Á un Ángel · 8
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Sor Aparición se llamó en el siglo Irene. Sus padres eran gente hidalga, ricachos de pueblo; tuvieron varios retoños, pero los perdieron, y concentraron en Irene el cariño y el mimo de hija única. El pueblo donde nació se llama A... Y el destino, que con las sábanas de la cuna empieza á tejer la cuerda que ha de ahorcarnos, hizo que en ese mismo pueblo viese la luz, algunos años antes que Irene, el famoso poeta...
Lancé una exclamación y pronuncié, adelantándome al narrador, el glorioso nombre del autor del Arcángel maldito,—tal vez el más genuino representante de la fiebre romántica;—nombre que lleva en sus sílabas un eco de arrogancia desdeñosa, de mofador desdén, de acerba ironía y de nostalgia desesperada y blasfemadora. Aquel nombre y el mirar de la religiosa se confundieron en mi imaginación, sin que todavía el uno me diese la clave del otro, pero anunciando ya, al aparecer unidos, un drama del corazón de esos que chorrean viva sangre.
—El mismo —repitió mi interlocutor— el célebre Juan de Camargo, orgullo del pueblecito de A..., que ni tiene aguas minerales, ni santo milagroso, ni catedral, ni lápidas romanas, ni nada notable que enseñar á los que lo visitan, pero repite envanecido: «En esta casa de la plaza nació Camargo.»
—Vamos —interrumpí— ya comprendo; Sor Aparición... digo, Irene, se enamoró de Camargo, él la desdeñó, y ella, para olvidar, entró en el claustro...
—¡Chsss! —exclamó el narrador sonriendo—; ¡espere usted, espere usted, que si no fuese más! De eso se ve todos los días; ni valdría la pena de contarlo. No; el caso de Sor Aparición tiene miga. Paciencia, que ya llegaremos al fin.
De niña, Irene había visto mil veces á Juan de Camargo, sin hablarle nunca, porque él era ya mozo y muy huraño y retraído: ni con los demás chicos del pueblo se juntaba. Al romper Irene su capullo, Camargo, huérfano, ya estudiaba leyes en Salamanca, y sólo venía á casa de su tutor durante las vacaciones. Un verano, al entrar en A..., el estudiante levantó por casualidad los ojos hacia la ventana de Irene y reparó en la muchacha, que fijaba en él los suyos... unos ojos de date preso, dos soles negros, porque ya ve usted lo que son todavía ahora. Refrenó Camargo el caballejo de alquiler, para recrearse en aquella soberana hermosura; Irene era un asombro de guapa. Pero la muchacha, encendida como una amapola, se quitó de la ventana cerrándola de golpe. Aquella misma noche, Camargo, que ya empezaba á publicar versos en periodiquillos, escribió unos, preciosos, pintando el efecto que le había producido la vista de Irene en el momento de llegar á su pueblo... Y envolviendo en los versos una piedra, al anochecer la disparó contra la ventana de Irene. Rompióse el vidrio, y la muchacha recogió el papel y leyó los versos, no una vez, ciento, mil: los bebió, se empapó en ellos. Sin embargo, aquellos versos, que no figuran en la colección de las poesías de Camargo, no eran declaraciones amorosas, sino algo raro, mezcla de queja é imprecación. El poeta se dolía de que la pureza y la hermosura de la niña de la ventana no se hubiesen hecho para él, que era un réprobo. Si él se acercase, marchitaría aquella azucena... Después del episodio de los versos, Camargo no dió señales de acordarse de que existía Irene en el mundo, y en Octubre se dirigió á Madrid. Empezaba el período agitado de su vida, las aventuras políticas y la actividad literaria.
Desde que Camargo se marchó, Irene se puso triste, llegando á enfermar de pasión de ánimo. Sus padres intentaron distraerla; la llevaron algún tiempo á Badajoz, la hicieron conocer jóvenes, asistir á bailes; tuvo adoradores, oyó lisonjas... pero no mejoró de humor ni de salud.
