El coste del fuego blanco
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El crujido de los cables tensores de cobre bajaba por el espinazo de la quilla con la lentitud de un animal viejo que se acomoda para el invierno. Afuera, contra el casco de roble y hierro, la ventisca azotaba las lonas enceradas con un aleteo sordo, seco, como si cientos de pájaros ciegos se estrellaran por turnos contra el vientre del dirigible.
Nora Cifuentes no levantó la vista del fieltro verde de su mesa de trabajo. Tenía las yemas de los pulgares entumecidas por la corriente que entraba por la junta del mamparo, pero encender el brasero de turba costaba dos monedas de cobre que prefería guardar para el almuerzo del viernes.
Alineó los tres frascos sobre la madera sin desbastar.
Eran recipientes pequeños, de vidrio soplado a mano, toscos y pesados, cerrados con lacre desteñido. Los dos primeros no tenían nada dentro salvo un polvo fino, grisáceo, casi idéntico a la ceniza de los fogones comunales cuando la leña ha ardido demasiado deprisa. Eran los restos del examen de aerostática de otoño: un viaje en carreta a las ferias del valle bajo y el nombre de dos primas segundas a las que ya no sabría poner cara aunque se le sentaran enfrente en la taberna.
El tercer frasco, en cambio, guardaba un grano más denso, de un blanco lechoso que fosforecía apenas bajo la luz turbia del tragaluz.
Ese era el domingo de la masa fermentada.
Nora acercó la nariz al tapón de corcho, aunque sabía que el cristal no dejaba escapar nada. Si cerraba los ojos muy fuerte todavía podía sentir el olor a canela quemada en las esquinas de la bandeja, el calor de la falda de sarga de su abuela contra sus pantorrillas y el crujido de la harina cruda entre los dientes antes de que la hogaza entrara al horno de ladrillo. Era su recuerdo más nítido. El más dulce.
Y era el único que le quedaba para pagar el derecho a examen.
La magia de Céfiro no exige sangre ni juramentos; devora los domingos que ya no podrás recordar.
Hacía un frío que partía las uñas.
—Si sigues mirándolo así, muchacha, se va a gastar antes de que llegue la jefa —dijo Sancho desde la mesa contigua, sin apartar el escoplo de una abrazadera de latón—. Y no te sobrará ni para encender la pipa de tu padre.
—Mi padre no fuma —respondió Nora, enderezando la espalda hasta que las vértebras le sonaron una a una contra la lana basta del jubón.
—Pues mejor para sus pulmones. Pásame la rasqueta de hueso, anda. Esta grasa de ballena se ha pegado a la rosca como si tuviera raíces.
Nora estiró el brazo y le empujó la herramienta por el tablón. La madera estaba llena de muescas viejas y manchas circulares de tazas de achicoria.
—¿Tiene lumbre el fogón de abajo? —preguntó ella.
—Quedan cuatro astillas de pino y un puñado de piñas secas. Si quieres agua caliente para el té, baja antes de que las quemen los del turno de calderas.
—No me da tiempo. La decana bajará en diez minutos.
—Que los vientos te pillen confesada.
Sancho volvió a raspar el metal con un chirrido insoportable que rebotaba en el maderamen del casco. Junto a la cesta del carbón, un gato atigrado y sin media oreja, al que todos en la quilla llamaban Bizcocho, dormitaba hecho un ovillo sobre un mapa de rutas aéreas plegado en cuatro. El mapa tenía los bordes comidos por la humedad y un círculo de grasa de manteca justo sobre el archipiélago de las Agujas.
Nora se frotó las manos y luego se sopló los nudillos.
El taller olía a lo de siempre a esas horas: el vaho punzante del ozono que soltaban los alambiques al cebarse, resina de pino para sellar juntas y ese rastro acre a alcanfor que dejaban las campanas de destilación mágica al enfriarse sobre las mesas de zinc. En las cristaleras esmeriladas que daban al exterior, el gris plomizo de las nubes bajas no permitía adivinar si eran las nueve de la mañana o las tres de la tarde. El salitre y la condensación chorreaban en finos hilos sucios que se congelaban antes de tocar el alféizar.
