Cuentos de amor·Episodio 25

Á un Ángel · 20

~5 min · 1091 palabras

Dícese que una viuda es más fácil de galantear que una soltera; pero en estas cuestiones tan peliagudas, yo digo que no hay reglas ni axiomas; cada persona difiere ó por su carácter ó por el mismo exceso de su apasionamiento. Agustín sentía, al acercarse á la Condesa, todos los síntomas de la timidez enfermiza, y mientras á solas preparaba declaraciones abrasadoras, discursos perfectamente hilados y tan persuasivos que ablandarían las piedras, lo cierto es que en presencia de su diosa no sabía despegar los labios; su garganta no formaba sonidos, ni su pensamiento coordinaba ideas... Todos reconocerán que este estado tiene poco de agradable, y que Agustín no era dichoso, ni mucho menos.

Vanamente apelaba á su razón para vencer aquella timidez estúpida... Su razón le decía que él, Agustín Oriol de Lopardo, caballero por los cuatro costados, joven, con hacienda, inteligencia y aptitudes para abrirse camino, era un excelente candidato á la mano de cualquiera mujer, por bonita y encopetada que se la suponga... ¿Por qué no había de quererle la Condesa? ¿Por qué, vamos á ver, por qué? El debía acercarse á ella ufano, arrogante, seguro de su victoria. Y todas las noches, al retirarse á su casa, se lo proponía...., y al día siguiente procedía lo mismo que el anterior. Se insultaba a sí mismo; se trataba de menguado, de necio, pero no podía vencerse... No podía, y no podía.

De modo que, al año próximamente de un enamoramiento tan intenso que le ocasionaba trastornos cardíacos, violentos hasta el síncope, Agustín no había cruzado aún palabra, lo que se dice palabra, con su idolatrada viuda. Iba á todas partes donde podía encontrarse con ella, pasaba muchas veces por debajo de sus balcones, se trasladaba á San Sebastián el mismo día que ella y en el mismo tren..., y aun ignoraría el sonido de su voz si no hubiese prestado ansioso oído á las conversaciones que ella sostenía con otras personas...

Por fin, un día—precisamente en San Sebastián—presentóse rodada la ocasión de romper el hielo. Fue en la terraza del Casino, á la hora en que una muchedumbre elegantemente ataviada respira el aire y escucha, ó, por mejor decir, no escucha la música, sino las infinitas charlas, que hacen otro rumor más contenido y más suave, como de colmena. Agustín estaba muy próximo á su amada, y devoraba con los ojos el perfil fino, asomando bajo el sombrero todo empenachado de plumas. Ella le observaba de reojo; y viéndole tan cerca, de pronto sintió impulsos de dirigirla la palabra. No era correcto, no era serio, no era propio de una señora... Bueno. Por encima de las fórmulas sociales están las circunstancias, y hay de estas irregularidades que todo el mundo comete, cuando á ello le empuja un fuerte estímulo... La viudita no podía menos de haber notado aquella adoración profunda, continua, que la rodeaba como el cuerpo astral al cuerpo visible, y sentía una curiosidad femenil, ardorosa, el afán de saber qué diría aquel adorador mudo, que la bebía y la respiraba. Resuelta, con sonriente afabilidad, con un alarde infantil que disimulaba lo aturdido del procedimiento, exclamó:

—¡Qué noche tan hermosa! ¿Verdad que es una delicia?

Agustín sintió como si campanas doblasen en su cerebro, no sabía si á muerte ó si á gloria; su sangre giró de súbito, sus oídos zumbaron..., y con tartajosa lengua, con voz imposible de reconocer, con un acento ronco y balbuciente, soltó esta frase:

—Sí... señor! ¡Sí... señor!

Fué como si otro hubiese hablado... Un individuo zumbón, dentro de Agustín, se reía sardónico, se mofaba de la extravagante respuesta... ¡Acababa de llamar «señor» á la única mujer que para él existía en el mundo! ¡No se le había ocurrido sino tal inepcia! Y ahora, con la lengua seca y el corazón inundado de bochorno, tampoco se le ocurría más. ¡Qué había de ocurrírsele! La terraza daba vueltas, el suelo huía bajo sus pies... Exhaló un gemido ronco, se llevó las manos á la cabeza, y levantándose, tambaleándose, huyó sin volver la vista atrás. Aquella noche pensó varias veces en el suicidio.

A la mañana siguiente, sintiéndose incapaz de presentarse de nuevo ante la que ya debía despreciarle, salió para Francia en el primer tren. Estuvo ausente muchos años; en ellos no volvió á saber de su adorada. Un día leyó en un periódico que se había casado. Todavía la noticia le causó grave pena. Después, lentamente, fue olvidando, nunca del todo.

Habían corrido cerca de cuatro lustros; las canas rafagueaban el negro cabello de Agustín, cuando en uno de sus viajes entró una señora, con dos señoritas, en el mismo departamento. Agustín la reconoció..., y aun su corazón, del cual padecía, le avisó de que era ella,—muy cambiada, muy envejecida,—pero ella. ¿Fue reconocido Agustín? No se sabe. Lo cierto es que se trabó conversación entre ambos viajeros, y que esta vez, no habiendo el estorbo de un amor tan insensato, Agustín charló sin recelo, y las horas corrieron sin sentir. La viajera habló de su juventud, y murmuró confidencialmente:

—De cuantos homenajes han podido tributarme, el que más agradecí, porque era el más sincero, consistió en que un joven que me seguía como mi sombra, me contestase, al dirigirle yo por primera vez la palabra: «Sí, señor...» ¿Comprende usted? Era tal su aturdimiento, que no acertó á decir otra cosa... Los requiebros más entusiastas no pueden halagar tanto á una mujer como una turbación, que parece señal de pasión verdadera...

—¿De modo... que usted no se rió de aquel hombre? —preguntó Agustín.

—Al contrario... —respondió la señora, con acento en que parecía temblar una lágrima.

◇

Págs.

Prefacio 5

El amor asesinado 13

El viajero 17

El corazón perdido 22

Mi suicidio 26

La última ilusión de Don Juan 32

Desquite 38

El dominó verde 44

La aventura del Angel 52

El fantasma 59

La perla rosa 65

Un parecido 72

Memento 79

La caja de oro 86

La sirena 91

Así y todo 98

La cabellera de Laura 105

Delincuente honrado 112

Primer amor 118

La inspiración 129

Champagne 136

Sor Aparición 142

¿Justicia? 150

Más allá 156

La culpable 161

La novia fiel 166

Afra 172

Cuento soñado 179

Los buenos tiempos 185

Sara y Agar 194

Maldición de gitana 201

La bicha 208

Sangre del brazo 215

Consuelo 222

La novela de Raimundo 226

El encaje roto 233

Martina 240

Apólogo 249

A secreto agravio 256

La religión de Gonzalo 263

El panorama de la Princesa 263

Remordimiento 276

Temprano y con sol 283

Sí, señor 293

Fin del Episodio 25 · de 25

Á un Ángel · 20

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