Á un Ángel · 10
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Nunca había sido tan feliz Amelia. ¿Qué podía desear? Germán estaba allí, y la boda era asunto concertado, resuelto, aplazado sólo por la necesidad de que Germán encontrase una posicioncita, una base para establecerse; una fiscalía, por ejemplo. Como transcurriese un año más y la posición no se hubiese encontrado aún, Germán decidió abrir bufete y mezclarse en la politiquilla local, á ver si así iba adquiriendo favor y conseguía el ansiado puesto. Los nuevos quehaceres le obligaron á no ver á Amelia ni tanto tiempo ni tan á menudo. Cuando la muchacha se lamentaba de esto, Germán se vindicaba plenamente; había que pensar en el porvenir; ya sabía Amelia que un día ú otro se casarían, y no debía fijarse en menudencias, en remilgos propios de los que empiezan á quererse. En efecto, Germán continuaba con el firme propósito de casarse así que se lo permitiesen las circunstancias.
Al noveno año de relaciones notaron los padres de Amelia (y acabó por notarlo todo el mundo), que el carácter de la muchacha parecía completamente variado. En vez de la sana alegría y la igualdad de humor que la adornaban, mostrábase llena de rarezas y caprichos, ya riendo á carcajadas, ya encerrada en hosco silencio. Su salud se alteró también: advertía desgana invencible, insomnios crueles, que la obligaban á pasarse las noches levantada, porque decía que la cama, con el desvelo, le parecía su sepulcro; además, sufría aflicciones al corazón y ataques nerviosos. Cuando la preguntaban en qué consistía su mal, contestaba lacónicamente: «No lo sé.» Y era cierto; pero al fin lo supo, y el saberlo la hizo mayor daño.
¿Qué mínimos indicios; qué insensibles pero eslabonados hechos; qué inexplicables revelaciones emanadas de cuanto nos rodea, hacen que sin averiguar nada nuevo ni concreto, sin que nadie la entere con precisión impúdica, la ayer ignorante doncella entienda de pronto y se rasgue ante sus ojos el velo de Isis? Amelia, súbitamente, comprendió. Su mal no era sino deseo, ansia, prisa, necesidad de casarse. ¡Qué vergüenza, qué sonrojo, qué dolor y qué desilusión si Germán llegaba á sospecharlo siquiera! ¡Ah! Primero morir. ¡Disimular, disimular á toda costa, y que ni el novio, ni los padres, ni la tierra, lo supiesen!
Al ver á Germán tan pacífico, tan aplomado, tan armado de paciencia; engruesando, mientras ella se consumía; chancero mientras ella empapaba la almohada en lágrimas, Amelia se acusaba á sí propia, admirando la serenidad, la cordura, la virtud de su novio. Y para contenerse y no echarse sollozando en sus brazos; para no cometer la locura indigna de salir una tarde sola é irse á casa de Germán, necesitó Amelia todo su valor, todo su recato, todo el freno de las nociones de honor y honestidad que la inculcaron desde la niñez.
Un día... sin saber cómo: sin que ningún suceso extraordinario, ninguna conversación sorprendida la ilustrase, acabaron de rasgarse los últimos cendales del velo... Amelia veía la luz; en su alma relampagueaba la terrible noción de la realidad; y al acordarse de que poco antes admiraba la resignación de Germán y envidiaba su paciencia, y al explicarse ahora la verdadera causa de esa paciencia y esa resignación incomparable, una carcajada sardónica crispó sus labios, mientras en su garganta creía sentir un nudo corredizo, que se apretaba poco á poco y la extrangulaba. La convulsión fué horrible, larga, tenaz; y aún no bien Amelia, destrozada, pudo formar frases, rogó á sus consternados padres que advirtiesen á Germán que las relaciones quedaban rotas. Cartas del novio, súplicas, paternales consejos, todo fué en vano: Amelia se aferró á su resolución, y en ella persistió, sin dar razones ni excusas.
—Hija, en mi entender, hizo usted muy mal —la decía el Padre Incienso, viéndola bañada en lágrimas al pie del confesionario—. Un chico formal, laborioso, dispuesto á casarse, no se encuentra por ahí fácilmente. Hasta el aguardar á tener posición para fundar familia, lo encuentro loable en él. En cuanto á lo demás... á esas figuraciones de usted... Los hombres... por desgracia... Mientras está soltero, habrá tenido esos entretenimientos... Pero usted...