No podía pensar sino en Camargo, á quien era aplicable lo que dice Byron de Lara: que los que le veían no le veían en vano; que su recuerdo acudía siempre á la memoria, pues hombres tales lanzan un reto al desdén y al olvido. No creía la misma Irene hallarse enamorada; juzgábase sólo víctima de un maleficio, emanado de aquellos versos tan sombríos, tan extraños. Lo cierto es que Irene tenía eso que ahora llaman obsesión, y á todas horas veía aparecerse á Camargo, pálido, serio, el rizado pelo sombreando la pensativa frente... Los padres de Irene, al observar que su hija se moría minada por un padecimiento misterioso, decidieron llevarla á la corte, donde hay grandes médicos para consultar y también grandes distracciones.
Cuando Irene llegó á Madrid, era célebre Camargo. Sus versos fogosos, altaneros, de sentimiento fuerte y nervioso, hacían escuela; sus aventuras y genialidades se comentaban. Asociada con él una pandilla de perdidos, de bohemios desenfadados é ingeniosos, cada noche inventaban nuevas diabluras, y ya turbaban el sueño de los honrados vecinos, ya realizaban las orgiásticas proezas á que aluden ciertas poesías blasfemas y obscenas, que algunos críticos aseguran que no son de Camargo en realidad. Con las borracheras y el libertinaje alternaban las sesiones en las logias masónicas y en los comités; Camargo se preparaba ya la senda de la emigración. No estaba enterada de todo esto la provinciana y cándida familia de Irene; y como se encontrasen en la calle al poeta, le saludaron alegres, que al fin era de allá.
Camargo, sorprendido otra vez de la hermosura de la joven; notando que al verle se teñían de púrpura las descoloridas mejillas de una niña tan preciosa, les acompañó, y prometió visitar á sus convecinos. Quedaron lisonjeados los pobres lugareños, y creció su satisfacción al notar que de allí á pocos días, habiendo cumplido Camargo su promesa, Irene revivía. Desconocedores de la crónica, les parecía Camargo un yerno posible, y consintieron que menudease las visitas.
Veo en su cara de usted que cree adivinar el desenlace... ¡No lo adivina! Irene, fascinada, trastornada como si hubiese bebido zumo de yerbas, tardó sin embargo seis meses en acceder á una entrevista á solas, en la misma casa de Camargo. La honesta resistencia de la niña fué causa de que los perdidos amigotes del poeta se burlasen de él, y el orgullo, que es la raíz venenosa de ciertos romanticismos, como el de Byron y el de Camargo, inspiró á éste una apuesta, un desquite satánico, infernal. Pidió, rogó, se alejó, volvió, dió celos, fingió planes de suicidio, é hizo tanto, que Irene, atropellando por todo, consintió en acudir á la peligrosa cita. Gracias á un milagro de valor y decoro, salió de ella pura y sin mancha, y Camargo sufrió una chacota que le enloqueció de despecho.
A la segunda cita, se agotaron las fuerzas de Irene, se obscureció su razón y fué vencida. Y cuando, confusa y trémula, yacía, cerrando los párpados, en brazos del infame, éste exhaló una estrepitosa carcajada, descorrió unas cortinas, é Irene vió que la devoraban los impuros ojos de ocho ó diez hombres jóvenes, que también reían y palmoteaban irónicamente...
Irene se incorporó, dió un salto, y sin cubrirse, con el pelo suelto y los hombros desnudos, se lanzó á la escalera y á la calle. Llegó á su morada seguida de una turba de pilluelos que la arrojaban barro y piedras. Jamás consintió decir de dónde venía, ni qué le había sucedido.—Mi padre lo averiguó, porque, casualmente, era amigo de uno de los de la apuesta de Camargo.—Irene sufrió una fiebre de septenarios en que estuvo desahuciada; así que convaleció, entró en este convento—lo más lejos posible de A...—Su penitencia ha espantado á las monjas: ayunos increíbles; mezclar el pan con ceniza; pasarse tres días sin beber; las noches de invierno descalza y de rodillas, en oración: disciplinarse, llevar una argolla al cuello, una corona de espinas bajo la toca, un rallo á la cintura...
Lo que más edificó á sus compañeras, que la tienen por santa, fué el continuo llorar. Cuentan—pero serán consejas—que una vez llenó de llanto la escudilla del agua. ¡Y quién le dice á usted que de repente se le quedan los ojos secos, sin una lágrima, y brillando de ese modo que ha notado usted!—Esto aconteció más de veinte años hace; las gentes piadosas creen que fué la señal del perdón de Dios. No obstante, Sor Aparición, sin duda, no se cree perdonada, porque, hecha una momia, sigue ayunando y postrándose y usando el cilicio de cerda...
