Á un Ángel · 17
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Entretanto, el establecimiento medraba, y Riopardo, moreno, afeitado, lucio, adquiría ese aplomo que acompaña á la prosperidad. Los negocios iban como una seda, y esperaba morir capitalista, á semejanza de otros negociantes de la misma plaza que habían tenido comienzos más humildes aún... Hoy convenía trabajar, aprovechando el vigor de los treinta años y la salud férrea. De día, desde las seis de la mañana, al pie del cañón, haciendo limpiar y asear, pesando, despachando, cobrando; de noche, compulsando registros, copiando facturas, contestando cartas... y así, sin descanso ni más intervalo que el de algún corto viaje á Barcelona y Madrid.
De uno de éstos volvió casado Riopardo; su mujer, linda muchacha, hija de un perfumista, apareció en la tienda desde el primer día, ayudando en el despacho á su marido y al dependiente. La cara juvenil y la fina habla castellana de María fueron otro aliciente más para la clientela. Sin ser activa ni laboriosa como su esposo, María era zalamera y solícita y daba gozo verla, bien ceñida de corsé, muy fosca de peinado, cortar con su blanca manecita de afilados dedos una rebanada de Gruyère ó una serie de rajas de salchichón, sutiles como hostias, pesarlas pulcramente y envolverlas en papeles de seda atados con cinta azul. La tienda sonreía, animada por el revuelo de unas faldas ligeras, y nadie como María para aplacar á una parroquiana descontenta, para halagar á un parroquiano exigente, para regalar un cromo á un niño ó deslizar un puñado de dátiles en el delantal de una cocinera gruñona...
El ejemplo de María, su atractivo, su complacencia, habían influído en el dependiente Germán. Mientras estuvo solo con Riopardo, Germán era hosco, indiferente y torpe; no se mudaba, no se rasuraba. María le arregló el cuarto—porque Germán vivía con sus patrones en el piso principal—le surtió de buen lavabo, de toallas; le repasó la ropa blanca y le compró cuellos y puños, con lo cual el dependiente sacó á luz su figura adamada, su rubio pelo rizado con gracia sobre la sien, y las criadas y las mismas señoras compraron de mejor gana en el establecimiento, que al fin las cosas de comer gusta recibirlas de gente aseada, moza y no fea... «También se come con la vista», solían decir.
Una tarde, casi anochecido, Riopardo, volviendo de arreglar asuntos urgentes en la Aduana, prefirió entrar en su casa por la puerta trasera, que caía á la Marina, ahorrándose así diez minutos de callejeo inútil, pues era, á fuer de hombre de acción, avaro de tiempo. Tenía en el bolsillo el llavín: abrió, salvó un pasadizo, y empujó la puerta del almacén, que cedió sin rechinar. El almacén, atestado de latas de petróleo, bocoyes de aguardiente y aceite, y sacas de arroz y harina, estaba á obscuras, y allá á su extremidad, Riopardo creyó percibir un cuchicheo ahogado y suave. Se detuvo, resguardado por una gran barrica, y miró. Al pronto no se ve nada, viniendo de fuera, cuando la luz es poca; pero á los tres minutos, la vista se acostumbra, y algo se percibe. Riopardo logró distinguir dos personas. De pronto, una de ellas, Germán, dijo en alta voz: «Está alguien en la tienda.» Y el modo de separarse, brusco, azorado, fué más inequívoco aún que la proximidad de los dos bultos...
Retrocedió Riopardo: salió por donde había entrado, y sin cuidarse ya de economizar tiempo penetró por la tienda en su casa. Cerróse ésta á la hora habitual; cenaron los tres, marido, mujer y dependiente, y se recogieron en paz á sus respectivos dormitorios los dos últimos. Riopardo volvió á bajar: era el momento de repasar cuentas y manejar libros. Llevaba su linterna sorda que le servía para registrar el almacén, en previsión de un incendio; y ya dentro del vasto recinto, empezó por atrancar la puerta que daba al pasadizo, y probar los cerrojos de la que con la tienda comunicaba.