—¡Padre —exclamó la joven— créame usted, pues aquí hablo con Dios! ¡Le quería... le quiero... y por lo mismo... por lo mismo, padre! ¡Si no le dejo... le imito! ¡Yo tambien...!
Afra
La primera vez que asistí al teatro de Marineda—cuando me destinaron con mi regimiento á la guarnición de esta bonita capital de provincia—recuerdo que asesté los gemelos á la triple hilera de palcos, para enterarme bien del mujerío y las esperanzas que en él podía cifrar un muchacho de veinticinco años no cabales.
Gozan las marinedinas fama de hermosas, y vi que no usurpada. Observé también que su belleza consiste principalmente en el color. Blancas (por obra de naturaleza, no del perfumista), de bermejos labios, de floridas mejillas y mórbidas carnes, las marinedinas me parecieron una guirnalda de rosas tendida sobre un barandal de terciopelo obscuro. De pronto, en el cristal de los anteojos que yo paseaba lentamente por la susodicha guirnalda, se encuadró un rostro que me fijó los gemelos en la dirección que entonces tenían. Y no es que aquel rostro sobrepujase en hermosura á los demás, sino que se diferenciaba de todos por la expresión y el carácter.
En vez de una fresca encarnadura y un plácido y picaresco gesto, vi un rostro descolorido, de líneas enérgicas, de ojos verdes, coronados por cejas negrísimas, casi juntas, que les prestaban una severidad singular; de nariz delicada y bien diseñada, pero de alas movibles, reveladoras de la pasión vehemente; una cara de corte severo, casi viril, que coronaba un casco de trenzas de un negro de tinta; pesada cabellera que debía de absorber los jugos vitales y causar daño á su poseedora... Aquella fisonomía, sin dejar de atraer, alarmaba, pues era de las que dicen á las claras desde el primer momento á quien las contempla: «Soy una voluntad. Puedo torcerme, pero no quebrantarme. Debajo del elegante maniquí femenino, escondo el acerado resorte de un alma.»
He dicho que mis gemelos se detuvieron, posándose ávidamente en la señorita pálida del pelo abundoso. Aprovechando los movimientos que hacía para conversar con unas señoras que la acompañaban, detallé su perfil, su acentuada barbilla, su cuello delgado y largo, que parecía doblarse al peso del voluminoso rodete, su oreja menuda y apretada, como para no perder sonido. Cuando hube permanecido así un buen rato, llamando sin duda la atención por mi insistencia en considerar á aquella mujer, sentí que me daban un golpecito en el hombro, y oí que me decía mi compañero de armas Alberto Castro:
—¡Cuidadito!
—Cuidadito ¿por qué? —respondí bajando los anteojos.
—Porque te veo en peligro de enamorarte de Afra Reyes, y si está de Dios que ha de suceder, al menos no será sin que yo te avise y te entere de su historia. Es un servicio que los hijos de Marineda debemos á los forasteros.
—¿Pero tiene historia? —murmuré haciendo un movimiento de repugnancia; porque, aún sin amar á una mujer, me gusta su pureza, como agrada el aseo de casas donde no pensamos vivir nunca.
—En el sentido que se suele dar á la palabra historia, Afra no la tiene... Al contrario, es de las muchachas más formales y menos coquetas que se encuentran por ahí. Nadie se puede alabar de que Afra le devuelva una miradita, ó le diga una palabra de esas que dan ánimos. Y si no, haz la prueba: dedícate á ella; mírala más; ni siquiera se dignará volver la cabeza. Te aseguro que he visto á muchos que anduvieron locos y no pudieron conseguir ni una ojeada de Afra Reyes.
—Pues entonces... ¿qué?... ¿Tiene algo... en secreto? ¿Algo que manche su honra?
—Su honra, ó si se quiere, su pureza... repito que ni tiene ni tuvo. Afra, en cuanto á eso... como el cristal. Lo que hay te lo diré... pero no aquí; cuando se acabe el teatro saldremos juntos, y allá por el Espolón, donde nadie se entere... Porque se trata de cosas graves... de mayor cuantía.
Esperé con la menor impaciencia posible á que terminasen de cantar La bruja, y así que cayó el telón, Alberto y yo nos dirigimos de bracero hacia los muelles. La soledad era completa, á pesar de que la noche tibia convidaba á pasear, y la luna plateaba las aguas de la bahía, tranquila á la sazón como una balsa de aceite, y misteriosamente blanca á lo lejos.
