El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde·Episodio 05

El caso del asesinato de Carew

~9 min · 1700 palabras

Cerca de un año después, en el mes de octubre de 18—, Londres se vio conmocionado por un crimen de singular ferocidad, que resultó tanto más sonado por la alta posición de la víctima. Los detalles eran escasos y sobrecogedores. Una criada que vivía sola en una casa no lejos del río había subido a acostarse hacia las once. Aunque la niebla cubrió la ciudad a altas horas de la madrugada, la primera parte de la noche estuvo despejada, y el callejón, al que daba la ventana de la doncella, estaba brillantemente iluminado por la luna llena. Parece ser que era de inclinación romántica, pues se sentó en su baúl, situado justo debajo de la ventana, y se entregó a un ensueño de meditaciones. Jamás (solía decir, entre un torrente de lágrimas, cuando relataba aquella vivencia), jamás se había sentido más en paz con todos los hombres ni había pensado con más bondad en el mundo. Y mientras permanecía allí sentada, reparó en un anciano y distinguido caballero de pelo blanco que se aproximaba por el callejón; y avanzando a su encuentro, otro caballero muy menudo, al que al principio prestó menos atención. Cuando estuvieron a tiro de voz (lo que ocurrió justo ante los ojos de la muchacha), el más viejo se inclinó y abordó al otro con una cortesía de lo más primorosa. No parecía que el asunto del que trataba fuera de gran importancia; en verdad, por los ademanes con que señalaba, a veces parecía tan solo inquirir por su camino; pero la luna le iluminaba el rostro al hablar, y a la muchacha le complació contemplarlo: parecía traslucir una bondad tan inocente y de antiguo cuño, y con todo algo de noble también, como de una bien fundada satisfacción consigo mismo. Al punto sus ojos se dirigieron al otro, y se sorprendió al reconocer en él a cierto señor Hyde, que en una ocasión había visitado a su amo y por quien había concebido cierta aversión. Llevaba en la mano un pesado bastón, con el que jugueteaba; pero no respondió una sola palabra y parecía escuchar con una impaciencia mal contenida. Y entonces, de repente, estalló en una gran llamarada de furor, pateando el suelo, blandiendo el bastón y comportándose (según describió la criada) como un loco de remate. El anciano caballero dio un paso atrás, con el aire de quien está sumamente sorprendido y un poco ofendido; y ante aquello, el señor Hyde perdió todo freno y lo derribó al suelo a golpes. Y al instante siguiente, con furia simiesca, pisoteaba a su víctima y descargaba sobre ella una tormenta de golpes, bajo los cuales los huesos se quebraban audiblemente y el cuerpo saltaba sobre la calzada. Ante el horror de tales visiones y sonidos, la criada se desmayó.

Eran las dos cuando recobró el sentido y llamó a la policía. El asesino se había marchado hacía mucho; pero allí yacía su víctima en medio del callejón, increíblemente destrozada. El bastón con el que se había perpetrado el hecho, aunque era de una madera rara, pesadísima y muy resistente, se había partido por la mitad bajo la violencia de aquella crueldad insensata; y una mitad astillada había rodado hasta la cuneta inmediata; la otra, sin duda, se la había llevado el asesino. En el cadáver se hallaron una bolsa y un reloj de oro; pero ninguna tarjeta ni documento, a excepción de un sobre cerrado y franqueado que probablemente llevaba al correo y que ostentaba el nombre y la dirección del señor Utterson.

Se lo llevaron al abogado a la mañana siguiente, antes de que este se hubiera levantado de la cama; y no bien lo hubo visto y le hubieron referido las circunstancias, apretó los labios con gravedad. «No diré nada hasta que haya visto el cadáver —dijo—; esto puede ser muy grave. Tenga la bondad de esperar mientras me visto». Y con el mismo semblante grave despachó apresuradamente el desayuno y se dirigió en coche a la comisaría de policía, adonde habían trasladado el cuerpo. En cuanto entró en la celda, asintió con la cabeza.

—Sí —dijo—, lo reconozco. Lamento decir que se trata de sir Danvers Carew.

—¡Santo Dios, señor! —exclamó el oficial—, ¿es posible? —Y al momento siguiente sus ojos brillaron de ambición profesional—. Esto va a armar mucho ruido —dijo—. Y tal vez usted pueda ayudarnos a dar con el individuo. —Y refirió brevemente lo que la criada había visto, y le mostró el bastón roto.

El señor Utterson ya se había estremecido al oír el nombre de Hyde; pero cuando le pusieron el bastón por delante, ya no le cupo duda alguna; quebrado y maltrecho como estaba, lo reconoció como uno que él mismo le había regalado muchos años atrás a Henry Jekyll.

—¿Es este señor Hyde una persona de baja estatura? —preguntó.

—Particularmente bajo y de aspecto particularmente avieso, es como lo describe la criada —dijo el oficial.

El señor Utterson reflexionó; y luego, alzando la cabeza: «Si quiere venir conmigo en mi coche —dijo—, creo que podré llevarlo a su casa».