Después, entregóse á una faena extraña: abrió un centenar de latas de petróleo y las inclinó para que el mineral corriese por el suelo; en seguida, ensopando una gran escoba en los charcos que se formaban, barnizó bien un punto determinado del techo, rociándolo de continuo con hisopazos fuertes. De un rincón trajo brazados de paja, papeles y astillas—residuos de los embalajes de las botellas—y los hacinó hasta formar una pirámide, que con ayuda de una escalera subió á la altura de las vigas del techo, en el mismo punto en que las había untado de petróleo. Hecho esto, siguió destapando latas y dió la vuelta al grifo de un inmenso barril de alcohol. El trajín había sido largo; Riopardo sentía que un sudor helado brotaba de sus cabellos. Descansó un instante y miró el reloj: era la una menos cuarto. Entonces se descalzó, abrió la puerta exterior dejándola arrimada, subió furtivamente la escalera y no paró hasta su alcoba. María dormía ó aparentaba dormir serenamente. La alcoba no tenía ventana. Riopardo, con maravilloso silencio, colocó delante de la vidriera sillas, butacas, ropas, un cofre, cuantos objetos pudo trasladar sin hacer ruido.
Retiróse, y al salir echó por fuera cerrojo y llave á la puerta del gabinete que comunicaba con la alcoba. Descendió otra vez á la tienda, metióse en el almacén, raspó un fósforo, encendió una mecha corta y la aplicó al suelo encharcado de aceite mineral. La llamarada súbita que se alzó le chamuscó pestañas y cabello. Sólo tuvo tiempo de huir á la tienda. El almacén no tardaría tres minutos en ser un brasero enorme.
El marido, con flema, se calzó, se limpió las manos y subió pisando recio. Golpeó á la puerta del dormitorio de Germán, que salió medio desnudo, despavorido. «Creo que hay fuego... Huele á humo... Baje usted... ¡No, antes de pedir socorro hay que cerciorarse!» Germán se precipitó sin más ropa que unos pantalones vestidos á escape y babuchas. Mal despierto aún del primer sueño de los veinte años, casi no comprendía lo que pasaba. Le precedía, Riopardo con la indispensable linterna.
Tienda y portal estaban ya llenos de un humo acre, asfixiante. «Pase usted, mire á ver dónde es...» Titubeaba el dependiente, ciego y atónito; Riopardo le empujó, le precipitó, ya sin disimular, dentro del horno, y aún tuvo fuerzas para correr los cerrojos y huir, saliendo al portal y á la calle. En ella respiró con delicia, cerciorándose de que por allí no andaba el sereno, ni pasaba nadie, y probablemente sucedería lo mismo durante el cuarto de hora necesario...
Sin embargo, á los diez minutos el humo era tal que, temeroso de ver abrirse ventanas y oir voces de socorro, el mismo Riopardo gritó. Al llegar los primeros auxilios, la casa, sobre todo el bajo y principal, no formaban más que una hoguera. Se atendió á aislar las casas vecinas y á salvar con escalas á los inquilinos del segundo y tercero. La fatalidad—observaron las gentes—quiso que el fuego se iniciase en la parte del almacén que correspondía con el dormitorio de la esposa de Riopardo, la cual, asfixiada por el humo, ni pudo levantarse á pedir socorro. Apareció carbonizada, lo mismo que el dependiente, presunto reo de imprudencia temeraria por fumar en el almacén.
No estando aseguradas las existencias del establecimiento, sobre el dueño no recayeron sospechas, sino gran lástima. Arruinado completamente, no faltó quien, estimando sus cualidades mercantiles, su laboriosidad, le adelantase dinero para abrir otra lonja; pero Riopardo dice tristemente á su antigua y fiel clientela:
—Ya no tengo ilusión... ¡Una esposa y un dependiente como los que perdí, no he de encontrarlos nunca!