—No creas —dijo Alberto— que te he traído aquí sólo para que no me oyese nadie contarte la historia de Afra. También es que me pareció bonito referirla en el mismo escenario del drama que esta historia encierra. ¿Ves este mar tan apacible, tan dormido, que produce ese rumor blando y sedoso contra la pared del malecón? ¡Pues sólo este mar... y Dios, que lo ha hecho, pueden alabarse de conocer la verdad entera respecto á la mujer que te ha llamado la atención en el teatro! Los demás la juzgamos por meras conjeturas... ¡y tal vez calumniamos al conjeturar! Pero hay tan fatales coincidencias; hay apariencias tan acusadoras en el mundo... que no podría disiparlas sino la voz del mismo Dios que ve los corazones y sabe distinguir al inocente del culpado.
«Afra Reyes es hija de un acaudalado comerciante; se educó algún tiempo en un colegio inglés, pero su padre tuvo quiebras, y por disminuir gastos recogió á la chica, interrumpiendo su educación. Con todo, el barniz de Inglaterra se le conocía: traía ciertos gustos de independencia y mucha afición á los ejercicios corporales. Cuando llegó la época de los baños no se habló en el pueblo sino de su destreza y vigor para nadar; una cosa sorprendente.
»Afra era amiga íntima, inseparable, de otra señorita de aquí, Flora Castillo; la intimidad de las dos muchachas continuaba la de sus familias. Se pasaban el día juntas; no salía la una si no la acompañaba la otra; vestían igual y se enseñaban, riendo, las cartas amorosas que las escribían. No tenían novio, ni siquiera demostraban predilección por nadie. Vino del Departamento cierto marino muy simpático, de hermosa presencia, primo de Flora, y empezó á decirse que el marino hacía la corte á Afra, y que Afra le correspondía con entusiasmo. Y lo notamos todos: los ojos de Afra no se apartaban del galán, y al hablarle, la emoción profunda se conocía hasta en el anhelo de la respiración y en lo velado de la voz. Cuando á los pocos meses se supo que el consabido marino realmente venía á casarse con Flora, se armó un caramillo de murmuraciones y chismes y se presumió que las dos amigas reñirían para siempre. No fue así; aunque desmejorada y triste, Afra parecía resignada, y acompañaba á Flora de tienda en tienda á escoger ropas y galas para la boda. Esto sucedía en Agosto.
»En Septiembre, poco antes de la fecha señalada para el enlace, las dos amigas fueron, como de costumbre, á bañarse juntas allí... ¿no ves? en la playita de San Wintila, donde suele haber mar brava. Generalmente las acompañaba el novio, pero aquel día sin duda tenía que hacer, pues no las acompañó.
»Amagaba tormenta; la mar estaba picadísima; las gaviotas chillaban lúgubremente, y la criada que custodiaba las ropas y ayudaba á vestirse á las señoritas, refirió después que Flora, la rubia y tímida Flora, sintió miedo al ver el aspecto amenazador de las grandes olas verdes que rompían contra el arenal. Pero Afra, intrépida, ceñido ya su traje marinero, de sarga azul obscura, animó con chanzas á su amiga. Metiéronse mar adentro cogidas de la mano, y pronto se las vió nadar, agarradas también, envueltas en la espuma del oleaje.
»Poco más de un cuarto de hora después salió á la playa Afra sola, desgreñada, ronca, lívida, gritando, pidiendo socorro, sollozando que á Flora la había arrastrado el mar...
»Y tan de verdad la había arrastrado, que de la linda rubia sólo reapareció, al otro día, un cadáver desfigurado, herido en la frente... El relato que de la desgracia hizo Afra entre gemidos y desmayos, fué que Flora, rendida de nadar y sin fuerzas, gritó «me ahogo»; que ella, Afra, al oirlo, se lanzó á sostenerla y salvarla; que Flora, al forcejear para no irse á fondo, se llevaba á Afra al abismo; pero que, aun así, hubiesen logrado quizá salir á tierra, si la fatalidad no las empuja hacia un trasatlántico fondeado en bahía desde por la mañana. Al chocar con la quilla, Flora se hizo la herida horrible, y Afra recibió también los arañazos y magulladuras que se notaban en sus manos y rostro...
