Herrumbre en las encías
~10 min · 1985 palabras
Teodor se limpió el pulgar engrasado contra el tejido rígido del mono de trabajo, raspando la sarga gris hasta que la tela adquirió un brillo oscuro de lubricante sintético y sudor seco. No sirvió de nada. El grafito se le había metido bajo la cutícula horas atrás, durante la purga de los condensadores de popa, y ahora formaba una media luna negra adherida al borde vivo de la uña. En la sala de guardia, el aire reciclado sabía exactamente a lo que siempre sabía cuando la estación completaba su arco rasante: óxido férrico, polvo de aislamiento masticado por las turbinas y un regusto persistente a ozono frito que se depositaba en el dorso de la lengua como una moneda de cobre. Cada doce minutos, cuando el estabilizador de compensación perdía dos décimas de revolución para no quemar las toberas de cuarzo, la marea gravitacional de Kallio-B tiraba de la estructura hacia abajo. No era un movimiento visible; era un peso líquido en la base del cráneo, una presión sorda que buscaba cualquier hueco en el esqueleto y se alojaba en las encías, despertando en su premolar izquierdo una punzada aguda, rítmica, que latía en sincronía con el zumbido de cincuenta hercios del monitor CRT.
El fósforo verde de la pantalla parpadeaba con una cadencia irregular, tiñendo las mangas de su mono de un color ceniciento. Teodor apoyó los dedos índices en la sien izquierda, apretando el hueso hasta que la mancha luminosa del tubo de rayos catódicos se duplicó en su campo de visión.
Parpadeó.
Nada se arreglaba apretando.
Nadie en los turnos de descarte preguntaba por qué la bahía de recepción seguía abierta en semejante cuadrante. Teodor tampoco. Se limitaba a sentarse frente a la consola secundaria, con las suelas de goma pegadas al piso metálico para no absorber las corrientes parásitas del chasis, fingiendo que vigilaba derivas comerciales mientras contaba los minutos para el café tibio. Cuando el trabajo consistía en ver cómo la gravedad desmenuzaba chatarra orbital de hacía dos siglos, uno aprendía a no buscarle sentido. Anotaba patrones de dispersión para rellenar la ficha y firmaba de memoria con el codo para no soltar el vaso de plástico.
Sobre la mesa auxiliar, la doctora Sofia Lem alineaba pastillas oblongas por tonalidad sobre una bandeja de plástico traslúcido: azul pálido a la izquierda, beige sucio en el centro, dos cápsulas granates a la derecha. Sus dedos se movían con una calma lenta, ajena a los temblores del mamparo.
—El filtro de agua de la sección cuatro volvió a atascarse con sales de calcio —dijo Lem sin levantar la vista del pastillero—. Huele a lavandería vieja.
—Tiene calcio porque el calentador tiene una fuga en la camisa —respondió Teodor. Se pasó la manga por la frente, dejando un rastro tiznado sobre la piel pálida—. Si no lo purgas antes de que entre el segundo turno, el café va a saber a tiza otra vez.
—Ya sabe a tiza.
—El de la semana pasada sabía a sulfato.
—Era magnesio, Teodor. No sulfato. El sulfato te habría soltado las tripas en veinte minutos y no te vi correr al retrete.
Sofia cerró la tapa del pastillero con un chasquido seco. Sus manos olían al alcohol yodado del dispensador del pasillo, ese tufo a triaje que se quedaba pegado en los poros aunque uno se frotara con estropajo tres veces al día bajo el chorro recirculado. Se puso de pie, ajustándose el elástico de los pantalones que le bailaban en los tobillos, y caminó hacia el terminal principal con la pesadez de quien lleva catorce meses durmiendo en un camastro plegable sin gravedad estable.
En la línea superior del tubo de fósforo, el demodulador de baja frecuencia empezó a toser una ristra de números hexadecimales. No venían por el canal de emergencia del consorcio ni por la baliza de aproximación local. Era una portadora muerta, un paquete fósil atrapado en la curvatura de Kallio-B, arrastrado durante siglos por el pozo hasta que la antena de la estación lo pescó de refilón como quien pasa una red por una cloaca y saca una bota podrida. Un paquete arcaico, comprimido en formatos lógicos que la mitad de los compiladores modernos ni siquiera sabían leer sin tirar errores de desbordamiento.