Nora sacó del bolsillo de su mandil la campana de cristal que los aprendices llamaban con sorna «la tetera ciega». Era un matraz rechoncho con un cuello en espiral que terminaba en una boquilla fina como una aguja de coser lona. Lo colocó sobre el soporte de tres patas de hierro, limpió la base con el dobladillo de la manga y descorchó el tercer frasco.
La ceniza blanca resbaló por el embudo de latón con un susurro seco.
Al tocar el fondo del crisol, Nora sintió una punzada brevísima detrás de las sienes, no mayor que la picadura de un tábano de verano. Fue solo un parpadeo: el recuerdo de la voz de su abuela tarareando una copla de siega mientras volcaba las nueces picadas sobre el lebrillo empezó a desdibujarse en los bordes, como una acuarela a la que le cae encima un vaso de agua.
Apretó las mandíbulas.
No.
Todavía no.
Cerró la espita de purga con un giro seco de muñeca.
El eco de unos pasos firmes sobre las tablas de la pasarela superior acalló los murmullos de los seis aprendices que ocupaban los bancos del taller. Eran pisadas pesadas, marcadas por el chasquido rítmico de un bastón con regatón de bronce sobre el entarimado.
La decana Úrsula Mendieta no necesitaba levantar la voz para helar el aire.
Llegó envuelta en su capote de paño azul marino, con las hombreras cubiertas por una capa fina de escarcha que empezaba a licuarse con el calor miserable del taller. Llevaba bajo el brazo el libro de actas encuadernado en badana negra y en la mano diestra un calibrador de latón pulido, reluciente como la cubertería de un banquete de bodas.
—Quince minutos para el cebado de crisoles —anunció Mendieta, deteniéndose al principio del pasillo central—. Ni uno más. Quien no logre sostener la llama blanca durante cuarenta latidos antes de que termine el turno de guardia, entregará su matrícula y bajará en el próximo fondeo en el estuario. Céfiro no necesita fogoneros sentimentales. Necesita destiladores.
Se detuvo frente al puesto de Nora.
La decana olía a vinagre de manzana y a lana empapada. Miró el matraz de Nora con sus ojos saltones, acuosos, que parecían no pestañear jamás bajo las cejas pobladas de canas rebeldes.
—Cifuentes —dijo, golpeando con el extremo del calibrador la madera del banco—. Apenas veo tres dracmas de mnemoceniza en ese receptáculo. Espero que no pretenda alimentar la campana con los recuerdos de lo que merendó ayer.
—Es grano de primera, decana —respondió Nora con la vista fija en el botón de latón del capote de la mujer—. De apego temprano.
—El apego temprano arde rápido y deja demasiada escoria si no se templa con disciplina. Ya veremos si le queda suficiente memoria para recordar cómo se traza una carta de navegación después de que esa ceniza se vuelva humo.
Mendieta avanzó dos pasos hacia el siguiente puesto, pero su voz siguió flotando en el ambiente como el vaho espeso de una marmita destapada.
Nora bajó la mirada a sus propios puños. La ceniza residual de los ensayos de la víspera le manchaba la tela basta de la camisa; un polvo blanquecino, áspero al tacto y frío como la sal gorda, que no salía ni frotando con cepillo de cerdas de jabalí.
Si quemaba ese último domingo, el huerto de ciruelos...
El pensamiento se le cortó a la mitad.
El taburete de fresno que estaba a su izquierda chirrió contra las tablas desparejas del suelo.
Nora no se volvió de inmediato; pensó que sería Sancho buscando otro pedazo de tiza para marcar las juntas o pidiéndole el trapo de grasa. Pero quien se acomodó a su lado no vestía el jubón remendado de los aprendices de quilla, sino una casaca de montar de paño gris perla, de corte impecable, aunque las bocamangas mostraban ya ese deshilachado sutil de quien pasa catorce horas diarias encorvado sobre un fuelle.
Tristán Barral dejó sobre la mesa su propio crisol: una pieza soberbia de fundición doble, pesada, oscura como el fondo de un pozo y con los anillos de dilatación forjados en plata vieja.