—Es que hará penitencia por dos —respondí, admirada de que en este punto fallase la penetración de mi cronista—. ¿Piensa usted que Sor Aparición no se acuerda del alma infeliz de Camargo?
¿Justicia?
Sin ser filósofo ni sabio; con sólo la viveza del natural discurso, Pablo Roldán había llegado á formarse en muchas cuestiones un criterio extraño é independiente; no digo que superior, porque no pienso que lo sea,—pero al menos distinto del de la generalidad de los mortales.—En todo tiempo habrán existido estas divergencias entre el modo de pensar colectivo y el de algunos individuos innovadores ó retrógrados con exceso, pues tanto nos separamos de nuestra época por adelantarnos como por rezagarnos.
Uno de los problemas que Pablo Roldán consideraba de modo original y hasta chocante, era el de la infidelidad de la esposa. Es de advertir que Pablo Roldán estaba casado, y con dama tan principal, moza, hermosa y elegante, que se llevaba los ojos y quizás el corazón de cuantos la veían. Un tesoro así debiera hacer vigilante á su guardador; pero Pablo Roldán no sólo alardeaba de confianza ciega, rayana en descuido, sinó que declaraba que la vigilancia le parecía inútil, porque no juzgándose propietario de su bella mitad, no se creía en el caso de guardarla como se guarda una viña, un huerto ó una caja de valores. Una mujer—decía sonriendo Pablo—se diferencia de una fruta y de un rollo de billetes de Banco, en que tiene conciencia y lengua. A nadie se le ha ocurrido hacer responsable á la pavía si un ratero la hurta y se la come. La mujer es capaz y responsable—y vean cómo realmente, pareciendo tan bonachón, soy más rígido que ustedes los celosos extremeños.—La mujer es responsable, culpable... entendámonos: cuando engaña. Claro que la mía, moralmente, no conseguirá nunca engañarme, porque yo sería la flor de los imbéciles si al acercarme á ella no comprendiese la impresión que la produzco; si me ama, ó la soy indiferente, ó no me puede sufrir. Del estado de su alma no necesitará mi esposa darme cuenta: yo adivinaré... ¡No faltaría más! Y al adivinar—tan cierto como me llamo Pablo Roldán y me tengo por hombre de honor—consideraré roto el lazo que la sujeta á mí, y no haré al autor de las almas la ofensa de violentar un alma esencialmente igual á la mía... Desde el día en que no me quiera, mi mujer será interiormente libre como el aire. Sin embargo—pues el nudo legal es indisoluble y la equivocación mutua,—le advertiré que queda obligada á salvar las apariencias, á tener muy en cuenta la exterioridad, á no hacerme blanco de la burla; y yo, por mi parte, me creeré en el deber de seguir amparándola, de escudarla contra el menosprecio. ¡Bah! Amigo mío, esto es hablar por hablar; Felicia parece que aun no me ha perdido el cariño... Son teorías, y ya sabe usted que, llegado el caso práctico, raro es el hombre que las aplica rigurosamente.
No platicaba así Roldán sino con los pocos que tenía por verdaderos amigos y hombres de corazón y de entendimiento; con los demás creía él que no se debían conferir puntos tan delicados. Al parecer, el sistema amplio y generoso de Pablo daba resultados excelentes: el matrimonio vivía unido, respetado, contento. No obstante, yo que lo observaba sin cesar, atraído por aquel experimento curioso, empecé á notar, transcurridos algunos años—poco después de que la mujer de Pablo entró en el período de esplendor de la belleza femenina, los treinta—ciertos síntomas que me inquietaron un poco. Pablo andaba á veces triste y meditabundo; tenía días de murria, momentos de distracción y ausencia, aunque se rehacía luego y volvía á su acostumbrada ecuanimidad. En cambio, su mujer demostraba una alegría y animación exageradas y febriles, y se entregaba más que nunca al mundo y á las fiestas. Seguían yendo siempre juntos; las buenas costumbres conyugales no se habían alterado en lo más mínimo; pero yo, que tampoco soy la flor de los imbéciles, no podía dudar que existía en aquella pareja antes venturosa algún desajuste, alguna grieta oculta, algo que alteraba su contextura íntima. Para la gente, el matrimonio Roldán se mantenía inalterable; para mí, el matrimonio Roldán se había disuelto.
