Estudio en escarlata·Episodio 02

El señor Sherlock Holmes · II

~5 min · 1098 palabras

El doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —dijo Stamford presentándonos.

—¿Cómo está usted? —dijo con cordialidad, estrechándome la mano con una fuerza que difícilmente le habría atribuido—. Ha estado usted en Afganistán, según columbro.

—¿Cómo demonios puede saber tal cosa? —pregunté atónito.

—No tiene importancia —dijo riendo para sus adentros—. El asunto ahora es la hemoglobina. Sin duda comprenderá usted el alcance de este descubrimiento mío.

—Es interesante desde el punto de vista químico, no cabe duda —respondí—; pero en el terreno práctico...

—¡Hombre de Dios! Es el descubrimiento médico-legal más práctico que se ha hecho en años. ¿No ve usted que nos proporciona una prueba infalible para las manchas de sangre? ¡Venga por aquí ahora mismo! —Me asió por la manga con entusiasmo y me condujo hacia la mesa en la que había estado trabajando—. Procuremos un poco de sangre fresca —dijo, clavándose una larga aguja en el dedo y extrayendo la gota resultante con una pipeta química—. Ahora añado esta pequeña cantidad de sangre a un litro de agua. Ya ve usted que la mezcla resultante presenta el aspecto de agua pura. La proporción de sangre no puede ser superior a una parte por millón. No abrigo la menor duda, empero, de que lograremos obtener la reacción característica. —Mientras hablaba arrojó en el vaso unos cristales blancos y añadió unas gotas de un líquido transparente. Al instante el contenido adoptó una coloración caoba apagada y un sedimento parduzco se precipitó en el fondo del recipiente de cristal.

—¡Ja, ja! —exclamó batiendo palmas y mostrándose tan entusiasmado como un niño con juguete nuevo—. ¿Qué le parece a usted esto?

—Parece una prueba sumamente sensible —observé.

—¡Hermosa, hermosa! El viejo reactivo de guayaco resultaba muy tosco e inseguro. Lo propio ocurre con el examen microscópico de los glóbulos sanguíneos: este último carece de utilidad si las manchas tienen unas pocas horas de antigüedad. En cambio, este reactivo parece obrar con idéntica eficacia trátese de sangre vieja o fresca. De haber existido este procedimiento, cientos de hombres que hoy pasean libres sobre la faz de la tierra habrían pagado hace tiempo el justo castigo por sus crímenes.

—¡En verdad! —murmuré.

—Las causas criminales giran continuamente sobre ese punto capital. Se sospecha de un individuo meses después de haberse cometido el delito. Se examinan sus ropas o su lencería y se descubren en ellas manchas parduzcas. ¿Son manchas de sangre, de barro, de orín, de fruta, o qué son? He aquí una cuestión que ha desvelado a multitud de peritos; ¿y por qué? Porque no se disponía de una prueba fidedigna. Ahora contamos con el procedimiento de Sherlock Holmes, y se acabaron las dificultades.

Le relucían los ojos con viveza mientras hablaba; se llevó la mano al pecho e hizo una reverencia como ante una multitud entusiasta evocada por su fantasía.

—Es para felicitarle a usted —observé, no poco asombrado ante semejante vehemencia.

—Ahí estuvo el proceso de Von Bischoff en Fráncfort el año pasado: de seguro lo habrían ahorcado de haber existido este ensayo. Y luego el caso de Mason de Bradford, y el célebre Muller, y Lefevre de Montpellier, y Samson de Nueva Orleans. Podría citarle una veintena de procesos en los cuales habría sido decisivo.

—Parece usted un prontuario andante del crimen —dijo Stamford con una carcajada—. Podría usted fundar un periódico sobre esa temática: bautícelo «Gaceta Policial del Pasado».

—Una lectura harto instructiva resultaría, ciertamente —observó Sherlock Holmes, pegándose un trocito de esparadrapo sobre la punzada del dedo—. Debo andarme con tiento —prosiguió volviéndose hacia mí con una sonrisa—, pues manipulo con frecuencia gran cantidad de venenos. —Mostró la mano al hablar y advertí que la tenía moteada de pedacitos similares de parche y desteñida por la acción de ácidos corrosivos.

—Hemos venido por un asunto de negocios —dijo Stamford sentándose sobre una banqueta alta de tres pies y empujando otra con el pie en mi dirección—. Mi amigo aquí presente busca alojamiento, y como usted se lamentaba de no encontrar a nadie que compartiera los gastos, pensé que lo mejor sería poneros en contacto.

Sherlock Holmes pareció encantado ante la perspectiva de compartir habitaciones conmigo: «Tengo echado el ojo a un aposento en Baker Street —dijo— que nos vendría como de perlas. No le incomodará a usted el olor a tabaco fuerte, imagino».

—Yo siempre fumo tabaco de barco —le respondí.

—Eso ya es bastante bueno. Suelo tener reactivos por todas partes y de tarde en tarde realizo experimentos. ¿Le importunaría a usted semejante proceder?

—De ningún modo.

—Veamos... ¿cuáles son mis otros defectos? A veces me entran melancolías y no abro la boca durante días y días. No vaya usted a pensar que estoy enfurruñado cuando me da esa vena. Déjeme usted tranquilo y pronto volveré a mi ser. ¿Qué tiene usted que confesar por su parte? Conviene que dos personas conozcan lo peor una de la otra antes de empezar a vivir bajo el mismo techo.

Me eché a reír ante aquel interrogatorio: «Tengo un perrito bull-terrier —dije— y detesto las disputas porque tengo los nervios maltrechos; me levanto a horas intempestivas y soy extremadamente perezoso. Tengo otra serie de vicios cuando estoy sano, pero esos son los principales de momento».

—¿Incluye usted tocar el violín en su categoría de ruidos molestos? —preguntó con cierta inquietud.

—Depende del ejecutante —le respondí—. Un violín bien tocado es un deleite para los dioses; uno mal tocado...

—¡Oh, entonces no hay problema! —exclamó con una risueña carcajada—. Creo que podemos dar el asunto por cerrado... siempre que el alojamiento resulte del agrado de usted.

—¿Cuándo iremos a verlo?

—Venga a buscarme aquí mañana a mediodía, iremos juntos y dejaremos todo zanjado —me respondió.

—De acuerdo: a las doce en punto —dije estrechándole la mano.

Le dejamos enfrascado en sus matraces y nos dirigimos juntos hacia mi hotel.

—Por cierto —le pregunté de pronto a Stamford, deteniéndome en seco—, ¿cómo diablos se enteró de que yo venía de Afganistán?

Mi acompañante esbozó una sonrisa enigmática: «Esa es precisamente su pequeña peculiaridad —dijo—. Muchísima gente desearía saber cómo averigua las cosas».

—¡Vaya! ¿Conque es un misterio? —exclamé frotándome las manos—. Esto resulta sumamente picante. Te estoy muy agradecido por habernos presentado. Ya sabes aquello de que «el verdadero estudio del hombre es el hombre».

—Pues tendrás que estudiarlo a él —dijo Stamford al despedirse—. Aunque ya verás que es un hueso duro de roer. Me apuesto lo que quieras a que averiguará más de ti que tú de él. ¡Hasta la vista!

—Hasta la vista —respondí; y me encaminé hacia mi hotel, profundamente interesado por mi nuevo conocido.

Fin del Episodio 2 · de 26

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