»¿Que si creo que Afra...?
»Sólo añadiré que al marino, novio de Flora, no volvió á versele por aquí; y Afra, desde entonces, no ha sonreído nunca...
»Por lo demás, acuérdate de lo que dice la Sabiduría: el corazón del hombre... selva obscura. ¡Figúrate el de la mujer!»
Cuento soñado
Había una princesa á quien su padre, un rey muy fosco, caviloso y cejijunto, obligaba á vivir reclusa en sombría fortaleza, sin permitirla salir del más alto torreón, á cuyo pie vigilaban noche y día centinelas armados de punta en blanco y dispuestos á ensartar en sus lanzones ó traspasar con sus venablos agudos á quien osase aproximarse. La princesa era muy linda; tenía la tez color de luz de luna, el pelo de hebras de oro, los ojos como las ondas del mar sereno, y su silueta prolongada y grácil recordaba la de los lirios blancos cuando la frescura del agua los enhiesta. En la comarca no se hablaba sino de la princesa cautiva y de su rara beldad, y de lo muchísimo que se aburriría entre las cuatro recias paredes de la torre, sin ver desde las ventanas alma viviente, más que á los guardias inmóviles, semejantes á estatuas de hierro.
Los campesinos se santiguaban de terror si casualmente tenían que cruzar ante la torre, aunque fuese á muy respetuosa distancia. En la centenaria selva que rodeaba la fortaleza, ni los cazadores se resolvían á internarse, temerosos de ser cazados. Silencio y soledad alrededor de la torre, silencio y soledad dentro de ella: tal era la suerte de la pobre doncellita, condenada á la eterna contemplación del cielo y del bosque, y del río caudaloso que serpenteaba lamiendo los muros del recinto.
De pechos sobre el avance del angosto ventanil, la princesa solía entregarse á vagos ensueños, aspirando á venturas que no conocía, de las cuales formaba idea por referencias de sus damas y por conversaciones entreoídas, sorprendidas—pues estaba vedado tratar delante de la princesa del mundo y sus goces.—Así y todo, reuniendo datos dispersos y concordándolos con ayuda de la fantasía, la secuestrada suponía fiestas magníficas, iluminaciones mágicas suspendidas entre el follaje de arbustos cuajados de flor y que exhalaban embriagadores aromas; oía los acordes de los instrumentos músicos, aladas melodías que volaban como cisnes sobre la superficie de los lagos, y veía las parejas que, cogidas de la cintura, luciendo sedas, encajes y joyas, danzaban con incansable ardor, deslizando los galanes palabras de miel al oído de las damiselas, rojas de pudor y felicidad, sueltos los rizos y anhelante el seno. Mientras la princesa se representaba estos cuadros, las nubes se teñían de carmín hacia el Poniente, un murmullo grave y hondo ascendía del río y del bosque, y la cautiva, oprimida de afán de libertad, murmuraba para sí: «¿Cómo será el amor?»
Allá donde la montaña escueta dominaba el río y el bosque, una cabañita muy miserable, de techo de bálago, servía de vivienda á cierto pastorcillo, que por costumbre bajaba á apacentar diez ó doce ovejas blancas en la misma linde de la selva. Más resuelto que los otros villanos, el mozalbete no recelaba aproximarse al castillo y deslizarse por entre la maleza con agilidad y disimulo, para mirar hacia la torre. Después de encontrar un senderito borrado casi, que moría en el cauce del río, logró el pastor descubrir también que al final del sendero abríase una boca de cueva; y metiéndose por ella intrépidamente, pudo cerciorarse de que, pasando bajo el río, la cueva tenía otra salida que conducía al interior del recinto fortificado. El descubrimiento hizo latir el corazón del pastorcillo, porque estaba enamorado de la princesa (aunque no la había visto nunca). Supuso que aprovechando el paso por la cueva lograría verla á su sabor, sin que se lo estorbasen los armados, los cuales, bien ajenos á que nadie pudiera introducirse en el recinto, casi al pie de la torre, no vigilaban sino la orilla opuesta y el río. Es cierto que entre la torre de la cautiva y el pastor, se interponían extensos patios, anchos fosos y recios baluartes; con todo eso, el muchacho se creía feliz: estaba dentro de la fortaleza, y pronto vería á su amada.
Fin del Episodio 15 · de 25
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