja de filigrana comenzó a vibrar sola sobre la mesa de trabajo, emitiendo un tintineo que no se parecía a la música de ningún baile conocido sino al murmullo de una lancha solitaria cortando la corriente en la noche oscura.

Las campanas de las seis iglesias de Mompox sonaban a distintas horas según el capricho de sus sacristanes, pero en la ribera del Magdalena la única autoridad indiscutible era el río. En los inviernos de mi infancia el agua subía hasta rozar el dintel de las puertas traseras, y nosotros subíamos los fuelles de cuero y los frascos de ácido a las vigas del techo con poleas de cáñamo. Mi abuelo nunca protestaba por las crecientes: decía que el río era el único cliente que pagaba al contado, recordándonos que todo lo que poseemos no es más que préstamo de la corriente. Miré una vez más la pequeña esfera dorada que descansaba sobre mi banco de trabajo. El alambre parecía respirar con vida propia, aguardando el momento exacto en que mis manos se atrevieran a romper el conjuro de medio siglo de silencio.

Fin del Episodio 1 · de 5

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