El viento de la garganta
~4 min · 898 palabras
A las seis de la mañana, el desfiladero de las Agujas era una herida de niebla abierta en el corazón de los montes negros. Trescientos metros más abajo, el río bramaba con la furia del deshielo, arrastrando témpanos de hielo sucio que chocaban contra los espolones de piedra con estampidos sordos semejantes a cañonazos.
Kaelen y Lyra descendieron por la escala de gato anclada al cantil norte. Kaelen llevaba un arnés de soga de cáñamo alquitranado y el teodolito de campaña de bronce en una caja de caoba atada a la espalda. El viento del cañón soplaba en ráfagas heladas que congelaban el sudor bajo el gorro de lana y hacían vibrar los cables guía como bordones de violonchelo.
Lyra se movía sobre la cornisa con una naturalidad desconcertante. Sus botas de suela de cuero claveteada encontraban apoyos microscópicos en la pared vertical de roca donde Kaelen solo veía un precipicio resbaladizo.
—Ponga el pie en la hendidura del esquisto —le ordenó ella sin volverse, tendiéndole una mano firme y callosa—. Si mira hacia el fondo del agua se le va a revolver la cabeza. Mire mis botas y nada más.
Kaelen tragó saliva, aceptó la mano de Lyra y sintió el calor áspero de su piel contra sus dedos entumecidos. La fuerza de la muchacha era real, forjada en diez años de elevar bloques de tres toneladas con cabrestantes de madera.
Colgarse a trescientos metros sobre el vacío te quita toda la arrogancia: allí abajo el río suena igual para los reyes que para los canteros.
Llegaron a la repisa natural donde debía descansar el estribo septentrional. Lyra se arrodilló, sacó su martillo de geólogo y golpeó la roca en tres puntos distintos. El metal despidió un tañido limpio, musical, como una campana de bronce recién fundida.
—Aquí —dijo ella, frotando el polvo gris con el pulgar para dejar al descubierto una veta de cuarzo y hornblenda verde—. Este banco de granito tiene doce varas de espesor y se extiende hasta la raíz de la montaña. Si clavamos los tirantes aquí con pernos de hierro dulce cementados en plomo, el puente podrá aguantar el paso de tres regimientos de artillería al galope.
Kaelen montó el trípode del teodolito sobre el rellano y niveló las burbujas de alcohol con dedos temblorosos. Miró a través de la lente de aumento hacia la orilla opuesta, donde los obreros de Veradia levantaban las primeras grúas de madera de alerce.
—Si desplazamos el eje diez varas al este para apoyarnos en esta veta —murmuró él haciendo girar los tornillos micrométricos—, la longitud total del vano aumenta en siete brazas. Tendremos que rediseñar el arco parabólico completo esta noche.
Lyra sonrió de lado, una sonrisa breve y afilada que le iluminó los ojos castaños en medio de la niebla.
—Pues prepare más té amargo, señor calculista. Porque a mí todavía me queda medio frasco de tinta roja.
El descenso por la escala de gato hacia la repisa del cantil norte requería una templanza que ningún examen teórico podía evaluar. Los peldaños de hierro forjado estaban empotrados directamente en la roca viva con cuñas de plomo, pero la escarcha matutina los convertía en barras resbaladizas donde un pie mal afirmado significaba caer al vacío sin remisión.
Kaelen sentía el peso del teodolito tirando de sus hombros con cada peldaño que bajaba. Abajo, el río embravecido arrastraba bloques de hielo del tamaño de carretas de bueyes que estallaban contra los espolones del cañón con el estruendo de un bombardeo naval. El rocío helado del torrente subía en una nube fina que le empapaba las pestañas y le escarchaba el cuello de la camisa.
Lyra se detuvo en una plataforma natural donde la roca formaba un voladizo de tres varas sobre el torrente. Se inclinó sobre el abismo sin vacilar, señalando con la maza de hierro una franja de color verde oscuro que cortaba transversalmente la ladera de basalto como una cinta de esmeralda petrificada.
—Mírela con sus propios ojos, calculista —dijo ella, asiéndolo por el cinturón de cuero para darle estabilidad frente a las ráfagas del desfiladero—. Granito verde de grano fino con inclusiones de cuarzo blanco. No tiene grietas de tensión ni filtraciones freáticas. Esta roca lleva aquí desde que el mundo se enfrió y aguantará el peso de su puente hasta el fin de los tiempos.
Kaelen apoyó la palma desnuda sobre la piedra mojada. Sintió la textura áspera y mineral de la roca, fría como el hielo pero sólida como una promesa de hierro. Miró a Lyra: la muchacha tenía las mejillas encendidas por el viento y el cabello oscuro perlado de gotitas de escarcha, y por un instante el desfiladero entero pareció enmudecer alrededor de su mirada desafiante.
Kaelen apoyó el cuaderno de campo contra el hombro de granito y comenzó a trazar el perfil de elevación de la veta. La proximidad de Lyra, el calor de su respiración en el aire helado y la seguridad con que sus botas pisaban el borde mismo de la sima provocaban en él una inquietud nueva que ninguna fórmula hidrostática podía explicar. Durante toda su vida había considerado a los artesanos de la piedra como peones rústicos incapaces de comprender la belleza abstracta de los números; ahora descubría que en los dedos de aquella mujer había una sabiduría física más antigua y certera que todos los volúmenes encuadernados en becerro de la biblioteca real.
Fin del Episodio 2 · de 5
El viento de la garganta
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