La pequeña librería de Jinbōchō·Episodio 05

La noche del solsticio

~4 min · 858 palabras

En la víspera del solsticio de invierno, la noche más larga del año caía sobre Jinbōchō cubriendo los tejados de madera con una escarcha blanca que brillaba bajo los faroles de la calle. A las nueve de la noche, las persianas metálicas de las grandes librerías de lance de la avenida Yasukuni ya estaban bajadas y trancadas con candados pesados. Solo la librería Sato mantenía encendido su farolillo de papel de arroz, balanceándose suavemente con la brisa helada que bajaba desde el monte Tsukuba.

Fumiko colocó el cartel de madera de 'Cerrado' en la cancela corredera, pero no pasó el cerrojo interior. En aquella noche especial, la tienda permanecía accesible para quien necesitara cruzar el umbral antes del cambio de estación. Se sentó en su taburete habitual, encendió una varilla de incienso de sándalo en un cuenco de cerámica blanca y abrió el gran cuaderno de cedro que reposaba sobre el mostrador: el libro de visitas que su esposo Kenzo y ella habían inaugurado en octubre de 1971, cuando abrieron las puertas de la librería por primera vez tras la reconstrucción del barrio.

Las páginas amarilleadas por el tiempo albergaban más de tres mil frases escritas en docenas de caligrafías distintas: la tinta azulada de estudiantes de posguerra que soñaban con viajar a Europa, los trazos firmes de impresores de periódicos que ya no existían, los caracteres temblorosos de ancianos que venían a despedirse de su libro preferido y las notas frescas de Keiko, Kenji, Daiki y Camila anotadas en los últimos meses. Cada línea era un latido sincero guardado contra el olvido del mundo moderno.

Fumiko acercó la escalera de madera al rincón más alto de la tienda, donde un estante de madera de pino sin cepillar guardaba un único volumen encuadernado en seda blanca descolorida. Subió los cuatro peldaños con la parsimonia de sus ochenta y dos años, tomó el libro con ambas manos y bajó a sentarse bajo la luz de la lámpara de mesa.

Era el diario personal de Kenzo, escrito durante los primeros diez años de matrimonio mientras ambos buscaban volúmenes descatalogados en subastas rurales de Niigata y Kioto. En la primera página, Kenzo había escrito con tinta china indeleble el principio fundacional que había guiado su modesto comercio a lo largo de medio siglo: 'Quien cruza este umbral no busca papel encuadernado, sino permiso para descansar un rato de sí mismo. Una librería no es un almacén de papel usado; es un puerto donde las almas cansadas pueden atracar sin pagar peaje.'

Fumiko sirvió un poco más de té en las tazas de cerámica agrietada. Recordó los inviernos de la década de 1970, cuando Jinbōchō todavía olía a serrín y a carbón de piedra, y los jóvenes poetas pasaban tardes enteras de pie hojeando revistas importadas sin que nadie los echara a la calle. Aquella generosidad invisible era el verdadero cimiento de la tienda, una herencia silenciosa que ningún banco podía tasar.

La campanilla de la puerta sonó con un tintineo suave. Fumiko levantó la vista sin sobresalto. En el quicio de la puerta entreabierta apareció una joven menuda con abrigo de lana azul marino y una bufanda gris: era Keiko Takahashi, la diseñadora que había entrado en junio buscando un remedio contra el insomnio. Traía las mejillas sonrosadas por el frío y una cajita de dulces de castaña en las manos.

—Buenas noches, Fumiko —saludó Keiko con una reverencia respetuosa—. Vi la luz desde el callejón. Solo venía a traerle estos castaños confitados de Kioto y a devolverle el cuaderno de los faros de Hokkaido. Ya lo he leído cuatro veces y creo que ahora le toca a otra persona.

—Las cosas buenas nunca se devuelven, señorita Keiko; se pasan de mano en mano —sonrió la anciana, invitándola a sentarse junto al brasero encendido—. Quédese a tomar una taza de té caliente. Estaba a punto de cerrar el año en el cuaderno de visitas.

Keiko se sentó en la butaca de mimbre, contemplando las miles de páginas encuadernadas que abarrotaban las paredes de madera. En el ambiente flotaba una paz honda, antigua y luminosa, ajena a los plazos de entrega, a las alarmas del teléfono y a las prisas de la metrópoli.

—Fumiko —preguntó Keiko en voz baja mientras la anciana servía dos tazas humeantes de té de cebada—, ¿qué pasará con esta librería cuando usted decida descansar?

Fumiko acarició el lomo de seda blanca del diario de su esposo, mirando el reflejo dorado de la lámpara en el fieltro verde del mostrador.

—Las librerías no mueren, muchacha —respondió la anciana con una sonrisa serena que iluminó toda la estancia—. Se transforman en las personas que salieron de aquí con el corazón un poco más ligero. Mientras alguien en esta ciudad recuerde que una frase verdadera vale más que un millón de yenes, la puerta de Jinbōchō seguirá abierta de par en par.

Keiko asintió y bebió el té. Afuera seguía lloviendo sobre la avenida Yasukuni, con la misma paciencia de la primera tarde. Se dio cuenta de que llevaba una hora entera sin mirar el teléfono, y de que no sabía qué hora era, y de que no le importaba.

Fin del Episodio 5 · de 5

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