La religión de Gonzalo
¿Y qué tal tu marido?—preguntó Rosalía á su amiga de la niñez Beatriz Córdoba, aprovechando el momento de intimidad y confianza que crea entre dos personas la atmósfera común, tibia de alientos y saturada de ligeros perfumes, de una berlina bien cerrada, bien acolchada, rodando por las desiertas calles del Retiro á las once de una espléndida y glacial mañana de Diciembre.
—¿Mi marido? —contestó Beatriz marcando sorpresa, porque creía que su completa felicidad debía leerse en la cara—. ¿Mi marido? ¿No me ves? ¡Otro así...! Por la de nadie cambiaría yo mi suerte...
Rosalía hizo un gestecillo, el mohín de instinto malévolo con que los mejores amigos acogen la exhibición de la ajena dicha, y murmuró impaciente:
—Mira, yo no te pregunto de interioridades. No soy tan indiscreta... Me refería á las ideas religiosas... ¿No te acuerdas?... ¡Gonzalo era... así... de la cáscara amarga, vamos!
Beatriz guardó silencio algunos instantes; y después, como si se resolviese á completas revelaciones, de esas que hacemos más por oirnos á nosotros mismos que porque un amigo las escuche, se volvió hacia su compañera de encierro, y alzando el velito á la altura de la nariz para emitir libremente la voz, habló aprisa:
—¡La irreligiosidad de Gonzalo! ¿Y si te dijese que por ella estuvimos á punto de no casarnos nunca? La pura verdad. Tú ya sabes que Gonzalo es mi primo, y mi familia y la suya siempre soñaron con hacer la boda, hasta que la mala reputación de Gonzalo en materias religiosas desbarató por completo el proyecto. Bien conociste á la pobre mamá, y no extrañarás si te digo que llegó al extremo de cerrarle la puerta á Gonzalo á piedra y lodo; vino diez veces lo menos, ¡y siempre habíamos salido! «Reconozco —decía mamá— que mi sobrino es muy simpático, que ha recibido una educación escogida, que posee una ilustración más que mediana; no puedo negar su hermosa figura, ni su clara inteligencia, ni su caballerosidad; tiene mi sangre, no le faltan bienes de fortuna... pero me horroriza pensar que no cree en nada, y ni se toma el trabajo de disimularlo. Malo es padecer desvaríos del alma y peor no ocultarlos siquiera.» Al escuchar estas cosas, yo salía á la defensa de Gonzalo; no me era posible dejar de quererle... un poco... es decir ¡mucho! Francamente, le seguía queriendo, incapaz de olvidar los tiempos en que le consideraba mi novio. Mamá notó de qué pie cojeaba su hija, y, para desimpresionarme, arregló mis bodas con Leoncio Díaz Saravia, el que ahora es subsecretario de Gobernación; era muchacho de valía, y se le presentaba un porvenir brillante; pero así y todo, yo no estaba entusiasmada: á lo sumo me resignaba, sin frío ni calor, al casamiento. ¡Somos tan raros! Lo único que me prestaba cierta tranquilidad, lo que me daba fuerzas cuando sentía sobre mí el peso abrumador de una tristeza involuntaria, era la voz que corría de que Gonzalo no quería amores, de que había resuelto no casarse jamás. «Eso lo hace por mí, por mi recuerdo», pensaba yo; y me consolaba al pensarlo.
—El que no se consuela... —murmuró sonriendo Rosalía, mientras alisaba con repetidos pases la blanda y densa piel de su manguito.
