La carta inútil del gacha·Episodio 05

El balance de cuentas

~4 min · 861 palabras

La nube de vapor blanco cubrió el valle entero como un mar de leche hirviendo que olía a bergamota fresca y manzanilla silvestre. El General del Vacío intentó blandir sus cuatro hachas de sombra, pero el suelo bajo sus pies ya no obedecía a las leyes de la geometría euclidiana: el desbordamiento de memoria había disuelto las texturas de la piedra, convirtiendo el puente levadizo en una franja flotante de código verde fosforescente que parpadeaba con errores de renderizado.

El gigante de placas tectónicas resbaló torpemente en la nada virtual, soltó un aullido de incomprensión cibernética y cayó verticalmente a través del vacío del mapa, borrándose del servidor como un archivo arrastrado a la papelera de reciclaje de una vieja computadora escolar.

En el centro de la plaza comunal apareció un portal dorado, brillante, cálido y acogedor, a través del cual se divisaba con total nitidez el pizarrón verde del salón 302, las hojas blancas del examen de trigonometría sobre los pupitres de fórmica y la silueta familiar del profesor Moncayo roncando suavemente con la cabeza apoyada en el escritorio.

Los aldeanos de relleno, que durante tres días habían permanecido inmóviles junto a sus carretas de verduras programadas para no pudrirse jamás, salieron de sus chozas de adobe con expresiones de asombro pintadas en sus rostros pixelados. Por primera vez en la historia del servidor, un grupo de novatos no había destruido las cosechas con hechizos de fuego para ganar puntos de experiencia; habían salvado el mercado comunal usando la presión del agua y el sentido común de una clase de secundaria.

—¡El portal a casa! —gritaron al unísono los treinta estudiantes, corriendo atropelladamente hacia la luz entre abrazos apretados, risas de alivio histérico y promesas solemnes de nunca volver a instalar aplicaciones de juegos con microtransacciones en el celular.

Sebastián Martínez se detuvo justo a dos pasos del umbral luminoso. Se giró hacia nosotros, me miró a mí y luego bajó la vista hacia Don Tiburcio, que estaba ocupado guardando sus tazas de porcelana en una canasta de mimbre con parsimonia británica y el delantal libre de manchas.

—Andrea... —murmuró Sebastián, rascándose la nuca con una vergüenza evidente que le enrojecía las orejas—. Gracias. De verdad. Perdóname por lo que dije en el pastizal cuando llegamos. Sin tu gato, nos hubiéramos quedado convertidos en abono de calabozo para siempre.

—Aprende a valorar las herramientas sencillas, Sebastián —le respondí con una media sonrisa tranquila—. Y devuélveme el borrador de nata que me quitaste en segundo de primaria cuando lleguemos al salón.

Sebastián asintió con una risa nerviosa, dio media vuelta y cruzó el portal, dejando la plaza de la aldea en un silencio apacible y luminoso bajo las tres lunas.

Mateo y Sofía cruzaron después, despidiéndose con la mano en alto y prometiendo que armaríamos un grupo de estudio de física aplicada en el recreo de mañana para entender de verdad la termodinámica. Me quedé sola en la hierba lila junto a Don Tiburcio.

—Bueno, Don Tiburcio —dije, sintiendo un nudo pequeño y cálido en la garganta—. Parece que la partida ha terminado. Supongo que su contrato de invocación expira al cerrar la sesión del servidor.

El gato gris me miró por encima de sus quevedos dorados, se pasó una patita por el bigote izquierdo y soltó un ronroneo hondo que vibró en el aire fresco de la tarde.

—¿Terminar, señorita Andrea? Por favor, qué falta de visión comercial. En el código de este servidor todavía quedan siete regiones inexploradas, doce gremios de paladines que necesitan lecciones urgentes de contabilidad básica y tres dragones ancianos que sufren de reumatismo crónico por falta de una buena infusión caliente.

—¿Está diciendo que no quiere volver a su descanso en la biblioteca de cartas comunes del sistema?

—Estoy diciendo, señorita Andrea, que mientras usted conserve la cartuchera con mi cristal en su mochila de Cali, podemos conectarnos cada viernes por la tarde después del colegio. Al fin y al cabo, alguien tiene que enseñarle a este reino cómo se balancea un presupuesto sin quemar las cosechas del pueblo.

Sonreí, me até el delantal a la cintura y crucé el portal hacia el salón de clases, sabiendo que el mundo real nunca volvería a parecerme aburrido mientras tuviera una tetera hirviendo en el bolsillo.

El aroma a manzanilla y pan caliente se desvaneció lentamente en el aire de la tarde, dejando únicamente el rumor apacible de las fuentes de agua de Cardona fluyendo bajo el cielo despejado. El reino entero parecía haber despertado de una pesadilla bélica para entrar en una era de comercio pacífico y contabilidad ordenada.

Miré a mis compañeros que cruzaban en fila india, riéndose y sacudiéndose el polvo del calabozo de las solapas de sus chaquetas escolares. Habíamos entrado como estudiantes asustados ante una prueba matemática y salíamos como socios fundadores de una pequeña revolución industrial.

Apreté la correa de mi mochila de tela contra el hombro, sentí el peso reconfortante del cristal gris en el fondo del estuche de lápices y miré por última vez las lunas lila que brillaban sobre las colinas de Cardona. El mundo de fantasía seguía allí, esperándonos detrás de un error de memoria no resuelto.

Fin del Episodio 5 · de 5

El balance de cuentas

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