El peso exacto de la levadura
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Hacia las nueve de la mañana, la panadería olía a corteza tostada, granos de anís machacados y manteca de vaca de pasto. La fila de vecinos doblaba la esquina de la fuente de piedra: la comadrona Rosario recogía dos panes redondos de centeno para las casas del bajo, el zapatero Bernardo pagaba con tres hebillas de latón que Maya aceptaba sin discutir, y las hermanas costureras se llevaban bollos trenzados calientes riéndose en voz baja mientras miraban de reojo al joven severo apostado en la esquina del mostrador.
Eric no había levantado la cabeza de sus tablas de equivalencias en cuatro horas. Su pluma trazaba columnas impecables: fanegas de grano molido, onzas de sal marina de las salinas del sur, consumo de leña por brazada cúbica. Sin embargo, su ceño se iba ensombreciendo a medida que comprobaba las pesadas de Maya en la balanza de dos platos de hierro colado.
—Su peso reglamentario para la pieza de dos libras marca treinta y seis onzas en cada entrega, señorita Morales —dijo Eric, colocándose de pie frente al mostrador mientras la última vecina cerraba el cancel—. Cuatro onzas de exceso por hogaza. En una semana de sesenta hornadas, usted está regalando al vecindario el equivalente a tres sacos enteros de flor de harina. Ningún obrador privado puede sostener semejante merma sin recurrir al contrabando.
Maya deslizó una hogaza recién templada sobre una tabla de abedul y la partió con un cuchillo de sierra. El crujido de la corteza dorada sonó como hojarasca seca bajo las botas en otoño. El interior, esponjoso, alveolado y de un tono marfil cálido, liberó un vaho aromático que hizo vacilar la rigidez en los hombros del inspector.
—No es una merma, señor auditor —dijo ella, acercándole un trozo humeante sobre la punta de la hoja—. Es lo que en este valle llamamos la porción del caminante. Mi abuela me enseñó que la masa rinde más cuando no se escatima. Quien come con el corazón encogido se enferma del hígado, y quien vende el pan exacto hasta el último gramo termina con el alma raquítica.
Eric miró el pedazo de pan como si fuera una prueba judicial peligrosa. Sus dedos rozaron la corteza crujiente; el calor le calentó las yemas entumecidas por la tinta fría. Dudó un instante, tragó saliva y mordió.
El silencio en el despacho duró diez largos segundos.
Maya vio cómo sus pupilas se dilataban apenas una fracción de milímetro. La tensión que Eric acumulaba en la mandíbula desde el alba pareció disolverse en un suspiro involuntario. Sabía a trigo tostado a fuego lento, a miel de brezo silvestre y a una pizca de salvia que dejaba en la garganta un regusto limpio, limpio como el aire de las cumbres tras una granizada.
—La miga tiene... una elasticidad irregular —dijo Eric, carraspeando para recuperar el timbre oficial, aunque no devolvió el resto del trozo y masticó despacio hasta acabarlo—. Pero eso no exime la discrepancia en el inventario fiscal. Un libro de cuentas puede registrar el peso del grano, pero jamás la paciencia que exige una buena fermentación. La ley exige que los balances cuadren, no que sepan a miel.
—La ley de su intendente no come pan todos los días, Eric —replicó ella, y fue la primera vez que pronunció su nombre de pila en lugar de su título—. Come pasteles de azúcar refinado traídos en fardos sellados desde la capital, pagados con el sudor de los molineros de aquí.
El ruido de una ráfaga súbita de viento del norte sacudió el tejadillo exterior de la despensa. En el obrador trasero, una de las tablas de reposo donde descansaban doce bollos trenzados de canela se ladeó sobre el caballete de pino al soltarse una clavija desgastada.
Maya soltó un grito ahogado y se lanzó hacia el pasillo. Pero antes de que pudiera llegar, Eric ya había cruzado la cortina con una agilidad insospechada para un letrado de cancillería. Se deslizó sobre el suelo de piedra, metió el hombro bajo el borde de la tabla que caía y sostuvo los doce kilos de madera y masa fermentada con ambos brazos, clavando las botas en la junta de las losas.
El impacto sacudió el saco de harina suspendido en la repisa superior. Una nube densa y blanca cayó en cascada sobre los dos.
Maya se detuvo a dos palmos de él, sujetando el otro extremo del tablón. Eric estaba completamente cubierto de polvo blanco: las pestañas nevadas, una mancha de harina en la punta de la nariz y su impecable casaca de paño azul convertida en un sayal de molinero. Por primera vez desde que había entrado de noche por el cancel, el joven auditor parpadeó desconcertado, tosió dos veces y la miró a los ojos.
Maya intentó contenerse, apretó los labios con fuerza, pero una risa clara y sonora se le escapó del pecho, rebotando en las bóvedas del techo.
—Mírese, señor inspector comisionado —dijo ella, con lágrimas de risa asomando a los ojos—. Ya tiene el uniforme reglamentario de Montecanela. Ahora sí parece una persona de fiar.
Eric bajó lentamente la tabla sobre el banco de apoyo. Miró sus mangas empolvadas, luego miró la sonrisa desarmante de Maya, y una curva tímida, casi involuntaria, asomó en la comisura izquierda de sus labios.
—Mi casaca costó tres meses de sueldo en la sastrería mayor —dijo él en voz baja, sacudiéndose inútilmente la pechera—. Espero que esos bollos valgan la pena.
Fue al sacudir la casaca en el patio cuando se le cayó del forro un sobre lacrado con el sello de plomo del intendente De la Riva. Eric no se dio cuenta. Maya lo recogió de la nieve, no lo abrió y se lo guardó en el delantal; pero alcanzó a leer lo que alguien había escrito a mano en el dorso, con prisa: Molino viejo. Antes del solsticio.
Fin del Episodio 2 · de 4
El peso exacto de la levadura
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