La crecida del equinoccio
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En la noche del decimonoveno día, cuando solo faltaban cuatro vanos para cerrar la pasarela central y unir las dos mitades del viaducto, el cielo del sur se encendió con relámpagos mudos de color azufre.
El deshielo de las cumbres altas se adelantó cuarenta y ocho horas. Un aluvión de barro, nieve podrida y troncos de alerce bajó rugiendo por la garganta a treinta nudos. El nivel del agua subió seis varas en menos de dos horas, alcanzando la base de los andamios de madera auxiliares y arrancando las barcazas de servicio como si fueran cáscaras de nuez.
—¡Se rompió el cable de sujeción del arco sur! —gritó el capataz de Veradia, asomándose a la puerta del barracón empapado en agua gélida—. ¡La mitad de Lyra está oscilando con el viento y va a colapsar sobre el río!
Kaelen y Lyra salieron corriendo hacia la estructura bajo una lluvia torrencial que azotaba la madera como una cortina de plomo. El puente de hierro vibraba con un gemido aterrador: el vano sur, suspendido en el vacío sin el contrapeso de la clave central, oscilaba de lado a lado con una amplitud de casi una vara.
La naturaleza no negocia tratados de paz: cuando el agua rompe la presa de hielo, solo la verdad de la estructura decide quién queda en pie.
—¡Hay que meter la viga de cierre ahora mismo! —gritó Kaelen contra el aullido del temporal—. ¡Si no trabamos el pasador central antes de que suba la marea de lodo, la torsión arrancará los pernos del estribo!
—¡La grúa no llega con este viento! —respondió Lyra mientras se aseguraba el cabo de vida al cinturón—. ¡Hay que empujar la viga a mano por el riel de rodadura!
Sin esperar la ayuda de los obreros aterrorizados, Kaelen y Lyra corrieron sobre la estrecha pasarela de tablones empapados, trescientos metros sobre el torrente negro y embravecido. La viga de cierre, una pieza maciza de hierro forjado de dos toneladas montada sobre rodillos de bronce, descansaba al borde del abismo.
Apoyaron los hombros contra el hierro mojado. El viento intentaba arrancarlos de la barandilla, pero empujaron al unísono, sincronizando la fuerza de sus cuerpos como habían aprendido a sincronizar sus plumas sobre el papel. Con un esfuerzo agónico que les desgarró los músculos del pecho, empujaron la pieza pulgada a pulgada.
El pasador maestro cayó en su alojamiento con un golpe sordo y majestuoso: ¡CLAC!
La estructura completa absorbió el impacto en una fracción de segundo. La oscilación se detuvo en seco, el hierro cantó en una sola nota sólida y la armadura se convirtió en un arco continuo y monolítico que cortó el viento con la firmeza de una montaña.
La furia del deshielo del equinoccio superó todos los registros históricos de las crónicas de la cuenca. La presa de hielo que retenía las aguas en los lagos superiores reventó a medianoche con un estampido sordo que hizo temblar los cristales del barracón a tres leguas de distancia, liberando un torrente de cien mil varas cúbicas de agua enfangada que arrancó de cuajo los bosques de abeto de la ribera.
Cuando Kaelen y Lyra alcanzaron la pasarela central del viaducto, las olas de fango negro salpicaban las vigas de celosía a veinte varas de altura. La estructura entera cantaba con una vibración aguda y amenazante: los tirantes de hierro dulce estaban trabajando al límite de su resistencia a la tracción, estirándose milímetro a milímetro bajo el embate de los troncos que chocaban contra las pilas de piedra.
—¡Si la viga no entra en su caja en tres minutos, la torsión romperá las orejetas del estribo sur! —aulló Kaelen, con el agua helada chorreándole por la frente y metiéndosele por los ojos—. ¡Apoya la palanca de hierro contra el talón del rodillo!
Lyra encajó la barra de uña de acero bajo la zapata del pasador y apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el mango de fresno. Kaelen se arrojó a su lado, entrelazando sus brazos con los de ella para multiplicar la fuerza del empuje. Sus respiraciones se mezclaron en una sola nube blanca en medio del vendaval, sus músculos temblando al unísono contra el metal helado hasta que el pasador maestro se deslizó en su mortaja con un chasquido que resonó por encima de la tormenta como el cierre de una fortaleza inexpugnable.
Cuando la marea de fango y hielo comenzó a golpear los espolones del estribo, la fuerza del torrente era tan colosal que el agua salpicaba los tablones de la pasarela a más de cuarenta metros de altura. Pero el arco de hierro cerrado resistió el embate sin una sola queja: la energía del choque se transmitió a lo largo de las curvas parabólicas directamente hacia la veta de granito verde, disipando la furia del río en la masa inmutable de la montaña.
Kaelen y Lyra quedaron abrazados contra la barandilla de hierro, empapados hasta los huesos y temblando de agotamiento, escuchando el rugido del agua vencida que pasaba bajo sus pies sin poder tocar la obra que habían alzado juntos.
Fin del Episodio 4 · de 5
La crecida del equinoccio
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