El archivo de la Decana
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Nora bajó la vista hacia el metal opaco del puente de cobre, con la voz quebrada apenas por el azote seco del aire contra la barquilla. Éramos nosotros, insistió, en el cobertizo de salazones de San Millán, la tarde que se vino abajo la balda de los arenques y se pasaron horas barriendo escamas juntos.
Tristán dio un paso atrás tan brusco que el tacón de su bota repicó contra la chapa estriada. Apretó el puchero de plata contra el pecho, cubriéndose con los antebrazos como si el metal hirviera.
—No inventes —soltó él, aunque la mandíbula le temblaba de forma imperceptible—. Es una resonancia parásita. Pasa a veces cuando los crisoles tienen diferente pureza de aleación. Interferencia estática, nada más.
—Tristán, te reíste exactamente igual que...
—He dicho que basta.
Se quedó mirándola con unos ojos que querían ser de piedra, pero tenían la consistencia del cristal agrietado. Nora vio cómo intentaba sacudirse una mancha de ceniza blanquecina de la manga, frotando con tanta saña sobre la lana basta que los nudillos se le pusieron rojos.
La trampilla de la quilla chirrió al levantarse. La cabeza redonda de Sancho asomó por el hueco, masticando con desgana lo que parecía una corteza de tocino rancio.
—Cifuentes —dijo Sancho, apoyando los codos tiznados en el marco—. Deja de congelarte el hocico ahí fuera. La Decana te reclama en las cebollas de alcanfor. Y no parecía de humor para esperar a que te limpies las suelas.
Nora bajó la vista hacia sus dedos entumecidos. Tristán ya se había dado la vuelta, fingiendo un interés desmedido en el perno de seguridad del cable tensor número cuatro, dándole vueltas a la tuerca con una llave inglesa que ni siquiera encajaba del todo.
—¿No vienes? —preguntó ella en voz baja.
—Tengo que ajustar esto —respondió él sin mirarla. La llave resbaló sobre el hierro con un chasquido sordo—. Y tú tienes deudas que pagar, Cifuentes. No hagas esperar a Mendieta.
El sector de destilación olía exactamente igual que el taller de un boticario que hubiera prendido fuego a sus propios muebles: una bofetada punzante de resina verde de pino, ozono de los cebadores y el vapor amargo del alcanfor que hervía dentro de las campanas de vidrio. Los aprendices las llamaban «las cebollas» por su panza ancha de cobre y el cuello largo que subía en espiral hacia las vigas de alerce del techo.
Úrsula Mendieta no estaba sentada. Examinaba una columna de mercurio sosteniendo una libreta de tapas negras contra el costado. Llevaba las mangas de la camisa de lino recogidas sobre los codos, dejando a la vista unos antebrazos fibrosos salpicados de pequeñas quemaduras viejas.
Bizcocho dormitaba hecho un ovillo sobre un saco de arpillera lleno de virutas de cedro, con la oreja mocha contraída ante el goteo rítmico de un alambique.
—Cierra la esclusa, muchacha —dijo la decana sin apartar los ojos del menisco plateado del tubo—. Entra una rasca que me va a cristalizar la colofonia.
Nora empujó la pesada hoja de madera hasta que el pestillo encajó con su golpe seco habitual. El vaho de su propia respiración tardó unos segundos en disiparse entre el calor denso y sofocante de los mecheros.
—Señora Decana. Sancho me dijo que...
—Sancho habla demasiado y mastica peor —cortó Mendieta. Se giró despacio, limpiándose las yemas de los dedos en un trapo grasiento—. Acércate. No te voy a morder; bastante trabajo tengo con mantener este armatoste en el aire como para gastar saliva en regañinas menores.
Nora dio tres pasos sobre las tablas crujientes. A través de los ventanales esmerilados por el salitre exterior, el cielo no era más que una masa plúmbea, un gris ceniciento que pesaba sobre el estómago. En una mesilla auxiliar, una tetera de peltre humeaba sobre una placa de hierro apagada.
—El examen de cebado fue aceptable —continuó la decana, arrastrando una banqueta de tres patas para sentarse—. Poco ortodoxo. Vincular crisoles de distinto calado suele terminar con un aprendiz sin cejas o con la quilla ardiendo. Pero el flujo fue estable.
—Gracias, señora.
—No te he dado las gracias, te he dado un parte de daños que afortunadamente no se produjeron.
Mendieta dejó la libreta sobre la mesa y apoyó las manos en las rodillas. Tenía los ojos grises, saltones y acuosos, como dos cuentas de vidrio que hubieran presenciado demasiados inviernos a cuatro mil metros de altitud.
—Debes a la tesorería de Céfiro tres semestres de matrícula, Cifuentes. Dieciocho letras de cambio firmadas por el gremio de panaderos de tu pueblo que difícilmente van a cubrir el coste del queroseno que respiras cada mañana.
Nora apretó las manos en los bolsillos del mandil. Notó el tacto rugoso de un pedazo de cuerda que guardaba allí desde hacía semanas.
—Pagaré con mis horas de guardia. Puedo asumir los turnos de fuelle en la caldera baja.
—No me interesan tus horas de fuelle. Esas las hace cualquier zopenco con brazos útiles —Mendieta ladeó la cabeza, y su tono perdió parte de la aspereza militar para teñirse de una calma quirúrgica, mucho más peligrosa—. Tengo una propuesta más limpia. Una firma mía en el libro mayor y tus pagarés vuelven a tu aldea en el próximo correo de abastecimiento. Sin cargas. Sin servidumbre técnica al graduarte.