Por aquel entonces se anunció la boda de cierta opulenta señorita, y los padres convidaron á sus relaciones á examinar las vistas y ricos regalos que formaban la canastilla de la novia. Encontrábame entretenido en admirar un largo hilo de perlas, obsequio del novio, cuando ví entrar á Pablo Roldán y á su mujer. Acercáronse á la mesa cargada de preseas magníficas, y la gente agolpada les abrió paso difícilmente. La señora de Roldán se extasió con el hilo de perlas: ¡qué iguales! ¡qué gruesas! ¡qué oriente tan nacarado y tan puro! Mientras expresaba su admiración hacia la joya, noté...—¿quién explicaría el por qué me fijaba ansiosamente en los movimientos de la mujer de Pablo?—noté, digo, que se deslizaba hacia ella, como para compartir su admiración, Dámaso Vargas Padilla, mozo más conocido por calaveradas y despilfarros que por obras de caridad, y hube de ver que sobre el color avellana del guante de Suecia de la dama relucía un objetito blanco, inmediatamente trasladado á los dominios de un guante rojizo del Tirol... Y sentí el mismo estremecimiento que si de cosa propia se tratase, al cerciorarme de que Pablo Roldán, demudado y con el rostro color de muerto, había visto como yo, y sorprendido, como yo, el paso del billete de manos de su mujer á manos de Vargas...
Temí que se arrojase sobre los que así le escarnecían en público. No se arrojó; no dió la más leve muestra de cólera ó pesadumbre. Al contrario, siguió curioseando y alabando las galas bonitas, revolviendo y mezclando los objetos colocados más cerca, deteniéndose y obligando á su mujer á que se detuviese y reparase el mérito de cada uno. Tan despacio procedió á este examen, que la gente fué retirándose poco á poco, y ya no quedamos en el gabinete sino media docena de personas. Y cuando me disponía á cruzar la puerta, en una ojeada que lancé al descuido, volví á ver algo que me hizo el efecto de la espantable cabeza de Medusa, paralizándome de horror, dejándome sin voz, sin discurso, sin aliento... Pablo Roldán había deslizado rápidamente en el bolsillo de su chaleco el hilo de perlas, y salía tranquilo, alta la frente, bromeando con su esposa, elogiando un cuadro, en el cual logró concentrar toda la atención de los circunstantes.
Desde el día siguiente empezó á murmurarse sobre el tema del robo, primero en voz baja, después con escandalosa publicidad. Hubo periódicos que lo insinuaron; el tole tole fué horrible. Las muchas personas distinguidas que habían admirado las galas de la novia clamaban al cielo y mostraban, naturalmente, deseo furioso de que se descubriese al ladrón. Se calumnió á varios inocentes, y el rencor buscó medios de herir, devolviendo la flecha. Todos respiraron por fin al saber que el juez, avisado por una delación anónima, acababa de registrar la casa de Pablo, encontrando el hilo de perlas en un armario del tocador de la señora de Roldán...
Sólo yo comprendí la tremenda venganza. Sólo yo logré penetrar el siniestro enigma, sin clave para la propia señora, que no anda lejos de expiar con años de presidio el delito que no cometió. Y un día que encontré á Pablo y le abrí mi alma y le confesé mis perplejidades, mis dudas respecto á si debía ó no revelar la verdad, puesto que la conocía, Pablo me respondió con lágrimas de rabia al borde de los lagrimales:
—No intervengas; ¡paso á la justicia, paso!... Dejó de amarme, y no me creí con derecho ni á la queja; quiso á otro, y únicamente la rogué que no me entregase á la risa del mundo... ¡Ya sabes cómo atendió á mi ruego... ya lo sabes! Antes que consiguiese ridiculizarme, la infamé... ¡Los medios fueron malos, pero... se lo tenía advertido! Si tú eres de los que creen que la venganza pertenece á Dios, apártate de mí, porque no nos entendemos. Amor, odio y venganza... ¿dónde habrá nada más humano?
Fin del Episodio 13 · de 25
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