Eran por entonces cerca de las nueve de la mañana, y se trataba de la primera niebla de la estación. Un gran sudario de color chocolate descendía sobre el cielo, pero el viento acometía y dispersaba de continuo aquellos vapores en combate; de modo que, mientras el coche avanzaba despacio de calle en calle, el señor Utterson contempló un prodigioso número de grados y matices de penumbra; pues allí reinaba una oscuridad semejante a la del declinar de la tarde; más allá un resplandor de un pardo intenso y cárdeno, semejante a la luz de una extraña conflagración; y aquí, por un momento, la niebla se abría del todo y un desolado rayo de luz diurna se filtraba entre los remolinos flotantes. El lúgubre barrio del Soho, visto bajo estos vislumbres cambiantes, con sus calles enfangadas, sus transeúntes desastrados y sus farolas, que nunca se habían apagado o se habían encendido de nuevo para combatir aquella luctuosa reinvasión de las tinieblas, semejaba a ojos del abogado el distrito de alguna ciudad de pesadilla. Los pensamientos que albergaba eran, además, del cariz más sombrío; y cuando miraba al compañero de viaje, era consciente de cierta punzada de aquel temor a la ley y a sus agentes que a veces puede asaltar al más honrado.

Al detenerse el coche ante la dirección indicada, la niebla se alzó un poco y dejó al descubierto una calle deslucida, una taberna de ginebra, una casa de comidas francesa de mala muerte, una tienda de folletines baratos y ensaladas de dos peniques, multitud de chiquillos harapientos acurrucados en los portales y muchas mujeres de las más diversas nacionalidades que salían, llave en mano, a tomarse su copa matutina; y al momento siguiente la niebla se abatió de nuevo sobre aquel paraje, parda como la sombra natural, y lo aisló de aquel entorno infame. Era este el domicilio del favorito de Henry Jekyll; de un hombre que era heredero de un cuarto de millón de libras esterlinas.

Una anciana de rostro marfileño y pelo plateado abrió la puerta. Tenía un semblante perverso, suavizado por la hipocresía, pero sus modales eran excelentes. Sí, dijo, aquella era la casa del señor Hyde, pero él no estaba; había vuelto a casa esa noche muy tarde, pero se había marchado de nuevo en menos de una hora; no había nada de extraño en ello; sus costumbres eran muy irregulares y se ausentaba con frecuencia; por ejemplo, hacía cerca de dos meses que no lo veía hasta el día de ayer.

—Muy bien, en tal caso deseamos ver sus habitaciones —dijo el abogado; y cuando la mujer empezó a declarar que aquello era imposible—: Será mejor que le diga quién es este caballero —añadió—. Es el inspector Newcomen de Scotland Yard.

Un destello de odioso regocijo apareció en el rostro de la mujer. —¡Ah! —dijo—, ¡está en apuros! ¿Qué ha hecho?

El señor Utterson y el inspector intercambiaron miradas. —No parece un sujeto muy apreciado —observó este último—. Y ahora, buena mujer, permítanos a este caballero y a mí echar una mirada por aquí.

En toda la extensión de la casa, que salvo por la anciana se hallaba por lo demás vacía, el señor Hyde solo había ocupado un par de habitaciones; pero estaban amuebladas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de vino; la vajilla era de plata, la mantelería, elegante; un buen cuadro colgaba de la pared, obsequio (según supuso Utterson) de Henry Jekyll, que era un gran entendido; y las alfombras eran espesas y de agradable colorido. En aquel momento, sin embargo, los cuartos mostraban todas las señales de haber sido registrados reciente y apresuradamente; había ropas esparcidas por el suelo, con los bolsillos vueltos del revés; cajones con cerradura permanecían abiertos de par en par; y en el hogar yacía un montón de cenizas grises, como si se hubiesen quemado numerosos papeles. De entre aquellas brasas el inspector desenterró la matriz de un talonario verde de cheques, que había resistido la acción del fuego; la otra mitad del bastón apareció detrás de la puerta; y como esto confirmó sus sospechas, el oficial se declaró encantado. Una visita al banco, donde se descubrió que figuraban varios miles de libras en la cuenta del asesino, completó su satisfacción.

—Puede tener la certeza, señor —le dijo al señor Utterson—: lo tengo en mis manos. Debe de haber perdido la cabeza, pues de lo contrario jamás habría dejado el bastón ni, sobre todo, habría quemado el talonario de cheques. ¡Si el dinero es la vida para ese hombre! No tenemos más que esperarlo en el banco y distribuir los pasquines.

Esto último, sin embargo, no era tan fácil de llevar a cabo, pues el señor Hyde contaba con muy pocos allegados —incluso el amo de la sirvienta solo lo había visto en dos ocasiones—; no se hallaba rastro de su familia por ninguna parte; jamás había sido fotografiado; y los pocos que podían describirlo diferían enormemente, como suele ocurrir con los observadores ordinarios. Solo en un punto coincidían todos: en la obsesiva sensación de una deformidad inexpresable que el fugitivo dejaba impresa en quienes lo contemplaban.

Fin del Episodio 5 · de 15

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