Teodor acercó el rostro a la pantalla. La curvatura del vidrio distorsionaba las esquinas, estirando los caracteres hacia los márgenes de baquelita negra.
El paquete no contenía telemetría de carga ni manifiesto de navegación.
Trazaba una curva senoidal rota por una pausa ventricular: un pico breve, un valle aplanado, una subida torpe que se demoraba tres décimas de segundo antes de colapsar en una línea casi horizontal. Una arritmia sinusal idéntica, milímetro a milímetro, al chasquido irregular que Teodor sentía en ese mismo instante contra el esternón, bajo la cremallera de su ropa de faena. Se llevó la mano al pecho, apretando la tela empapada de sudor frío y hollín. El pulso en su muñeca tropezaba; en el cristal verdoso, la traza de trescientos años atrás tropezaba en el mismo ciclo, con la misma muesca defectuosa en la repolarización.
—No toques la cabecera —murmuró Sofia detrás de él, apoyando una mano huesuda en el respaldo de metal de la silla—. Deja que el búfer llene el volcado.
—Tiene firma biológica —dijo él, sin volverse. La voz le salió agrietada, espesa de la salmuera que se le formaba en la boca cada vez que Kallio-B mordía el casco—. No debería haber nada orgánico en esa banda. Nada sobrevive en ese ángulo de entrada.
—Todo sobrevive si está congelado al vacío y cae con la masa suficiente —dijo ella, aunque su tono había perdido la indiferencia clínica. Sus dedos se cerraron sobre el respaldo con fuerza innecesaria—. Salvo que esté hueco.
El comisario Halvard Strand no entró en la sala de guardia; la ocupó. Lo hacía siempre del mismo modo, como si el volumen cúbico del aire le perteneciera por inventario. Llevaba el cuello de lana sintética gris cerrado hasta la nuez y la guerrera abotonada sin una arruga. Ningún temblor visible a pesar de que las planchas del suelo vibraban con la marea.
Sostenía entre el pulgar y el índice un bolígrafo metálico de émbolo, plateado, cuyo mecanismo hacía sonar con una insistencia regular: clic, clac, clic, clac. El sonido era más molesto que el zumbido de la pantalla.
—Tenemos una variación de tres por ciento en el arrastre del eje doce, Kask —dijo Strand, deteniéndose a dos pasos de la consola, sin mirar a Teodor, con los ojos clavados en el reflejo distorsionado que el monitor devolvía de los tres—. Tres por ciento. Eso significa que o el reactor auxiliar está quemando escoria, o alguien ha conectado una derivación no autorizada en el anillo de enfriamiento para cargar baterías personales. ¿Sabes algo de baterías personales?
—No uso baterías, Comisario. Todo mi equipo está cableado a los zócalos de guardia.
—Por supuesto. Eres un técnico ejemplar. Todo el mundo en el turno de noche es ejemplar hasta que abrimos los conductos de ventilación y encontramos petacas de destilado o rollos de fibra de cobre robados de las toberas de maniobra.
Clic. Clac.
—El pozo no espera a que te jubiles para convertirte en chatarra, Kask —dijo Strand, bajando la vista por primera vez hacia la pantalla, donde la onda cardíaca seguía imprimiéndose en verde sobre fondo negro—. ¿Qué es eso?
—Un paquete de deriva —intervino Lem antes de que Teodor pudiera formular una excusa—. Un eco del cuadrante exterior. Estamos decodificando el encabezado para ver si contiene restos de combustible que justifiquen una maniobra de captura.
Strand ladeó la cabeza. Su piel tenía esa palidez pastosa de los hombres que llevan diez años sin pisar una atmósfera verdadera, alimentados con pasta proteica y tubos fluorescentes de espectro reducido. Miró a Lem, luego a Teodor, deteniéndose un segundo exacto en la mano que el técnico aún mantenía apretada sobre el pecho. No dijo nada durante diez pulsos de bolígrafo.