—Está flojo el tiro de aire hoy —dijo él, mirando hacia la campana de Nora sin saludar.
Tenía los dedos largos, manchados de hollín en las cutículas, y una rozadura reciente en el nudillo índice que se había cerrado mal por culpa del frío.
—Es por la ventisca —contestó ella, sorprendida de que le hablara. En los dos años que llevaban compartiendo los bancos de madera de la nave, Tristán Barral apenas había sido una silueta taciturna al fondo del aula magna, el hijo díscolo de una familia de armadores del norte que se negaba a pagar sus destilaciones con el oro de su padre—. Si la lona exterior cede dos pulgadas más, el tiro del conducto va a rebufar hacia adentro.
—Ya lo sé. Se nos va a apagar la llama antes de los veinte latidos si trabajamos solos.
Tristán sacó una navaja con cachas de asta y empezó a raspar con parsimonia una gota de cera seca que había quedado adherida al cuello de su matraz. El movimiento era rítmico, tranquilo, ajeno por completo al pánico sordo que recorría el resto del taller.
—Mendieta no perdonará ni medio segundo —continuó él en voz baja, mientras los restos de cera caían sobre el fieltro como escamas—. Y a ti no te queda ceniza para una segunda prueba. Se nota en el nivel del tubo. Apenas cubre el codo de la espita.
—Me queda la necesaria —mintió Nora, recolocando la pequeña pinza de hierro para sujetar la mecha de fósforo.
—No te queda nada, Cifuentes. Estás raspando el fondo del tarro. Y yo...
Tristán hizo una pausa, sosteniendo la navaja en el aire. Sus ojos, de un marrón claro como el agua de los arroyos de turbera, se posaron directamente en el rostro de Nora.
Eran los ojos más vacíos que ella había visto jamás.
No había en ellos desdén, ni simpatía, ni la sombra de complicidad que solía unir a quienes pasaban hambre y frío en los mismos bancos de trabajo desde las cinco de la mañana. No había nada.
—Yo he calculado mal la densidad de mi carga —dijo él, señalando con la punta roma de la navaja su propio crisol de plata—. Tengo potencia de fuego de sobra, pero me falta fijador. Mi ceniza arde demasiado rápido porque no tiene raíz. Si vinculo mi crisol al tuyo con un puente de cobre, tu apego sostendrá mi llama y mi volumen evitará que tu reserva se consuma antes de que la vieja cuente hasta cuarenta.
Nora se quedó inmóvil, con la mecha entre los dedos.
El gato Bizcocho saltó desde la caja de leña, esquivó con displicencia las botas enfangadas de Sancho y fue a frotar el lomo contra la pierna de Tristán. El muchacho ni siquiera bajó la vista para apartarlo; se limitó a mover el pie hacia un lado, mecánicamente, con la indiferencia con que se sortea una astilla suelta en la cubierta.
—Si vinculamos crisoles, la decana anotará la prueba como compartida —susurró ella—. La mitad de la calificación para cada uno.
—Me basta con el aprobado —dijo él.
Nora lo miró de cerca. Había algo profundamente desconcertante en la línea de su mandíbula, en la curva de sus pestañas, en la forma en que ladeaba la cabeza al esperar una respuesta. Una cercanía extraña, como una melodía que crees haber escuchado en la infancia pero de la que no recuerdas la letra ni el instrumento.
—Tú y yo nos conocemos de antes de entrar en la flotilla, ¿verdad? —soltó Nora sin pensarlo, con el corazón dándole un vuelco torpe bajo las costillas—. En el puerto de San Millán. En los muelles de la sal. Mi tío tenía la carpintería de ribera y tú...
Tristán parpadeó una sola vez. Su expresión no cambió; no hubo sobresalto, ni incomodidad, ni el menor asomo de curiosidad.
La miró como se mira a una gaviota parada sobre un poste de amarre o a un saco de grano apoyado en un muelle.
—No sé de qué me estás hablando —dijo con una voz plana, limpia de todo peso—. Pásame el puente de cobre si vas a querer salvar el examen. Se nos acaba el tiempo.
Fin del Episodio 1 · de 4
El coste del fuego blanco
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