El gato cambió de postura sobre el saco de cedro, soltando un resoplido perezoso.
—¿A cambio de qué? —preguntó Nora.
—De que dejes en paz al chico Barral.
El silencio cayó en el taller con la brusquedad de un cabo que se parte. Solo quedaba el burbujeo denso de la resina en la segunda campana.
—Tristán y yo solo compartimos guardia en la pasarela —mintió Nora, sintiendo cómo se le enfriaban las mejillas.
—No me tomes por idiota, Cifuentes. Sé lo que pasó hace un rato en el tensor exterior. Sé cómo sonó ese crisol. Y sé que andas husmeando en lo que no te corresponde. Tristán Barral no tiene memoria de San Millán porque no debe tenerla. El proceso fue limpio, legal y sellado ante el claustro.
—Le arrancaron tres años enteros de la cabeza —soltó Nora, olvidando por un segundo la jerarquía—. No recuerda ni el camino hasta el muelle donde nos sentábamos. Me mira como si fuera una desconocida.
—Porque para él lo eres.
—¡No es justo!
La Decana soltó una carcajada seca, sin una gota de humor, que rebotó contra el cobre de los serpentines.
—¿Justicia? ¿En una academia que se sostiene sobre aire caliente y recuerdos calcinados? Aterriza de una vez, muchacha. Los ricos no pagan con lo que les sobra; pagan con lo que sus herederos aún no han aprendido a defender.
Mendieta se puso en pie, alisándose el mandil de cuero con una parsimonia irritante.
—La familia Barral saldó una deuda inmensa entregando ese fragmento nemónico al archivo central. El chico conserva su talento para la forja, su apellido impecable y su plaza de oficial para el año que viene. Tú puedes conservar tu título y librarte de la ruina. Todo lo que tienes que hacer es no tocar esa herida. Si intentas forzar una resonancia en ese crisol otra vez, te aseguro que la próxima semana estarás acarreando sacos de harina en los silos de tierra firme.
La campana de vapor número tres soltó un silbido agudo, expulsando un chorro de presión blanca por la válvula de seguridad.
—Quédate aquí —ordenó Mendieta, recogiendo un par de guantes de amianto del banco de trabajo—. Tengo que purgar el purgador de la sentina antes de que el mercurio reviente el tubo. Piensa en lo que te he dicho, Cifuentes. La nostalgia no llena las alforjas ni paga el pan.
La decana cruzó la puerta lateral que daba al pozo de máquinas y la trancó tras de sí.
Nora se quedó sola.
El olor a alcanfor le rascaba la garganta como si hubiera tragado polvo de caliza. Bizcocho abrió un ojo amarillo, la miró con desdén y volvió a esconder la nariz bajo la pata delantera.
En la esquina oriental del habitáculo, tras una reja de celosía que rara vez se cerraba con llave durante las guardias diurnas, descansaba el anaquel de los registros. No el archivo general de la nave —aquel requería tres llaves maestras y la firma del capitán—, sino el armario auxiliar de transferencias y sellos, donde se anotaban las mnemocenizas depositadas como fianza de vuelo.
Nora tragó saliva.
Dio dos pasos hacia la puerta por donde había salido la decana. Nada. Solo el retumbar sordo y distante de las calderas de vapor plomizo trabajando en la panza de la nave.
Se acercó a la celosía de latón. El pomo cedió sin oponer resistencia, manchándole los dedos con una película aceitosa de grasa de máquina. El Libro de Sellos y Cesiones estaba sobre el atril de nogal, abierto por la semana en curso, con una regla de latón marcando los últimos suministros de turba.
Nora pasó las hojas hacia atrás, despacio, temiendo que el crujido del papel vitela alertara a los fantasmas del taller.
Las hojas olían a humedad vieja y a cera fría.
Buscó el apellido Barral. Estaba segura de encontrar una transacción miserable: una venta pactada por su padre para pagar acciones del monopolio del salitre, o el rescate de alguna inversión fallida en los astilleros del sur. Tristán siempre había fingido que su familia era intocable, que su destino en la corte flotante estaba garantizado desde la cuna.
Encontró la entrada fechada hacía tres inviernos.
La caligrafía era angulosa, trazada con la tinta ferrogálica indeleble del claustro superior. El sello de lacre rojo llevaba la marca partida de la casa Barral junto a la impronta circular de Céfiro.
Nora recorrió los renglones con la yema del índice, deteniéndose en la descripción del depósito:
«Cesión voluntaria de estrato nemónico trienal. Extracción selectiva: estancia en la comarca de San Millán y vínculos adyacentes. Tasado como pago indemnizatorio y rescate de expediente.»
Nora frunció el ceño. Sus ojos bajaron a la cláusula de descargo, al motivo legal que justificaba la entrega del recuerdo.
No había deudas de juego.
No había quiebras comerciales.
El documento estipulaba el pago íntegro para revocar la orden de destierro y el cargo criminal por sabotaje de los hornos comunales de San Millán, cometido en el otoño del año setenta y cuatro.
El expediente criminal no estaba a nombre de Tristán.
Estaba a nombre de Nora Cifuentes.
La tinta negra de su propio apellido parecía recién estampada sobre la fibra del papel, secada con arena de río que aún brillaba débilmente bajo la luz de la lámpara. Tristán no había vendido su memoria por soberbia ni por un puesto en la corte.
Se la había entregado a la academia para comprar la libertad de ella.
Fin del Episodio 3 · de 4
El archivo de la Decana
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