—No me gustan los ecos viejos —dijo al fin, y el mecanismo se detuvo con el émbolo trabado abajo—. La chatarra antigua suele venir con nombres de accionistas que ya no existen, o con reclamaciones de sindicatos que fueron disueltos a tiros antes de que tú y yo naciéramos. Los nombres viejos traen trabajo de oficina. Y el papel timbrado es caro en esta latitud.
—Es sólo telemetría estática —dijo Teodor, sosteniéndole la mirada con la boca seca.
Strand pasó la yema del pulgar por la solapa de su uniforme, alisando el paño con un gesto maquinal.
—Si esa cosa descalibra el receptor principal, Kask, te pondré a limpiar los colectores de eyección con un cepillo de alambre y sin arnés neumático. Que no se te olvide.
Dio media vuelta. La suela de sus botas militares no chirrió contra las planchas de acero porque estaban gastadas hasta la entretela.
Se marchó.
Teodor tardó tres respiraciones completas en apartar la mano del esternón. Tenía los dedos fríos, entumecidos por la condensación que goteaba desde las tuberías del techo directamente sobre el marco del monitor. Una gota cayó sobre el cristal curvo, resbalando como una lágrima aceitosa que refractó la onda de fósforo verde en tres trazos discontinuos.
—No deberías haberle mentido —dijo Sofia en un susurro, arrastrando una banqueta de tres patas hasta colocarse a su lado. Se sentó, apoyó los codos en las rodillas y se cubrió la boca con las manos entrelazadas—. Strand revisa los volcados automáticos cada madrugada a las cuatro. Lo sabe todo el mundo.
—Strand no sabe leer un volcado binario sin un glosario al lado —respondió Teodor. El premolar volvió a punzarle, esta vez con tanta violencia que tuvo que morderse el interior de la mejilla para fijar la atención en la consola—. Y aunque supiera, le da igual mientras no tenga que firmar el acuse de recibo.
El descompresor del sistema soltó un pitido áspero, metálico, semejante al roce de dos limas secas.
Los mamparos de la estación crujieron con un gemido largo y cavernoso, un estallido de tensión que sonó exactamente como una capa de hielo partiéndose bajo el casco de un barco encallado. Kallio-B estaba alcanzando el periastro. La gravedad diferencial tensaba cada remache, estiraba las soldaduras de carburo y hacía que el agua residual en las cañerías del suelo silbara como un hervidor a punto de reventar. Si el estabilizador fallaba dos ciclos más, las microoscilaciones desgarrarían la cámara de descompresión antes de que nadie pudiera ponerse el casco.
Teodor tecleó el comando de extracción forense. Sus nudillos estaban enrojecidos, con las venas hinchadas por la dilatación forzada.
El archivo no era un mensaje: era un registro de asignación personal de restos. Una cápsula de escape de la primera prospección, aplastada hasta el tamaño de un acordeón por la fricción de la marea, cuyos sellos biológicos se habían fundido con los huesos del ocupante hacía trescientos doce años según la marca temporal de la cabecera.
La pantalla vomitó las líneas finales del escaneo: densidad de masa, proporción de carbono residual, fracturas ante-mortem en la pelvis por deceleración brutal. Y, al pie del informe forense, la transcripción óptica de la chapa de servicio militar recuperada del fragmento clavicular.
Teodor soltó el aire despacio. La respiración le temblaba en los labios partidos.
Deslizó los dedos bajo el cuello sucio de su mono de faena, tanteó la cadena de bolas de acero que le rodeaba la garganta y extrajo la pequeña chapa rectangular, gastada por el roce continuo contra su piel, rayada por años de sudor y mugre de taller. La sostuvo junto al monitor.
En el fósforo verde, la lectura del cadáver arcaico desglosó el número de serie de nueve caracteres alfanuméricos. Coincidían uno a uno. Incluso la muesca diagonal sobre el último dígito, provocada por una matriz de troquelado defectuosa, era idéntica al corte que Teodor palpaba con la yema del pulgar cada noche antes de intentar dormir.
Fin del Episodio 1 · de 3
Herrumbre en las encías
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