El viento atrapado en la chimenea
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A media tarde, el viento del norte redobló su empuje contra las aspas trabadas del molino, arrancando a las vigas de alerce un lamento prolongado que hacía vibrar los cacharros de peltre en la alacena. Clara encendió un manojo de ramas secas de romero y brezo para ahumar el interior del tiro, pero el humo, en lugar de ascender hacia el cielo gris, rebotaba contra una masa densa de aire frío y volvía al obrador en bocanadas densas que hacían llorar los ojos.
—Hay un tapón de escarcha y carbonilla a diez varas de altura —dijo Lucian, que había subido al altillo con una pértiga de sondeo y una linterna sorda de latón—. La chimenea no respira. Si intentamos prender leña en la base, nos asfixiaremos antes de que el ladrillo alcance cuarenta grados.
Clara subió por la escalera de mano de peldaños desgastados, llevando una piqueta de deshollinar y un cubo de sal gorda. En el desván, el viento silbaba a través de las rendijas de los maderos con un tono sordo, casi humano.
—Mire aquí —dijo la muchacha, iluminando la trampilla de registro del cañón principal con la llama de una vela de cera de abejas—. Esta masa negra no es solo hollín de pino.
Lucian se inclinó sobre la abertura. Entre los cascotes de ceniza endurecida, una sustancia densa y brillante, semejante a la pez de calafatear navíos pero con un olor dulzón y penetrante a resina mineral, sellaba la junta del conducto.
—Cera negra de hulla —murmuró Lucian, raspando una muestra con la punta de su cortaplumas de hueso—. Este residuo no se forma con madera de roble ni de haya. Es el derivado de los hornillos portátiles que la Compañía Imperial de Minas vende en la capital para sustituir las chimeneas tradicionales.
—Los tratantes de carbón estuvieron en la posada del puente hace tres semanas —recordó Clara con la mandíbula apretada—. Ofrecían comprar los derechos de las lumbres comunales del valle a cambio de diez sacos de antracita por vecino. Decían que el fuego de leña era una antigualla de pastores y que el imperio traería estufas de hierro que no necesitan que nadie las cuide.
—Y al que se niega a vender, le tapan el tiro antes de que caiga la primera nieve —completó Lucian, examinando la cera con amargura—. No fue solo mi error de cálculo con las corrientes, Clara. Alguien encauzó la tormenta hacia la boca del molino aprovechando que la chimenea estaba taponada con esta brea.
Clara lo miró fijamente. En la penumbra del desván, la luz dorada de la vela marcaba los pómulos afilados del meteorólogo y el brillo sincero de indignación en sus ojos.
—Entonces ya no se trata solo de salvar mi harina, don Lucian. Se trata de impedir que esos mercachifles conviertan el valle en una sucursal de sus pozos de carbón.
El trabajo de despejar el conducto requirió dos horas de esfuerzo extenuante en un espacio tan angosto que apenas permitía doblar los codos. Clara sostenía la linterna y golpeaba con la piqueta para fracturar los bloques de pez helada, mientras Lucian, con las mangas de la camisa remangadas y los brazos cubiertos de hollín hasta los codos, extraía los cascotes y los arrojaba al cubo.
En varias ocasiones, el peso de un fragmento de piedra o el balanceo de la escalera los obligó a sostenerse el uno al otro en la oscuridad. Clara sintió la respiración cálida de Lucian en su cuello y la firmeza inesperada de sus manos cuando la sujetó de la cintura para evitar que resbalara en el último peldaño.
—Gracias —dijo ella en un susurro, recomponiéndose el mandil con una rapidez que intentaba disimular el rubor repentino de sus mejillas.
—Un meteorólogo de la cancillería sirve para algo más que redactar informes con pluma de ave, al parecer —bromeó él con media sonrisa cansada.
—No se confíe todavía. Quien intenta domar el viento con órdenes de rey termina durmiendo a la intemperie con las manos vacías.
Lucian soltó una carcajada breve y limpia que resonó en el hueco del cañón.
—Esa sentencia debería estar grabada en letras de bronce sobre la puerta de la academia en Burgos.
Con un último golpe de piqueta, una corriente de aire limpio rompió el tapón de brea. Un rumor hondo recorrió el tiro de arriba abajo, como cuando alguien vuelve a respirar después de mucho tiempo bajo el agua. En el tejado, el viento del norte dejó de golpear a ciegas y empezó a correr en espiral por los conductos limpios, y la veleta de hierro con forma de gallo giró por fin hacia donde debía.
Abajo, en la solera del horno, un crujido sordo anunció que la piedra acababa de recibir el aire del exterior.
—El tiro está abierto —dijo Clara, limpiándose una mancha de hollín de la mejilla mientras bajaba la escalera—. Ahora falta lo más difícil: convencer a la piedra de que no la hemos abandonado.
Señaló la solera, donde la piedra seguía gris y muda bajo el hollín.
—Mi bisabuelo decía que una lumbre dormida solo despierta con pan amasado a cuatro manos —añadió—, y que si una de esas manos miente, no despierta nunca. Nos quedan diez horas hasta el alba, don Lucian. Espero que no tenga nada más que contarme.
Fin del Episodio 2 · de 4
El viento atrapado en la chimenea
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