—Un día... no, una noche, porque estábamos en el teatro cuando nos enteramos... cundió la noticia de que Gonzalo, en un café, la había emprendido á bofetadas con un sujeto, y que se encontraban desafiados; lance serio, en condiciones de las que ya no se estilan, á quedar uno sobre el terreno... ¿Causa del conflicto? Voz unánime: «Una mujer.» El mismo Gonzalo lo confesaba, según decían los bien informados: tratábase de una señora, insultada delante de Gonzalo, y cuya defensa había tomado éste hiriendo el rostro del villano ofensor... ¡Lo que yo sentí! ¡En qué estado volví á casa! ¡Qué noche pasé, querida Rosalía! Es lo que no puede pintarse... Aparte del terror de que matasen á Gonzalo, otra cosa me encendía la sangre y me atirantaba los nervios...
—¿Los celos? —preguntó Rosalía con malicia gozosa.
—¿Quién lo duda?—Figúrate que se venían á tierra todas mis ilusiones. Que Gonzalo no me quisiese, pase, y era mucho pasar; pero que quisiese á otra tanto, hasta abofetear á la gente, hasta jugarse la vida... Yo había estado soñando por lo visto... ¡soñando como una necia! Mi novio de los primeros años, mi oculto anhelo de siempre, ni se ocupaba de mí; por otra iba á cruzar la espada, por otra á quien secretamente también prefería... ¿Quién era aquella mujer? ¿De qué sílabas se componían su nombre y su apellido? ¿Soltera? ¿Casada? Casada de seguro, cuando tal misterio la envolvía, que Gonzalo se negaba á nombrarla... Y yo daba vueltas en la cama, y la almohada se impregnaba de lágrimas calientes... Entonces me parecía estúpida mi resignación, inconcebible, absurda mi obediencia, absurda mi boda; y apenas amaneció, me fuí derecha al dormitorio de mi madre, y me abracé á ella en tal estado de aflicción y de trastorno, que la pobrecilla (bien recordarás lo extremosa que era en quererme) me dijo así: «Pequeña, serénate... Voy á ver qué le ha sucedido al talabarte de mi sobrino... Si está herido, te prometo cuidarle como su propia madre le cuidaría...»
Herido estaba en efecto, pero no de gravedad; su adversario sí que se llevó una buena estocada, ¡que á no resbalar en una costilla...! Así que Gonzalo pudo salir—y fué muy pronto—vino apresurado á dar las gracias á mamá. ¡Ay, Rosalía! ¡Qué impresión! Noté que me miraba... vamos... como otras veces... y á las primeras palabritas que deslizó, estando los dos en el hueco de una ventana que daba al jardín... no lo pude remediar... solté la pregunta difícil...
—¿Esa mujer por quien te has batido...?
Se puso encarnadísimo, lo cual me pareció mala señal, y contestó muy confuso y medio riendo:
—¡Mujer!... Sí, ¡una mujer ha sido la causa!...
Hice un movimiento para separarme, para huir (estaba furiosa, le hubiese pegado), y entonces él, con ese modo que tiene de decir las cosas, que no hay remedio sino creerle, exclamó:
—Beatriz, no caviles... A mí no me ha dado en qué pensar, en cierto terreno y por cierto estilo, ninguna mujer sino una... ¡que tú conoces mucho...! Ea, no te alteres, no pongas esa cara... Si no te burlas, te enteraré... El bárbaro á quien di una lección estaba injuriando...
—¿A quién? —pregunté con afán al ver que Gonzalo se paraba.
—A... ¡á la Virgen María!...
—¡A la Virgen María! —repetí yo atónita.
—Justamente... Por mi honor que es verdad... Ya conozco que te parecerá raro... Por eso no permití que se divulgase; más vale que se figuren otra cosa; así al menos no se reirán de mí... no me llamarán Quijote...
—Pero tú... Gonzalo... tú... Entonces, mamá, que dice que tú... que tus creencias... tartamudeé, temiendo asfixiarme de alegría.
—¿Qué tienen que ver las creencias? —me replicó él casi con dureza—. La Virgen es una mujer... y delante de quien tenga vergüenza y manos, á una mujer no se la ofende...
Fin del Episodio 22 · de 25
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