El panadero del viento norte·Episodio 04

La corteza de oro y la primera llama

~4 min · 824 palabras

El alba desgranó sus primeras luces sobre los riscos de Montebruno cuando Clara y Lucian deslizaron las seis hogazas redondas en el horno sobre la pala de enebro. La masa, marcada con cuatro cortes en forma de espiga, recibió el calor de la solera con un suspiro breve y empezó a hincharse con la fuerza que solo da el grano bien trabajado.

A través de la mirilla de hierro, el resplandor de la Piedra de Lumbre no era una llama que chisporroteara con humo o tizne, sino una incandescencia pura y cobriza que bañaba las paredes del horno como si un sol diminuto hubiera amanecido bajo las piedras.

—En cuarenta minutos la corteza estará dorada y firme —dijo Clara, apoyando la pala contra el muelle de madera y sirviendo dos tazones de tisana de poleo y menta silvestre en la mesa—. Escuche afuera, Lucian.

El meteorólogo aguzó el oído. El silbido agudo y hostil del viento polar que había azotado la garganta durante veinticuatro horas se había suavizado hasta convertirse en un murmullo constante y templado. El vapor caliente que ascendía por la chimenea limpia se expandía en círculos sobre el tejado del molino, fundiendo los carámbanos de los aleros y abriendo un claro de cielo azul entre los nubarrones de nieve.

—El calor no se queda en el horno —dijo Lucian, asomándose al ventanal del zaguán con una sonrisa que le iluminaba el rostro entero—. Desciende por el cauce del río... la escarcha de los huertos bajos se está evaporando en una neblina mansa.

—Es la promesa de las Cuatro Lumbres —explicó Clara, entregándole su tazón caliente—. Mi bisabuelo decía que cuando una de las piedras despierta de verdad, llama a las otras tres a través de las venas de agua de la montaña. Pero si las demás siguen dormidas o taponadas por los mercaderes, la nuestra volverá a enfriarse antes del solsticio.

Lucian dejó el tazón sobre la mesa y sacó su cuaderno de cuero gastado, abriéndolo por el mapa topográfico del valle que había trazado al llegar.

—La segunda lumbre está en la botica vieja del monasterio de San Román, junto al vado de los sauces —dijo él, señalando con el estilete una marca de tinta roja—. Y la tercera en los pinares altos, donde los guardabosques cuidan los tejos centenarios. Si los agentes de la Compañía de Carbón han intentado ahogar este molino, habrán hecho lo mismo con la botica y el bosque.

—Sara la herbolaria cuida la botica —dijo Clara con preocupación—. Y Abel el guardia de caminos vigila el paso. Son amigos desde niños, pero Sara es demasiado reservada para pedir ayuda y Abel prefiere reparar puentes antes que enfrentarse a los tratantes.

—Entonces iremos a verlos en cuanto saquemos el pan —afirmó Lucian sin dudarlo un segundo.

Clara lo miró con detenimiento. No quedaba rastro del cortesano pálido y estirado que había golpeado su cancela con arrogancia imperial. Tenía las mangas manchadas de ceniza, harina en el cuello de la camisa y, en la mirada, la calma de quien ha aprendido a respetar el trabajo ajeno.

◇

A las siete de la mañana, Clara abrió la compuerta del horno. El olor que inundó el obrador les hizo la boca agua a los dos: grano tostado, anís dulce, corteza caramelizada y humo limpio de leña de fresno.

Con movimientos certeros, Clara sacó la primera hogaza. La corteza crujió al contacto con el aire, de un castaño dorado salpicado de destellos rojizos allí donde la harina de cebada había recibido el calor de la piedra.

Clara partió el pan caliente por la mitad con las dos manos. Una nube de vapor aromático los envolvió a ambos, revelando una miga esponjosa y elástica de color crema.

—Pruébelo —le dijo, ofreciéndole la mitad más grande.

Lucian mordió el mendrugo caliente. El sabor era redondo, profundo, con un regusto dulce a cebada de montaña y una calidez que parecía descender directamente al pecho y disolver el último rastro de cansancio.

—Es... extraordinario —murmuró él, masticando despacio con los ojos cerrados—. Jamás comí nada semejante en los banquetes del alcázar.

—La magia de verdad no se escribe en los códices reales, sino en la corteza dorada que parte dos manos al mismo tiempo.

Lucian abrió los ojos y tomó la mano de Clara, aquella que aún sostenía la otra mitad del pan. Sus dedos se entrelazaron con naturalidad sobre la corteza caliente.

—No volveré a la cancillería de Burgos, Clara —dijo él con firmeza tranquila—. Me quedaré en este valle hasta que las cuatro lumbres ardan al unísono y el invierno no tenga por dónde entrar.

—Le tomaré la palabra, meteorólogo —sonrió ella, apretando sus dedos con una ternura que ya no necesitaba disfraces—. Ahora envuelva tres hogazas en paños limpios y cargue el burro. El camino hacia la botica de San Román es largo y no pienso dejar que la pimienta de Sara se hiele por culpa de su imperio.

Fin del Episodio 4 · de 4

La corteza de oro y la primera llama

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