El peso del alcanfor
~5 min · 1091 palabras
El olor a alcohol de romero y alcanfor flotaba en la penumbra de la rebotica como si las botellas de vidrio topacio siguieran respirando por debajo de los tapones de corcho parafinado. Teresa Valdés estaba de pie junto al mostrador de nogal con un rollo de cinta de embalar marrón en la mano izquierda y un cúter de plástico amarillo en el bolsillo de la gabardina, mirando las tres cajas de cartón que apenas alcanzaban a cubrir un tercio de los frascos del primer estante. Afuera, sobre los tejados de teja árabe de San Martín de las Riberas, la llovizna de noviembre caía con ese rumor terco de agua sobre barro que no lava nada y solo pudre las hojas de los nogales del paseo.
—Si no terminas de empaquetar antes del viernes, el tasador de Aranda va a meter todo en sacos de pienso y se lo llevará en un remolque —había advertido don Evaristo por teléfono esa misma mañana, carraspeando con esa parsimonia de notario rural que confunde la lentitud con la prudencia—. Hay una deuda de contribución urbana de tres años, Teresa. Y el ayuntamiento no tiene paciencia con las casas vacías.
Teresa no le había contestado.
Se limitó a colgar el auricular negro en la horquilla de baquelita de la trastienda. El frío de las losas de piedra calaba las suelas finas de sus mocasines. Su padre llevaba cuarenta días enterrado en el cuartel nuevo del cementerio municipal, bajo una lápida de granito gris que todavía no tenía las fechas grabadas porque el marmolista del pueblo se había ido a pasar el invierno con su hija a Bilbao.
Manuel Valdés había sido un hombre de pocas palabras y muchas libretas. Durante treinta y dos años anotó en cuadernos escolares de tapa dura las recetas de jarabes para la tos, las bodas civiles que oficiaba en el zaguán y los nombres de los vecinos que le debían dinero desde la gran sequía del noventa y dos. Los cajoncitos de la farmacia conservaban sus letreros de esmalte blanco con abreviaturas en latín: Radix Rhei, Pulvis Belladonnae, Folium Sennae. Cada vez que Teresa abría uno, una nubecilla de polvo vegetal subía hacia la luz de la bombilla, oliendo a tierra seca y a remedios de otro siglo.
Subió un momento a la planta alta.
En su antiguo dormitorio de soltera, el papel pintado de flores amarillas se desprendía de los zócalos en tiras largas y curvas. La cama de hierro conservaba una colcha de ganchillo que su madre había tejido antes de morir, ahora aplastada bajo una capa de polvo fino. Abrió el armario ropero: solo quedaban dos perchas vacías y una caja de galletas de hojalata que contenía botones de nácar, dedales desparejados y tres carretes de hilo negro.
No había nada más.
Ni una carta personal, ni un diario íntimo, ni un recorte de periódico que explicara por qué su padre había decidido quedarse solo en aquel caserón húmedo mientras ella estudiaba Derecho en Valladolid y se inventaba una vida con horarios de oficina y pleitos de despido.
De vuelta en la rebotica, Teresa encendió el brasero de orujo bajo la camilla de faldillas verdes para desentumecerse las rodillas. La tetera sobre el hornillo de gas soltó un silbido agudo que rebotó en los azulejos blancos desconchados. Se sirvió una taza de café soluble que sabía a humo y se obligó a vaciar el bargueño del rincón.
En el primer cajón descansaban las balanzas de precisión con platillos de latón dorado, un juego de pesas cilíndricas que iban desde los doscientos miligramos hasta los cien gramos, y una espátula de marfil para pomadas. En el segundo cajón, entre cajas de jeringas de vidrio y los sellos de caucho del juzgado de paz, sus dedos tropezaron con un bulto envuelto en un paño de cocina a cuadros.
Era un cuaderno grueso de hule negro.
Lo abrió con cuidado sobre el hule de la mesa.
No contenía fórmulas de botica.
Eran asientos contables manuscritos con tinta estilográfica azul, ordenados mes a mes con caligrafía apretada y regular: cincuenta mil pesetas —trescientos euros desde que cambió la moneda— enviadas por giro postal el primer lunes de cada mes a nombre de Claudia Mier. Treinta años de giros ininterrumpidos. Desde noviembre de 1979 hasta el mes anterior a la muerte de su padre.
Teresa pasó las hojas despacio, con las yemas frías apoyadas sobre los números azules. En el pueblo nadie mencionaba a Claudia Mier salvo para recordar que vivía sola en el molino bajo de la acequia, ganándose la vida encuadernando misales y libros parroquiales para los conventos de la comarca, sin pisar la iglesia ni la plaza mayor en treinta años.
Una casa vieja no guarda recuerdos: guarda facturas que nadie tuvo el valor de pagar a tiempo.
Teresa se levantó con un movimiento brusco, guardó el cuaderno en el bolso y se dirigió al armario empotrado donde su padre custodiaba los estupefacientes bajo llave. Al retirar la doble balda de contrachapado donde descansaban los botes de tintura de opio vacíos, sus dedos tropezaron con una plancha de hierro fundido oculta tras un enlucido de cal desconchado.
Era una caja de caudales antigua, empotrada directamente en el muro maestro de piedra.
La caja tenía dos bocallaves de bronce separadas por cinco centímetros de distancia. Teresa sacó del bolsillo de su gabardina el llavero de aro metálico que había recogido de la mesilla del hospital. En el manojo colgaban tres llaves: la de la cancela exterior, la del cajón de la rebotica y una llave pequeña de latón con el número uno grabado en la empuñadura.
La introdujo en la cerradura izquierda. El cilindro giró con suavidad de manteca.
Pero la cerradura derecha permanecía bloqueada. No había ninguna otra llave pequeña en el manojo de su padre.
Teresa cogió un destornillador plano de la caja de herramientas y tanteó el segundo cilindro, intentando forzar los dientes internos. El metal apenas cedió un milímetro, soltando un chasquido sordo que resonó en el silencio de la botica.
En ese instante exacto, la campana de latón que colgaba sobre la cancela de entrada sonó con un golpe seco. Alguien acababa de introducir una llave en la cerradura exterior de la calle. Teresa contuvo la respiración detrás de los frascos de cristal oscuro y vio deslizarse por el pasillo a una mujer enjuta, envuelta en un mantón de paño negro empapado por la llovizna, que sostenía en la mano derecha una llave de bronce idéntica a la que faltaba en la caja.
Fin del Episodio 1 · de 4
El peso del alcanfor
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